Lo mío siempre han sido los rollos. Relaciones casuales con las que disfrutar sin necesidad de establecer un compromiso ni generar unas expectativas que luego puedan no cumplirse. Es decir, sin dramas innecesarios. Había probado las relaciones y definitivamente no eran lo mío. Siempre acababa sufriendo estúpidamente. Esto es lo que a mí me funcionaba. Vivía sola y eso me encantaba, sin necesidad de compartir mi espacio con nadie más ni sentir la obligación de tener que dar explicaciones de por qué, cuándo, cómo y dónde a nadie. Libertad e independencia. Al menos todo fue así hasta que le conocí a él.
En aquella época a mis amigos y a mí nos encantaba salir de fiesta los fines de semana. Bailar en una discoteca, chupitos, sensación de euforia absoluta, la música altísima… Me encantaba todo aquello. Le conocí un sábado noche, entre el bullicio de una de esas salas de fiesta, en la barra. Mientras pedíamos me hizo un comentario sobre lo lleno que estaba aquello esa noche. Con la música tan alta era casi imposible oír, así que me fijé en sus labios para entender lo que decía. Eran carnosos y su sonrisa perfecta. Y me di cuenta de que me apetecía besarlos. Las siguientes horas las pasamos intercambiando miradas, coqueteos y buscándonos entre la gente para bailar. Y en unos de esos temazos, me besó. Me gustó tanto que le pregunté si quería acompañarme a casa después. Y el aceptó.

No era la primera vez que hacía algo así. No es que ocurriese todos los días, ni mucho menos, pero como ya he dicho lo mío eran las relaciones esporádicas. Sin embargo, aquello fluyó de una manera un poco diferente a como solía ir. Henchidos de pasión, nos comimos el uno al otro desde que subimos en el ascensor, y pasó lo que tenía que pasar. Lo habitual era que el chico en cuestión se marchase después de eso, pero en esta ocasión, pasamos horas charlando en la cama. Esto debería haberme molestado, no me gusta que se queden tanto tiempo, pero la conversación salía sola y me sentía muy cómoda. Así que no lo pensé demasiado y me dejé llevar.
Después de esa primera vez, empezamos a quedar con frecuencia. Ambos parecíamos estar en el mismo punto en cuanto a las relaciones y ninguno buscaba nada serio. Así que cuando nos apetecía, el uno le escribía al otro, nos encontrábamos en mi piso y tras acostarnos nos quedábamos charlando, justo como la primera vez. Y después, cada uno por su cuenta. Nada de citas, cenas, regalitos o promesas. Disfrutábamos el uno del otro en su justa medida.

Al principio funcionó perfectamente. Pero fueron esos momentos de intimidad después del sexo los que empezaron a complicarlo todo. Cada vez nos conocíamos más el uno al otro, nos contábamos confidencias y arreglábamos el mundo en cada encuentro. Era fácil, cómodo y sencillo, las palabras fluían solas entre nosotros. Y por consiguiente, cada vez nos quedábamos juntos mas y más horas después de los encuentros. Si nos daba hambre, pedíamos al chino y veíamos algo en Netflix antes de que cada uno se fuera por su cuenta. Pero bueno, nos justificábamos diciendo que dentro de la palabra «follamigo» la amistad también tendría que tener protagonismo, y chino y Netflix era un plan de amigos, claramente. También empezamos a pasar horas hablando por WhatsApp, nos mandábamos memes o nos escribíamos solo para saber cómo estaba el otro.
Y una tarde me descubrí echándole de menos. Y eso no me gustó nada. Intenté frenar mis sentimientos, pero me di cuenta de que ya no había marcha atrás. La realidad me golpeó en la cara cuando me di cuenta de que, efectivamente, me había enamorado de mi follamigo. Horror. Pánico. Alarma.

Decidí ignorar mis sentimientos y seguir con el plan establecido. Me convencí de que sería un estúpido cuelgue y que se me pasaría pronto. Pero con cada encuentro la verdad se hacía más evidente. Esas mariposas en mi estómago cada vez que le oía subir en el ascensor, aquella corriente eléctrica que me recorría cada vez que me besaba o esa sonrisa estúpida que se me ponía cuando me miraba a los ojos de esa forma tan cariñosa estaban evidenciando cada vez más que aquello ya no era solo sexo. Y en una de esas ocasiones, mientras nos mirábamos a los ojos en la cama, no pude más que rendirme a la evidencia y confesar: «Lo siento. Creo que me estoy enamorando de ti».
El silencio sepulcral que vino después de mi confesión casi acaba conmigo. Se me iba a salir el corazón. Lo había estropeado todo por ser una idiota y una bocazas. Entonces él dijo: «Creo que yo también».
A partir de ese momento se abrió ante nosotros un camino que ninguno tenía previsto. Se suponía que aquello no debía suceder y ahora no podía evitar preguntarme cómo íbamos a llevarlo. Confesarlo era fácil, pero saber cómo actuar ante esa confesión después, no.
Decidimos no ponernos etiquetas. No teníamos por qué cambiar nada, ya que hasta ahora habíamos actuado como nos apetecía a ambos, sin presiones. Así seguiríamos viéndonos, hablándonos y quedando cuando nos apeteciese. Nos pareció la forma más sencilla de llevar esta nueva situación. Y acertamos de pleno.
Los primeros meses fueron una mezcla entre lo que ya teníamos y la novedad de los sentimientos. Empezamos a proponer planes nuevos que incluían salir a cenar, al cine o a algún museo. Teníamos muchas cosas en común, así que no nos costaba encontrar qué hacer. Y las cosas fluyeron solas. El primer beso en una terraza al sol, el primer paseo cogidos de la mano, la primera vez que me trajo flores a casa. Y todo aquello encajaba perfectamente con la pasión que nos desbordaba en cuanto nos quedábamos a solas y con nuestras conversaciones existenciales eternas.

Contra todo pronóstico, aquello funcionó durante cinco años. Me encantaría decir que seguimos juntos, pero hace dos que nuestros caminos se separaron por cuestiones laborales. Separarnos fue el momento más doloroso de mi vida hasta ahora. Pero era demasiada distancia y a veces no vale solo con quererse mucho. A pesar de todo, no me arrepiento de nada. Aprendí mucho de aquella relación, de cómo cambió todo mi mundo y me abrió la mente a la idea de experimentar el amor y no solo el placer.
Y al fin y al cabo, quizás algún día nos volvamos a encontrar. Al menos, eso me gusta pensar.
Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.