(Casi) todos hemos zorreado en algún momento.
(Casi) todos hemos tenido un crush mientras teníamos pareja.
Casi todos tenemos una lista de personas platónicas con las que nos liaríamos si tuviésemos la oportunidad y no tuviésemos pareja.
¿A quién no le gusta el morbo?
El misterio, la curiosidad, el peligro… seguro que la mayoría nos hemos imaginado cómo follan otras personas.
Estar en un bar y pensar “Dios, me encantaría que me empotrase aquí y ahora encima de esta mesa”
Como dijo Óscar Wild: “todos llevamos dentro el cielo y el infierno” y como dice Romeo Santos… “una aventura es más divertida si huele a peligro”. Conclusión: todos somos dinamita. Unos con la mecha más corta y otros con la mecha más larga, pero somos material inflamable. Tenemos un demonio dentro.

Fuegotes por Instagram, fotitos sugerentes, tonteos “en broma”, conversaciones subidas de tono. Inocente de mí, siempre he pensado que del tonteo a los cuernos había un trecho.
Pero cada día la sociedad que me rodea me demuestra que no, que no es tan gruesa que existe entre empezar a tontear y tener adicción al tonteo virtual y a poner los cuernos.
Cuando haces pop… ¡ya no hay stop!
Reconozco que he sido infiel. El típico affaire cuando la relación está muerta y terminar de dejar a mi novio. No está bien, no me justifico. Pero es la gota que colma el vaso para darme cuenta de que mi vida no debe de ir por ese camino. Y paro de andar.
Pero cuando veo a mis amistades liándola desde hace años… me entra ansiedad hasta a mí. ¡Qué estrés y qué complicado!
Mentiras. Cambios de nombre en los contactos de WhatsApp. Quedar de repente con “amigas lejanas de la uni que hace mucho que no ves”. Hacerlo todo a escondidas. Buscar cómplices de tus escarceos. Sexo imprescindible sin chupetones ni marcas. Disimular el olor a sexo. Hablar por Instagram o por Telegram (Putagram para los amigos). Borrar conversaciones. Levantarte cansada por estar hasta las mil chateando. Poner huella para desbloquear el móvil. Publicar historias en redes con dobles sentidos. Lujuria e hipocresía. Lo que es jugar con fuego de toda la vida.
Declarar que tu amante es idiota, que no te merece y que va a ser la última vez. Volver a caer. Pensar que quieres mucho a tu novio para hacer esto. Cortas con tu amante. Tonteas con otro. Piensas que, si no te han pillado, es que lo haces bien y tiene su gracia y su morbo y perversión. Crees que te acostumbrarías a esto. Así van pasando unos detrás de otros.

¿Necesitas sexo? ¿Cariño? ¿O es que es adictiva la sensación de evadirse de la realidad, de sentirse deseada y estar 24/7 cachonda?
Salir a cenar con tus amigas y escaparte con el móvil al baño para mandarle una foto picantona. Estar tranquilamente dando un paseo con tu perro Toby y relatarle por WhatsApp una historia erótica detallada de cómo te gustaría que te follase. Le cuentas que quieres que te desnude lentamente, que palpe lo húmeda que estás. Quieres que te tire del pelo, que te susurre cosas al oído, que pase un hielo desde tus pezones hasta tu monte de Venus y que te folle atada a la cama con un antifaz de leopardo. Eso sí, todo esto lo piensas y lo escribes mientras recoges las cacas de Toby.
Cincuenta sombras de Grey ha sacado el mundo oscuro que llevamos dentro. Nos nubla la oscuridad, nos parece tan divertido rozar los límites que muchas veces no nos damos cuenta de que, aunque virtualmente tengas un harén montado, quien está a tu lado en el sofá viendo una película los domingos es tu pareja. La persona que te aguanta diariamente es tu pareja. Y quién te dice “cariño, pásatelo bien con tus amigas” es tu pareja cuando sales por la puerta. A él le has dicho que vas a quedar con tus amigas. Tú has verificado con ellas el plan y lo que vas a hacer es follarte al amante del momento en un hotel que alquile habitaciones por horas. Te da igual saber que puedes destruir a tu novio. En ese momento el egoísmo se apodera de ti, una vez más.
En muchos momentos no todo el bucle es sexo y diversión. A veces también entran los sentimientos de culpabilidad, remordimientos de conciencia, ansiedad… Y seguramente un “mi pareja no se lo merece, tengo que cortar esto ya”

Crees que has cortado y has acabado con tu vida paralela. Estás dos meses quietecita, mentalizándote con que la estabilidad que te da tu pareja no te la da cualquiera. Y que en el fondo es quién te aguanta. Incluso puede que tu pareja te acabe pillando en alguna mentirijilla o algún cabo que te has dejado suelto. Te invade el sentimiento de culpa, te inventas una película digna de un premio Goya que encaja a la perfección. Tu pareja te cree, decide confiar en ti otra vez y respiras de nuevo, es un alivio que no te haya pillado de lleno.
Has visto las orejas al lobo y te juras y perjuras a ti misma que tienes miedo de perderle y que no vas a volver a hacerlo. Que no te merece la pena arriesgar una vida en común por unos cuantos (muchos) polvos (maravillosos). Vuelves a tener los pies en el suelo y la cabeza en la cruda realidad. Te vuelve a aburrir la rutina.
Y posiblemente, la historia se repetirá de nuevo.