Estaba estudiando en Barcelona cuando le conocí en la universidad. Cuando empezamos a salir todo iba bien, era cariñoso, detallista, amable. Siempre estaba atento a mí y a mis necesidades. Por eso, cuando me vi sin piso en mi tercer año de carrera porque no encontraba nada, acepté su ofrecimiento de ir a vivir con él. Sabía que era un poco pronto, llevábamos solo siete meses, pero todo iba súper bien entre nosotros. Él vivía sólo en la casa que habían dejado sus abuelos. Había dormido allí muchas noches ya, al menos dos cada semana, así que bueno, no era pasar de la nada al todo, pensé. Yo vivía con mi gato, que era mi vida entera, y por supuesto vino conmigo a vivir a su casa, cosa que él aceptó sin problemas.

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Pero tras unas semanas la convivencia no estaba resultando tan fácil como yo esperaba. Ahora pasábamos más tiempo juntos y empecé a conocer otras facetas de él no tan buenas. Además, me dijo que esperaba que yo me encargase de limpiar y cocinar, alegando que él me había dejado vivir allí gratis. Yo comprendía que algo debía hacer para compensar el favor que me había hecho, pero el problema era que si llegaba y encontraba algo que no estaba a su gusto, se enfadaba y muchas veces perdía los nervios por auténticas tonterías. Además, decía que el gato hacía que la casa oliese mal y habilitó una habitación para él en la que me decía que debía estar encerrado. Yo podía entrar a estar con el gato, pero el gato no debía salir. Si lo veía fuera por la casa, se cabreaba muchísimo.

Empezó a controlar mis entradas y salidas y mis horarios. Decía que ahora que vivíamos juntos debíamos priorizar el pasar todo el tiempo que pudiésemos juntos. Empezó a desconfiar de mis amigos y a poner pegas si quería quedar con ellos. Siempre se inventaba un plan que según él había estado pensando para darme una sorpresa y se hacía el ofendido si no cancelaba mi quedada para quedarme con él. Y si al final no hacía lo que él quería, me dejaba de hablar hasta que le apeteciese volver a dirigirme la palabra, que solía ser cuando necesitaba algo de mí o quería que nos acostásemos.

El primer tortazo llegó a los cuatro meses de convivencia. Estaba decidida a salir con mis amigas a pesar de que él intentaba que me quedase. Me habían dicho que hacía semanas que apenas me veían y les había prometido que ese viernes saldría con ellas por ahí. Y eso hice, a pesar de las insistencias y enfados de mi novio. Cuando volví a las cinco de la mañana, estaba sentado en el sofá, esperándome. Se acercó a mí y me espetó que apestaba a alcohol. Extrañada, le dije que solo me había tomado dos copas, y él me dijo que no tenía que haber tomado ninguna. Intenté irme al dormitorio para cambiarme pero me agarró con fuerza del brazo y me dijo que le contase todo lo que había hecho y con quién había ido. Le dije quiénes habían estado y nombre a dos chicos en el grupo, compañeros de la carrera. Entonces pareció volverse loco. Me dijo que si me parecía normal andar de madrugada por ahí bebiendo y encima con otros tíos, que «con la pinta de putas que tenían mis amigas seguro que intentaban llevarme por el mal camino». Me quedé boquiabierta y le dije que no me hablase así ni dijese eso de mis amigas, y entonces me abofeteó. Rápido, doloroso. Después de aquello lo recuerdo todo borroso. Me pidió disculpas y me dijo que se le había ido la cabeza porque estaba preocupado al ver que era tarde y no llegaba. Y yo lo acepté.

Pero a partir de entonces todo se volvió más difícil y violento. Yo empecé a recluirme en mi misma y a intentar no hacer nada que pudiera enfadarle. Pero no siempre lo conseguía y las cosas se ponían feas de todos modos. Luego se arrepentía y me pedía disculpas. Y yo, que estaba completamente anulada, lo perdonaba. En mi mente, lo justificaba y me sentía culpable por hacerle enfadar. El único momento en que mi vida era un poco normal era cuando iba a la universidad. Él me esperaba a la salida para ir a casa y ahí volvía a estar «custodiada» hasta el día siguiente. Pero yo no lo veía, estaba enganchada a esa relación tóxica y aunque me sentía desgraciada no quería dejarle.

Hasta que un día pasó algo que lo cambió todo. A mi mejor amiga la habían dejado y me necesitaba junto a ella. Le dije que tenía que ir a su casa, que iba a dormir allí y volvería al día siguiente. Y me dijo que no. Que de allí no me iba y menos a dormir fuera, que qué me había pensado que era aquello. Le intenté explicar que mi amiga estaba muy mal y que me había pedido que no la dejase sola, pero él me cogió del brazo clavándome los dedos y me advirtió que como se me ocurriese ir, íbamos a tener problemas. Y yo, a pesar de la amenaza, saqué valor para coger mi bolso y dirigirme a la puerta. Pero justo cuando iba a abrirla oí a mi gato hacer un maullido que me sonó raro. Además, debería estar en su habitación y había sonado justo detrás de mí. Me giré y vi a mí novio con el gato en brazos, sujetándole la cabeza con una de las manos. «Si te atreves a salir por esa puerta, le parto el cuello». Se me vino el mundo encima y solté el bolso en el suelo de inmediato. Le dije, llorando y muerta de miedo, que por favor dejase al gato en el suelo, que le prometía que no me iría, pero que no le hiciese daño a mi pequeño. Me dijo que fuese dentro y me cambiase de ropa, que me pusiera el pijama. Corrí a hacerlo y solo cuando me vio sentada en el salón en ropa de estar por casa, lo soltó. Aquello lo cambió todo.

Tuve que planearlo con cuidado. Fuimos a la facultad el lunes siguiente y cada uno se fue a su clase, como siempre. Solo que yo me salí a los cinco minutos junto a mi mejor amiga, a la que le había contado lo ocurrido, y volvimos a su casa. Empaquetamos todo lo más rápido posible y me marché de allí con mi gato.

Más tarde, él me esperaba en la puerta de la universidad a la misma hora de siempre para volver a casa y yo aparecí para decirle lo que había hecho y que no quería volver a saber de él. Sabía que no se arriesgaría a ponerse violento en público, además, mi gato ya estaba fuera de su alcance y a salvo para siempre. Me fui a casa de mi amiga y acabé el curso durmiendo en un colchón en su habitación. Por suerte, una de sus compañeras de piso se marchaba en junio, y yo me quedé la habitación para el curso siguiente. Y por fin, recuperé mi estabilidad de forma completa.

A día de hoy sigue siendo la experiencia más dura que he vivido. Pasé miedo mucho tiempo, temiendo encontrarme con él por la universidad, pero él se limitaba a fingir no verme, cosa que agradecí.

Yo solía ser de las que pensaba que eso no podría pasarme a mí, que yo nunca acabaría en una relación abusiva y que jamás permitiría que me maltratasen, y sin darme cuenta acabé sometida y anulada. Puede pasarnos a cualquiera, a todas. Mi gato me salvó la vida sin saberlo, porque verle en peligro fue lo único que me hizo despertar. Fue mi amor de madre gatuna lo que nos sacó de aquel infierno, el miedo a que le hiciera daño a él, y se lo agradeceré hasta el día en que me muera.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.