Nunca hice una salida del armario de forma oficial, no hubo dramas, ni aplausos, ni abrazos, ni lágrimas. Nunca lo consideré necesario para mí. Puede que a otras personas si les haga falta, pero nunca fue mi caso. Supe lo que era antes de saber ponerle nombre. En el instituto entró un chico nuevo guapísimo en clase y, como a la mayoría de compañeras, me tenía loquita. Pero un curso por encima nuestro también entró su hermana mayor, y me di cuenta de que me gustaba tanto como él. Al principio pensé que envidiaba lo guapa que era, pero no tardé en darme cuenta de que aquello era algo más. Tenía catorce años y fue la primera vez que sentí algo así por nadie, una atracción tan grande. Así que bueno, superado el shock inicial, lo acepté y lo convertí en parte de mi día a día. Siempre he sido una persona muy reservada, por lo que no me molesté en informar oficialmente a mi familia de nada, y con mis amigos y demás personas lo hablaba si surgía el tema, sin darle especial relevancia.

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A pesar de toda esta naturalidad por mi parte, el destino hizo que no estuviese físicamente con una mujer hasta poco antes de conocerle a él. Fue algo breve a los veinticuatro años, una amiga de una amiga con la que por fin pude dar rienda suelta a mis pasiones y deseos inexplorados. Fue breve pero fantástico, divertido y liberador. Había estado con hombres antes, pero aún no se me había dado el caso de estar con una mujer, si alguna me gustaba a mí yo no le gustaba a ella y viceversa. Ninguna buscaba nada serio por entonces, así que todo quedó en eso. Sin embargo, un par de meses después conocí a Javi.

Nos conocimos en una fiesta. Yo iba con mis amigas y el estaba en una despedida de soltero. Inicialmente, como ya he dicho, no buscaba nada serio con nadie en esos momentos, pero me fue ganando poquito a poco. Me escuchaba, era detallista, hablador, sus hoyuelos al reírse me hacían derretirme… Y encima la atracción era tan grande que se hacía insoportable. Los primeros meses estábamos todo el día enganchados. Estábamos bien, realmente bien. Hacia mi día a día más feliz, más ligero. Y los meses pasaron volando, diez meses concretamente llevábamos juntos cuando cambió todo.

relación

Estábamos en el sofá de mi salón charlando de todo un poco. Él estaba mirando Instagram y de repente me enseñó un reel que le había salido. Un compañero de su oficina había salido del armario y se había comprometido con su pareja, y había subido un vídeo en el que celebraba con globos y tarta su felicidad junto a sus seres queridos. Me dijo que le hacía gracia tanto alboroto por algo así. Extrañada, le pedí que explicase a qué se refería. Y me dijo que aquello de hacerse los modernos y anunciarse homosexual era algo ya muy antiguo, que ya no tenía sentido hacer toda esa »performance», que en su opinión solo buscaban atención. Me reí y le dije que no sabía de qué estaba hablando, y para hacerle entender que ese gesto a veces si es algo liberador, importante y necesario para algunas personas, le expliqué mi punto de vista y, por consiguiente, acabé hablando de mi propio caso.

Pues bien, yo, tan natural como siempre, me dediqué a hablar de mi bisexualidad como había hecho toda la vida, sin darle mayor importancia de la que realmente tiene, y a razonarle por qué estaba tan equivocado. Pero él ya no me oía, solo se había quedado en un dato concreto. «¿Has dicho que eres bisexual?», me dijo con cara de póquer. Asentí, sin más. «Venga ya, pero qué dices, si eso solo son fases, la gente que dice que es bisexual es porque no acepta su homosexualidad», dijo con la seguridad de quien asevera que el sol calienta. Lo que me faltaba, ¡mi novio era uno de esos que niegan la existencia de mi colectivo y yo no me había dado cuenta hasta ahora! Tras mucho explicarme, más de lo que lo había tenido que hacer durante toda mi vida, me dijo que no pasaba nada, que solo le había sorprendido, pero que todo estaba bien entre nosotros. Ya os adelanto que era mentira.

fases

Nuestra relación se enrareció. Empecé a notar que él se distanciaba de mí con pequeños detalles, como por ejemplo no cogerme tanto de la mano o retirarla disimuladamente, no le apetecía tanto tener intimidad conmigo, nos veíamos con menos frecuencia cuando antes pasábamos muchísimo tiempo juntos porque casualmente ahora estaba mucho mas ocupado, etc. Y lo que fue peor, ahora hacia preguntas del tipo «Mira esa mujer que va por allí, la rubia, ¿te gusta? ¿Dirías que te gusta más que yo?», «cuando lo haces conmigo no te pondrás a pensar en mujeres, ¿no?», o mi frase favorita: «Pero es que si te atrae el cuerpo de una tía, no entiendo cómo puede gustarte también el mío que soy un tío, si ambas cosas no tienen nada que ver». Se volvió paranoico. Si aparecía alguna chica guapa me preguntaba si la estaba mirando; si quedaba con alguna amiga, las amigas con las que antes le decía que quedaba sin problema, desconfiaba y me decía que esperaba que no se la estuviera jugando. Y así con todo. Me sentía observada constantemente. Pero le quería y lo aguantaba todo para no perderle, haciendo gala de una paciencia infinita mientras él sudaba inseguridad por todos los poros de su piel.

Hasta que una tarde me dijo que no podía más. Según él, sentía que ahora competía con todas las personas del planeta, porque sabía podía gustarme cualquiera. Quise hacerle entender que, igual que a él no le gustan todas las mujeres que se cruza solo por el hecho de ser heterosexual, a mí no me gustaban todos los hombres y mujeres que se me cruzasen por ser bisexual. Pero no hubo forma. Me dijo que jamás podría entender que le dejase por una mujer y que no quería arriesgarse a ello, que prefería dejarme antes. Al parecer, le parecía más aceptable que le fuera infiel con diez hombres a que se lo fuera con una mujer, según me hizo saber. Así que nada, nuestra relación se rompió y mi novio el inseguro desapareció de mi vida.

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Pese a todo, fue doloroso para mí. Había sentido rechazo explícito debido a mi identidad por primera vez en mi vida, y este rechazo había venido de una de las personas a las que más amaba. Me sentía noqueada. Me sentía incluso culpable, por ser como era, por no haber sido la persona que él quería que fuese, por confesarlo. Culpable por haberle contado que era bisexual.

Con la distancia he aprendido que yo no hice nada malo, mientras que él fue un intolerante que puso en tela de juicio la legitimidad de mi orientación sexual. Además, fijaos cómo son las cosas de la vida, ¿recordáis mi primera experiencia con una mujer? Pues la vida volvió a reunirnos por casualidad y vamos para los dos años de relación.

Entendí que confesarle que era bisexual no fue el problema, sino que el problema era él, aunque mis sentimientos me cegasen lo suficiente como para no saber verlo entonces.

Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.