No te juntes con esa chica. No digas palabrotas. Así no se sientan las señoritas. ¿Dónde vas así vestida? Quita eso de la tele que es de mayores…

No hace falta que diga cómo fue mi infancia y adolescencia con estas palabras, ¿no? Aprendí esas cosas tan a rajatabla que me ha costado un enorme esfuerzo desaprender (y aún sigo a mis 38 años), trasvasar límites que me parecían infranqueables, superar puros tabús. 

Teníamos que ser princesas dulces, castas, inocentes, inteligentes, amorosas, permisivas, guapas, naturales, estables. Vamos un puto vaso de agua de manantial recién recogido y reposado. Lo peor de todo fue que me lo creí. 

Entre las amigas no hablábamos mucho de sexo, de hecho si comentábamos algún magreo se hacía con mucho pudor, sin palabras explícitas. El mundo de las mujeres siempre lleno de metáforas. Que a mí las metáforas me van, pero en aquel contexto se vestían de vergüenza con perfume a culpa, y eso no es bueno. 

Fueron algunas las amigas que ocuparon el rol de la guarra, la adelantada, la desinhibida, la que hablaba con chicos, la que ligaba, la que decía palabrotas, la que se maquillaba, la que se teñía el pelo. Eran escasas, sí, y eran las que tenían respuestas a muchas cosas que no sabía, y más aún, que sentía. Que el rollito de los Bridgerton no nos pilla tan lejos señoras, por mucho que nos riamos ahora. 

Recuerdo el día que en el instituto una compañera dijo que les preguntó a sus padres donde iba a parar el semen en el sexo anal. A mí me explotó la cabeza. ¿Se podían hacer esas preguntas? En mi casa ya os digo yo que no. Que mis padres tenían una colección enciclopédica donde ponía que la mujer no debía tocarse porque el desgaste la volvería frígida. Colección que yo no debía leer porque era de mayores, colección que se perdió, y que espero que haya ardido y no queden ni las cenizas.

Fue una época “curiosa”. Las amigas quedaban para aprender a ponerse tampones, y las compresas se llevaban al cubo de basura familiar escondidas debajo de la manga del jersey. Con la Súper Pop y la Bravo resolvíamos cuestiones amorosas hipotéticas, y la nueva Vale era la biblia sexual (siempre escondida de los ojos de los padres). Pero entre nosotras no decíamos ni mu. Porque éramos chicas formales, y una chica formal nunca diría que le ha cogido la mano a su novio para que le toque la teta porque ella ha querido. Porque sentía que le apetecía, porque quería hacerlo. Eso sería de guarras. Y por supuesto ninguna se masturbaba, nos salve Dios de semejante acto, al menos de confesarlo.  

¿Odiábamos a las guarras? No. Por mi parte os puedo decir que no. Yo tenía una admiración secreta hacia la seguridad que desprendían, la despreocupación ante los comentarios de los demás, y lo dueñas que eran de sus actos. Pero había que seguir siendo mariposa blanca ante los padres, los vecinos, las amigas y los novios.

He de decir que yo soy de las personas a la que el ambiente universitario le abrió la mente. No por el nivel académico os lo puedo asegurar, sino por tanta gente diferente reunida en un mismo lugar. Las conversaciones fueron dejando atrás las metáforas hasta llegar a ponerme en la tesitura de opinión sobre la consistencia del semen de tío con el que se acostaba mi amiga. Aun así a mí me costaba soltar prenda. Me quedaba muda y me autofustigaba si se me iba un poco la boca. Como diría un buen amigo guarro mío – ¡Tía Loli suelta el látigo! –  Y es que etiquetarnos peyorativamente como chupapollas y pretender chupar una polla o que nos la chupen con alegría es contradictorio. 

Debido a esta represión me he comido muchas mierdas paranoides que podían haberse resuelto con unas cañas y dosis de risa compartida. Pero el universo es sabio, por ello me dio una curiosidad inquieta y puso un montón de gente guarra en mi camino para dejar el agua de manantial y pasarme a la cerveza (os he dicho que soy de metáforas así de elegantes…).

Con los años no puedo más que agradecer la confianza de todas aquellas amigas que en su desvergüenza me han desvergonzado. Con las que puedo hablar sobre preparar un striptease con disfraz para un polvo apoteósico, con las que visitar un sex-shop y comprar juguetes, con las que ver una peli porno. Hablar sobre follar estando con la regla, o preguntar que ponerte en el chocho porque se te ha liado parda y no puedes con tu vida. Con las que disfrutar conversando sobre fetichismos sexuales usando unas botas altas, o cómo puedes mearte del gusto (de forma literal) por un orgasmo usando el Satisfyer. Y por supuesto, con las que compartir los casos que se presentan en el foro de Weloversize, que es canelita en rama.

Así que gracias amigas guarras, por haberme ayudado a abrir tanto la boca para que se me llene de risas y no quepan los tabús.

 

Mariló Córdoba