Jamás pensé que podría verme en esta situación. Ni en un millón de años. Era de esas personas que escuchan las historias de esta índole que les pasan a otros con cierto aire de superioridad moral y pensando para mis adentros «yo jamás habría llegado a hacer algo así». Pero si la vida me ha enseñado algo es que nunca debes decir «de este agua no beberé».

Le conocí en una cena de empresa, de esas que se hacen por navidad. Era nueva, llevaba trabajando un par de meses allí y como desde la pandemia se mantenían en teletrabajo, no conocía demasiado a nadie. Así que fui básicamente para entablar un poco de contacto con los compañeros. Al final me lo pasé muy bien e intercambié el teléfono con algunos con la promesa de quedar para un café, de esos que luego nunca suceden.

m

Mi sorpresa llegó cuando al día siguiente recibí un WhatsApp de uno de ellos. Me decía que le había encantado conocerme y que estaba deseando tomar ese café conmigo. Un hormigueo recorrió mis dedos cuando le contesté que estaría encantada de quedar con él. Le recordaba bien. Guapo, alto, simpático y con una sonrisa picarona de esas que me derriten. Me había fijado en él y, aunque pensaba que no volveríamos a vernos al menos hasta la próxima cena de empresa, me hizo sentir genial que me dijese de darnos los teléfonos. No pensé que me escribiría de verdad, como ya he dicho. Pero lo había hecho.

Así fue como empezó a fraguarse entre nosotros una relación que parecía amistad pero que a todas luces era algo más. Lo mantuvimos así todo el tiempo que pudimos, pero llegó un momento en el que hubo que poner las cartas sobre la mesa porque era todo demasiado obvio. Y ahí fue cuando me dijo que se sentía muy atraído por mí, pero que tenía pareja desde hacía un par de años. Yo había dado por hecho que estaba soltero, quizás fue culpa mía presuponerlo. No lo sé. Pero eso hizo que yo diese un paso atrás y le dijese que sería mejor que se quedase todo en amistad, que no había por qué ir más allá. Al fin y al cabo, no habíamos hecho nada malo, o eso queríamos creer. Y decidimos seguir viéndonos, pero solo como dos buenos amigos.

Como podréis imaginar, la determinación de no pasar de ahí no duró mucho. Llegó un momento en el que la linea entre la amistad y el amor quedó borrada por completo y nos rendimos a la evidencia. La primera noche que nos acostamos fue la mejor noche de mi vida. Y la mañana siguiente, la peor. Me sentía muy culpable. No podía creer que yo fuese una de esas personas que se meten en medio de una relación. Eso que había criticado toda la vida, me había caído encima como un jarro de agua fría. Así que, para sentirme mejor, me fui convenciendo de que esto era inevitable porque estábamos hechos el uno para el otro. Que quien sobraba allí era la otra mujer y que al final él la dejaría.

love

Se lo pregunté por primera vez a los seis meses. La existencia de su novia era un tema tabú para nosotros, no solíamos mencionarla. Era mucho más cómodo hacer como que no existía. Le pregunté si la iba a dejar y me dijo que eso era lo que quería hacer, pero que estaba esperando el momento propicio, porque ella estaba pasando una mala racha y no le parecía bien dejarla en ese momento. «Qué considerado», pensé. Así que decidí ser paciente. El problema es que el momento adecuado no llegaba nunca. Y al final, la persona con la que mantenía una relación oculta era conmigo, no con ella. Su vida real se desarrollaba a su lado, con quien subía fotos a las redes era con ella, con quien quedaba para cenar con amigos, era con ella. Y aunque yo no lo supiera, con quien hacía planes de futuro, era con ella.

Tardé casi dos años en darme cuenta de que no la iba a dejar nunca. Volví a preguntarle si había decidido por fin dejarla. Se acercaban las navidades y me moría por poder hacer oficial nuestra relación. Al fin y al cabo, para mí, era mi pareja. Y me parecía que ya había tenido suficiente paciencia, casi dos años viéndonos en secreto. Pero al sacar el tema vi su expresión, estaba molesto, y me contestó «venga, no seas pesada que nos vas a aguar la tarde. Ya veré cuándo lo hago, no me agobies».

what

Fue ahí cuando me di cuenta de que no la iba a dejar. Reconozco que el golpe de realidad fue duro. Me había creado una serie de ideas y expectativas en mi cabeza que no se correspondían con lo que ocurría de verdad. Salí de su vida sin hacer ruido, no quería más drama del que ya sentía en mi corazón. Fue aún más doloroso ver que él aceptaba sin rechistar mi decisión de dejarlo. Aún una parte de mí tenía la esperanza de que el reaccionase y lo dejase todo por mí. Pero no pasó.

Aprendí muchas cosas de esta experiencia, y la primera fue a no juzgar las vivencias de los demás. Nunca sabes cuándo puedes verte envuelta en una historia inesperada que no veías posible. Lo segundo es que, a la hora de la verdad, si las emociones y sentimientos toman el control de la situación, la cabeza no tiene nada que hacer contra ellos. La tercera es que hice muy bien dándome a valer, llevaba dos años siendo un segundo plato y aceptando ser en su vida la sombra de algo que él ya tenía, una novia. Siempre oculta, siempre en el limbo, sin saber si pasaría a ser protagonista y no actriz secundaria en esta historia en algún momento. Y por último, aprendí que arrepentirse está bien, acepté la culpa que sentía por haber formado parte del engaño hacia otra persona. Sé que el culpable principal era él, pero me prometí a mí misma que, de cara al futuro, intentaría respetarme tanto a mí misma como a las demás no cayendo en las garras de otro infiel.

Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.