Que la pasión del principio no dura toda la vida es cultura general. Yo creo que todo el mundo es consciente de que las relaciones pasan por muchas fases y que esa es una de las que menos dura. Cuando empezamos a salir nosotros éramos tan fogosos como los demás. Recuerdo perfectamente cómo me sentía, la necesidad que tenía de él. Éramos muy jóvenes, además. Durante muchos meses ni siquiera tuvimos relaciones sexuales completas, nunca teníamos dónde dar rienda suelta a la pasión que sentíamos. Nos conformábamos con enrollarnos como si no hubiera un mañana en cualquier momento y lugar.

Y, en cuanto nos lo pudimos permitir, comenzamos a acostarnos como está mandado. Creo que no miento si aseguro que durante los dos primeros años nos mantuvimos superfogosos. Lo hacíamos a menudo, de mil maneras y por todas partes.

Después llegó la convivencia, estrenamos toda la casa y, con el tiempo y la costumbre, la cosa comenzó a decaer. No porque dejáramos de tener sexo, no. Simplemente nos instalamos en la rutina y el follisqueo no fue menos. Quedó relegado al sábado, sabadete. A alguna mañana ociosa de domingo. Y a polvetes improvisados muy puntuales.

Con la madurez de la relación y tal vez la nuestra propia, el sexo pasó a un segundo plano. Pero, ojo, que nosotros estábamos bien. Quiero decir, la disminución de la frecuencia de nuestros encuentros sexuales no era signo de que la pareja sufriera. Nada que ver. Era solo otra fase.

Contra todo pronóstico, fue en esa fase en la que buscamos el embarazo. Lo conseguimos, llegaron los hijos y, durante mucho tiempo, nos obligamos a mantener cierta periodicidad coital. Literalmente nos decíamos: uf, hace un montón que no lo hacemos, habrá que sacarse las telarañas. Y lo hacíamos, marcábamos el check en el calendario y hasta la próxima.

Hasta que un día dejamos de forzarlo, de estar pendientes de eso. Desde entonces ha ido pasando el tiempo y hoy me he dado cuenta de que llevo 5 años sin chingar y mi relación va mejor que nunca. No follamos, es verdad. Pero nos queremos a morir. Como amigos, como compañeros de viaje y como los amantes que fuimos y que en la actualidad no necesitan ‘meter’ para demostrárselo.

Es solo que no necesitamos sexo. Nos es suficiente con los mimitos. No creáis que dormimos en habitaciones separadas, o con media cama de por medio. Al contrario.

Nos encanta estar uno encima del otro, sentirnos la piel. Besarnos cada vez que nos cruzamos en el pasillo. Lo que no nos sale a ninguno de los dos es meternos en faena. No sé por qué, la verdad. No sé por qué dejamos de necesitarlo, es como que… ¿nos aburrimos? Ni idea.

En cualquier caso, no importa. Estamos bien así. Seguimos siendo nosotros, seguimos queriéndonos y sintiéndonos tan cómplices como cuando lo hacíamos como monos en celo. Así que todo bien.

 

Anónimo

 

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