Ana Milán T2E1
“Creemos tenerlo todo bajo control, creemos que decidimos los grandes eventos de nuestra vida. Y de repente sucede algo que lo cambia todo. A veces es una mirada en un bar, a veces es una llamada, otras, una furgoneta. Piensas que a ti no te va a pasar, pero pasa. En un momento pasa, y todos los planes se convierten en un confuso fundido negro.
Por eso es importante mirar la vida de frente y con atención. Prepararse algo rico para cenar, por si esa es la última cena, por si no hay más. Por eso tienes que salir a bailar hoy, por si no hay más. Y besar a ese hombre, por si no hay más. Y es que no tenemos nada bajo control, menos en el cine. En el cine, siempre puedes volver a repetir después de escuchar “corten”. Pero la vida no deja de ser un rodaje, ¿no? Por lo que también podemos morir y resucitar.”
Patidifusa me quedé en el sofá con el mando en la mano. Petrificada, como si hubiese vivido una aparición de la virgen. Madre mía Ana Milán, madre mía. Y yo sin saber si escribir al chico que me gusta. Pues a tomar por culo lo bicicleta. Vive, vive como si cada día fuese el último, y no porque te lo diga Santa Ana, si no porque también te lo digo yo, y tú deberías repetírtelo a ti misma como un mantra hasta que se convierta en realidad.
A mí, la verdad que me costó un poco asimilar lo que había escuchado, tardé bastante en procesarlo y más por la potencia del mensaje que por cualquier otra cosa. ¿Qué es lo que estamos haciendo? ¿En qué momento hemos pasado a ser tan cobardes como para no dar los pasos que nos pueden hacer felices, en qué momento hemos dejado de arriesgar porque no vemos más allá de lo que pueda ocurrir? ¿En qué momento nos hemos olvidado de nosotros mismos, de lo que nos hace felices y nos importan más los demás, los daños colaterales y lo que puedan pensar?

Cada vez que tenemos frente a nosotros una oportunidad de cambio, cuando sentimos algo que hace tambalear nuestros cimientos, nos damos media vuelta y abandonamos sin siquiera intentarlo, no sea que salgamos con algún rasguño. Y la verdad, que no recuerdo que las cosas fueran antes así, cuando éramos niños, adolescentes, cuando no había miedo, ni a los parques infantiles de hierro, y al frío en enero haciendo botellones en falda. Imagino que, con la llegada de la madurez, aparecen los miedos, la incertidumbre, el no querer equivocarse, el no querer arriesgar. Y eso, no debería ser así, ojalá podamos abrir los ojos y abrazar el riesgo, sonreír a ese chico del metro, aunque sea con los ojos con todo el tema de las mascarillas, bailar esa canción que tocan unos músicos a tu paso en la calle, tomarte tu tiempo disfrutando de esperar al sol a que el semáforo se ponga en verde.
Y es más, me aventuraría incluso a decir, que le digas que le quieres si lo sientes de verdad, que pidas perdón si tu conciencia no te deja tranquila, que te compres ese capricho que llevas retrasando porque no es el momento y que incluso, te lances a tomar todas esas decisiones que tienes pausadas porque no es el momento. ¿Sabes? Quizás nunca sea el momento, la verdad que no pintan bien las cosas para esta nuestra generación, pero peor sería que, llegados al final del camino, nos arrepintamos de no haber hecho lo que de verdad queríamos hacer. Y entonces, seguramente, sea demasiado tarde para decir “Corten”.