En la mañana, mientras medio mundo va desperezándose, y el otro sigue suspendido, cuando los primeros rayos de sol se desprenden del astro, en nuestra habitación se van asomando pequeñas muestras de luz tenue que entran por las ranuras de las persianas. En los primeros vestigios de mi despertar, los ecos de sonido del agua de una ducha, el encendido de una cafetera, el golpe del cierre de una puerta me informa que el edificio donde vivimos va volviendo a la vida.

Siento ese calor corpóreo que me ha cubierto en la fría noche, mis piernas se estiran bajo las sábanas, mi cuerpo se arquea, dando los buenos días. Un disfrute máximo. El escenario donde aún no he salido de la cama, esos cinco minutos que perduran en el tiempo. Ese lindo espacio entre el plácido sueño y la vuelta a la rutina. Pero si aún hace más mágico ese momento del día, es sentirte a ti cerca de mí.

Me acerco sigilosa a tu espalda. Me engancho a tu piel en la postura de cucharita mañanera. Esa que tiene gusto a café.

Entonces, por las pequeñas rendijas de mis ojos aún sin abrir en su plenitud observo tu despertar. Me miras y me sonríes. Sabemos que viene después.

Saboreo el sexo matinal. Cuando toda mi paz y energía recargada durante la velada nocturna que justo acaba de finalizar aún sigue concentrada en mi ser. Me olvido de la superstición de la buena o mala suerte que trae con qué pie te levantes, pues contigo tengo el as entre mis piernas.

Alegría, optimismo y buen humor. La ciencia lo confirma, el sexo en las primeras horas es de lo más placentero. Estudios han demostrado que fortalece el sistema inmunológico protegiendo a tu cuerpo de infecciones y bacterias. El motivo, el placer aumenta los niveles de estrógenos que liberamos durante la jornada. Otras investigaciones nos hablan de un incremento en la actividad cerebral después del revolcón. Una oportunidad de serenar la mente antes de meterte en el atasco de la M-30.

Dulce, muy dulce. Como la mermelada, un croissant de chocolate que se funde en mi boca. Las mañanas de deleite carnal mejoran la intimidad. El corrector de ojeras y los pintalabios carmesí se intercambian por marcas en la cara de almohadas, peinados enredados y lagañas en los párpados. Dos personas se desnudan para presentarse tal y como son. Sin máscaras. Sin artificios.

Así son las mañanas de sexo y café, cuando el sonido del horrible despertador se convierte en la más bonita de las serenatas.

@punto_en_becca