Voy a hablar de un tema que va a traer cola, pero que para mí es una realidad: las madres de ahora lo tenemos mucho más difícil que las madres de antes. Es así, y nadie me va a bajar del burro.
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Mi madre lo tuvo más fácil que yo, aunque ella diga que no. Para empezar, no trabajaba fuera de casa porque antes, con un solo sueldo, se podía vivir. Es más, con el sueldo de mi padre pagaban la hipoteca, llenaban la nevera, nos íbamos de vacaciones a la playa en verano y nunca nos faltó de nada. Y encima ahorraban.
Mi madre, y seguramente las vuestras también, se dedicaba exclusivamente a la casa y a los hijos. Que no es trabajo fácil, ojo. Pero es que las madres de ahora nos dedicamos a los hijos y además trabajamos fuera de casa, porque ahora con dos sueldos no da para todo eso que hacían mis padres con un solo sueldo.

Además, mi madre vivía cerca de mi abuela, de su hermana, de sus cuñadas. Tenía una red de apoyo. Podía echarle una mano si lo necesitaba. Nos podían recoger del colegio o quedarse con nosotros en un momento dado.
Yo vivo a 40 kilómetros del barrio de mis padres. Principalmente, porque donde ellos viven era inviable comprarme una casa, así que me tuve que ir más lejos. Cierto es que puedo contar con ellos para cosas puntuales, pero no para que me recojan a los niños del colegio de lunes a viernes. Me tengo que apañar con mi marido para llevar y recoger a los niños del cole. Jugamos con turnos de trabajo, favores y horarios ampliados en el colegio.
Bueno, pues ¿veis normal que cada vez que digo que ahora lo tenemos todo más difícil se ponga a la defensiva? Que ella criaba sola porque mi padre estaba trabajando de sol a sol, que los padres de ahora si que ayudan. Que si ella crio tres hijos, y mi abuela crio siete, y yo con dos me estoy todo el día quejando. Que si la casa ahora se limpia sola con tantos cacharros que tenemos: aspiradoras que van solas, lavavajillas, robots de cocina…
Si mamá, y mi abuela se iba a lavar la ropa al río porque no había lavadoras. Pero no hablamos de eso. Hablamos de la carga mental y de la soledad que sentimos las madres en la época actual.

Mi madre no trabajaba fuera de casa. Yo sí. Y no porque me apetezca cumplir sueños profesionales ni porque me sienta especialmente realizada sentada ocho horas delante de un ordenador. Trabajo porque no queda otra. Porque con un sueldo no llega. Trabajo y luego llego a casa a hacer lo mismo que hacía mi madre, pero con menos tiempo y más culpa.
Porque esa es otra gran diferencia: la culpa. Mi madre no se sentía culpable por no jugar tres horas seguidas con nosotros. No se sentía culpable por darnos macarrones con tomate. No se sentía culpable por sentarnos delante de la tele mientras hacía la cena. Nadie le decía que eso estaba mal. Nadie le hablaba de estimulación temprana, de apego seguro o de crianza respetuosa.
A nosotras sí. A nosotras nos han vendido que podemos con todo. Que ser madre hoy es una elección libre, consciente y maravillosa. Que podemos trabajar como si no tuviéramos hijos y criar como si no tuviéramos trabajo. Y cuando no llegamos —porque no se llega— el problema parece que es nuestro. Mala organización, mala gestión del tiempo, poca paciencia, demasiadas quejas.
Mi madre tenía ayuda cerca. Si se ponía mala, nos dejaba con mi abuela. Si necesitaba salir, estaba su hermana. Si tenía un apuro, había alguien a dos calles. Yo tengo un grupo de amigas-madres agotadas que tampoco pueden ayudarte porque están igual o peor que tú. Vivimos lejos de la familia, cambiamos de ciudad por trabajo o por necesidad, criamos en pisos pequeños y con horarios imposibles.
Y aun así, se espera que lo hagamos todo con una sonrisa. Porque, oye, eres madre porque has querido. Si te vas a quejar todo el rato, pues no haber tenido hijos.

Y no, no digo que nuestras madres no lo pasaran mal. Claro que lo pasaron mal. Tenían menos derechos, menos voz, menos opciones. Muchas aguantaron matrimonios infelices, renunciaron a sueños y se olvidaron de sí mismas. Pero una cosa no quita la otra. Reconocer sus dificultades no implica negar las nuestras.
Nosotras nos divorciamos si no aguantamos a nuestros marido, somos independientes económicamente y procuramos seguir siendo mujeres, además de madres. Pero, sí, lo digo: nuestra maternidad es más complicada que fue la de ellas.
Porque no solo criamos hijos, también sostenemos trabajos precarios, casas que no se mantienen solas y una carga mental que mi madre nunca tuvo. Criamos sin red, con horarios imposibles y con la presión constante de hacerlo todo bien, todo el tiempo. No se nos permite fallar, ni cansarnos, ni bajar el listón.