Mi cumpleaños siempre ha sido una fecha algo incómoda para mí. Desde niña, odiaba ser el centro de atención, por lo que ese archiconocido momento en el que el cumpleañero espera con la cara colorada a que terminen de cantarle cumpleaños feliz para apagar las velas de la tarta me incomodaba sobremanera. Por eso, en cuanto la decisión dependió de mí, acabé con las tartas, las velas y las celebraciones multitudinarias por mi cumpleaños. Una merienda o cena con los más cercanos y plan de chill. Es lo único a lo que accedía.
Este año, sin embargo, cumplía los treinta y mi mejor amiga me dijo que tocaba hacer algo memorable. Le dije que solo quería hacer lo de siempre con los mismos de todos los años, una cena tranquila y una copa, pero me dijo que ese año se encargaría ella. Así que, llegado el día, me dijo la hora a la que debía estar preparada y pasó a por mí en coche. Lo que no sabía es que mi amiga, en su infinita «generosidad», había decidido que sería el cumpleaños más inolvidable de mi existencia. Y vaya si lo fue, aunque no de la forma que hubiera querido imaginar.

La noche comenzó bien. Había alquilado un salón y todos me recibieron al grito de “¡¡¡sorpresa!!!”. Había más gente de lo habitual, había invitado a antiguas amigas del instituto y de la carrera y también a mis primas. Pero superado el shock inicial, todo fue bien. Una cena sencilla, unos cócteles, música. Me sentía cómoda. Ya casi había olvidado la sensación de incomodidad de ser el motivo central de la celebración, hasta que, mi amiga se me acercó con una sonrisa picarona y me dijo: “¡En nada llega la gran sorpresa!”
Inocente de mí, pensé que sería algo incómodo pero de poca importancia: un pastel con forma de pene o un disfraz ridículo, algo dentro de los límites de lo que le había visto organizar a otras amigas en sus respectivos cumpleaños. Pero ni de lejos podía imaginar lo que iba a ocurrir. Repentinamente se abrió la puerta del salón y apareció un tío vestido con un uniforme de policía que parecía sacado del chino de la esquina. Y entonces preguntó “¿quién es la delincuente a la que vengo a detener?”

Me quedé de piedra observando cómo el tipo en cuestión, con gesto presuntuoso y la porra en la mano, se acercaba a mí mientras todos me señalaban y aplaudían. No sabía dónde meterme. De los nervios me entró la risa floja, cosa que todos interpretaron erróneamente como un signo de diversión. Gritaban y reían como si estuviera viendo a su mayor ídolo en concierto. Yo, en cambio, deseaba que la tierra me tragase. Y lo peor era que no sabía cómo salir de esa situación. No había escapatoria.
El stripper cogió una silla, me sentó en ella y procedió a hacer su número estelar. Sus movimientos y bailoteos eran tan exagerados que parecía una escena sacada de una comedia. Aunque para mí se asemejaba más a una peli de terror. Él estaba ajeno a mi incomodidad, porque mi reacción seguía siendo la de reír de forma histérica con los ojos como platos mientras deseaba que aquello acabase.

La situación empeoró cuando el stripper comenzó a quitarse la ropa. El momento en que se arrancó los pantalones de velcro, dejando ver un tanga de lentejuelas minúsculo, fue el detonante que me hizo salir del shock histérico. No pensaba dejar que me pusiera la escopeta delante de la cara, así que me levanté de golpe y, simulando bailar, me acerqué a mi amiga, la artífice de aquella locura. La agarré del brazo y la llevé a rastras hasta la silla frente al stripper. Ella se negaba a sentarse pero me miró a los ojos y, según cuenta ahora cuando rememoramos esta anécdota, mi mirada desquiciada la hizo entender que no tenía alternativa y se sentó a cubrir el final del espectáculo. Le tocó “disfrutar” en primer plano de la escopeta, las balas y todo el arsenal que traía el muchacho en cuestión. Ya me entendéis.

Nada más irse el stripper la aparté del grupo y le dije que si había perdido la cabeza. Estaba furiosa con ella. Aguanté el tipo el resto de la celebración, incluso el soplar las velas y el cumpleaños feliz, que al lado del momento stripper fue un paseo.
Aquel cumpleaños es ahora la historia más vergonzosa de mi vida. Y sí, seguimos siendo amigas. Pero me tomé la revancha y por su cumpleaños invité a todos los tíos con los que se había enrollado en el pasado que fui capaz de encontrar. Y desde entonces, las fiestas de cumpleaños sorpresa han quedado prohibidas en nuestro grupo de amigos.
Escrito por Carol M. Basado en una historia real anónima.