Aquel miércoles llegué a la oficina como todos los días, saludé a mis compañeros y me senté en mi escritorio. Iba pensando en las mil cosas que tenía por delante aquella jornada. Mi compañera de equipo estaba de baja y, hasta que no encontrasen a alguien para cubrirla, tendría que ocuparme yo de todo lo relativo al proyecto. Suspiré. Miré la agenda. Todo en orden, o eso pensaba. A media mañana, mi jefe me convocó en su despacho. “Genial”, pensé. Seguramente sería para presentarme al sustituto y me hacía falta ayuda cuanto antes.
Entré en el despacho y me presentó a Marcos. Efectivamente, él sería mi nuevo compañero. Y mi labor los próximos días era enseñarle a manejar el proyecto, sus funciones y la documentación fundamental para hacer su trabajo. Algo así como una tutora temporal. De entrada me pareció un tipo simpático y muy atractivo. Sacudí la cabeza al darme cuenta en que estaba observando de más sus facciones. Yo tenía pareja y, aunque no estuviésemos en nuestro mejor momento, estaba convencida de que solo era un bache.
La relación con mi pareja llevaba tiempo en una especie de limbo: no estábamos mal, ¿había amor? estaba segura de ello entonces. Pero tampoco estábamos bien. Incluso llegué a sugerirle que fuésemos a terapia juntos, pero él se negó en rotundo. A veces me sentía como si el problema fuese yo, porque él repetía que estábamos bien, que yo veía problemas donde no los había. Y entonces apareció él, Marcos.
Desde el primer día que trabajé a su lado, sus ganas, su energía, su sonrisa perfecta, su risa contagiosa y su forma de trabajar me hicieron darme cuenta de algo que yo no había querido ver antes: mi relación estaba peor de lo que yo pensaba. Al menos, mis sentimientos hacia mi pareja. Me descubría pensando en Marcos más de lo que me apetecía reconocer. Pasábamos muchísimo tiempo juntos porque además de hacer equipo yo tenía que supervisarlo, por lo que a veces se nos hacía tarde con alguna cosa y echábamos más tiempo aún. Pero me daba igual, porque cuando estaba con él me sentía ligera, todo pesaba menos, me hacía reír con facilidad y mi humor mejoraba considerablemente.

Sin embargo, en cuanto llegaba a casa con mi pareja, todo me parecía un poquito más gris. Lo cierto es que tardé bastante en admitir estos pensamientos e incluso en entenderlos. Estuve confusa semanas. Solamente sabía que me apetecía más ir a trabajar que estar en casa. Y eso me entristecía, porque mi pareja me esperaba allí, con ganas de estar conmigo, unas ganas que a mí me empezaban a fallar. Y no es que estuviésemos mal, era solo que… todo era siempre igual. La monotonía era la tercera persona en mi relación y él no parecía verla, así que tampoco podía hacer nada por mejorarlo. Me sentía un poco cansada de tirar yo sola del carro, debo admitir. Le quería, pero, ¿le amaba igual que antes? Diez años juntos eran muchos años. ¿Iba a tirar a la basura una relación así cuando no había ningún problema como tal? Me resistía incluso a imaginar esa posibilidad.
Los cuatro meses de baja de mi compañera estaban a punto de cumplirse, así que era cuestión de tiempo que Marcos saliera de mi equipo. Y ese cambio llego pronto. A la semana siguiente, Marcos volvió a su escritorio después de una reunión y me comunicó que a partir del día siguiente trabajaría en otro proyecto diferente, con otro equipo y en otro de los edificios de la empresa. Mi compañera se reincorporaba de inmediato. Intenté no dejar traslucir verdaderos sentimientos y con una sonrisa le dije que esperaba que le fuese genial y que me alegraba de que se quedase contratado en la empresa, aunque le echaría en falta. Pero antes de irme, me preguntó si podía hablar conmigo de algo personal. Intrigada, le dije que sí.
Me dijo que los últimos meses trabajando a mi lado habían sido estupendos y que le había entristecido saber que ya no trabajaríamos codo con codo, porque además de admirarme profesionalmente, le gustaba muchísimo también en lo personal, como mujer. Dijo que sabía que yo tenía pareja y que por eso no había intentado nada hasta entonces, pero que ahora que iba a dejar de compartir trabajo conmigo había decidido sincerarse y, egoístamente, dejarlo en mis manos con la esperanza de que yo pudiera sentir lo mismo. No supe qué decir y me dijo que no hacía falta que dijese nada, que él solo quería sincerarse. Me besó en la mejilla y se marchó.

Dos horas más me quedé en la oficina. No quería volver a casa. No podía dejar de pensar en las mariposas que habían recorrido mi estómago mientras Marcos se confesaba. Y me sentía tan mal, tan infiel, que no sabía cómo mirar a la cara a mi pareja. Y si me sentía así, es porque en el fondo sabía que albergaba sentimientos hacia Marcos y que no estaba siendo sincera ni siquiera conmigo misma. Y no podía seguir así.
Tomé la decisión de hablar con mi pareja y le pedí que me diera un tiempo para pensar, pero él no lo aceptó, así que solo quedaba el camino de la ruptura. Odié hacerle daño, para mí tampoco fue fácil, pero él, que ni siquiera era consciente de que teníamos problemas, lo llevó mucho peor. Sé que no me perdonará jamás, pero hice lo que había que hacer. No llamé a Marcos inmediatamente. Aunque mi pareja no quiso darme ese tiempo, yo sí que me lo concedí. Y cuando tuve claro lo que quería, hice la llamada. Y allí estaba él, al otro lado del teléfono, esperándome un mes después.

Dejar aquella relación fue cerrar un capítulo de diez años junto al hombre que creía que sería el definitivo. Probablemente fue la decisión más dura que he tenido que tomar hasta ahora. Pero sé que hice lo correcto. Y no por el hecho de que ahora Marcos y yo estemos juntos, sino porque lo fácil habría sido acobardarme y seguir en esa zona aburrida pero de confort, en una relación que vagaba sin rumbo y sin sentido, autoengañándome, y yo decidí tomar el camino difícil pero valiente: mirarme al espejo y ser sincera y justa conmigo misma.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio anónimo.