Le pusimos de nombre Pi. Lo adopté para una amiga que necesitaba compañía, me enamoré de él nada más entrar en la casa de acogida de animales. Vino corriendo hasta mí, de un salto se subió sobre mis hombros y empezó a rozar su carita peluda contra mi mejilla mientras ronroneaba. Los demás gatos no tenían ninguna oportunidad, la elección estaba tomada incluso antes de sentarnos. Pi era el elegido para alegrar los días de mi amiga.

Fue un gato muy feliz, ella le cuidó hasta la saciedad, toda su vida la había dedicado a cuidar a los demás, era enfermera. Un domingo de verano fui a desayunar a su casa para verlos a los dos, a ella y a Pi. Me encantaban los desayunos de domingo en su casa. Los 2 sentados en la cocina, con Pi de salto en salto entre nuestros regazos y la encimera, el sol de domingo entrando por la ventana, la música sonando de fondo.

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Después de un sorbo de café ella me miró a los ojos y empezó a hablar, con los recuerdos a flor de piel: «¿Te has fijado en las pupilas rasgadas de Pi? ¡Oh Miguel! Estas pupilas de gato las vi en el rostro de una persona una vez en mi vida, a causa de una enfermedad. Un día al levantarle los párpados sus pupilas eran exactamente como estas que estamos viendo ahora mismo. Se me heló la sangre al verlas. Se llamaba Gabriel, fue uno de los pacientes a los que cuidé durante mi época de enfermera en la UVI. Era tan bonito Gabriel. Tenía sólo 16 años y un tumor muy complicado en la cabeza. La presión de ese tumor era la culpable de que sus pupilas tuvieran esa forma rasgada, esos ojos de gato.

Durante su estancia en el hospital el equipo sanitario intentábamos que estuviera dormido el mayor tiempo posible para que la espera hacia su muerte fuera menos dolororsa, por eso le manteníamos la mayor parte del tiempo sedado, para que no sufriera. El pronóstico era muy grave, sólo quedaba esperar a que nos dejara para siempre. Yo le cuidaba mucho durante mis turnos porque me gustaba estar con él, porque además de ser mi trabajo yo quería cuidarle. Era tan bonito Gabriel. Con su rostro de niño y sus granitos de la pubertad, sus manos preciosas y su pelo castaño con ese flequillo que le caía sobre la frente. Todavía hoy le puedo ver claramente como si le tuviera ahí delante, tumbado en su cama con la luz de la habitación iluminándole su carita, esa carita tan preciosa que él tenía.

Su madre le quería, le quería muchísimo. Era una mujer adorable, con una fuerza enorme y unas ganas de luchar admirables. En una de sus visitas me dijo que a Gabriel le encantaba la música, así que trajo al hospital un reproductor y el cd preferido de su hijo, y durante mis turnos yo se lo ponía al lado de su cama, porque sabía que lo escucharía y que le haría feliz oírlo. Y le hablaba mientras tanto. Le hablaba de todo: le contaba cómo me había ido el día, le contaba los cotilleos del hospital y el tiempo que hacía en la calle, le contaba que le estaba cortando las uñas, o que le iba a lavar el pelo para que su madre le viera guapo cuando viniera a visitarle. Le decía que no tuviera miedo. Le hablaba porque yo estaba segura, y sigo estándolo, de que él me escuchaba, al igual que escuchaba la música que su madre trajo para él.

¿Que cómo le aseábamos si estaba todo el día sedado? Con agua, con una esponja, con ayuda de otra enfermera, y con mucho cuidado y mucho cariño. Le peinaba como si fuera a despertarse esa noche, y le limpiaba como si fuera a vivir para siempre. Pero no se despertó esa noche, y no vivió para siempre. Falleció a los 26 días de haber ingresado en el hospital. Era tan bonito Gabriel. Aún conservo ese cd que fue suyo en vida, y que su madre me regaló con un gran abrazo cuando él ya se había ido.»

Terminamos el desayuno juntos y yo volví paseando hasta mi casa, y mientras caminaba bajo el sol de aquel domingo no pude evitar mirar al cielo con una sonrisa en mi cara, pensando en que Gabriel, estuviera donde estuviese, habría oído aquella historia, su historia, y seguramente estaría sonriendo mientras escuchaba, una vez más, aquel cd.