Enamorarme de él nunca estuvo entre mis planes. De hecho, era lo ultimo que debía ocurrir. Éramos amigos desde el instituto, diez años de historia entre ambos habían pasado ya. Nuestra amistad era mi lugar más seguro: con él podía hablar sin filtros y ser yo misma sin miedo, era la primera persona a la que llamaba cuando algo iba mal y también cuando tenía que dar una buena noticia. Esta relación tan íntima hizo que en nuestros respectivos entornos pensasen muchas veces que eramos más que amigos, y nosotros nos reíamos siempre de lo ridícula que sonaba esa idea. Hasta que un día dejé de poder reírme de ello porque me había enamorado de él.
Reconocerlo no fue fácil, tardé meses en darme cuenta de que algo estaba cambiando dentro de mí y otros pocos más en poder reconocérmelo a mi misma. Al principio intenté convencerme de que era el mismo cariño de siempre, el aprecio por nuestro gran vínculo, por nuestra conexión. No quise darme cuenta de que, al verle, mi estómago se encogía de inquietud, de que mi sonrisa era instantánea cuando sus ojos buscaban los míos entre la gente para hablar sin decir nada, porque nos entendíamos con una sola mirada, o de que ahora le echaba de menos de una forma distinta siempre que me separaba de él, como con urgencia, con pesar.

Pero llegó un momento en que la evidencia acabó imponiéndose y tuve que ser honesta conmigo misma: le quería, más allá de la amistad. Y poco después de ser consciente de mi situación, cuando aún no había decidido si sincerarme o guardar mis sentimientos bajo llave, él empezó a salir con alguien. La mezcla de sentimientos que eso provocó en mi fue tremenda. Yo conocía a la chica: guapa, simpática y divertida, y sabía que le gustaba. Pero ahora que por fin reconocía mis sentimientos me arrepentía de haberle animado a intentarlo con ella un par de semanas atrás. Ahora sí que tenía que esconder lo que sentía. Me convencí de que todo iría bien, de que podría ocultarlo y seguir como siempre. Pero no contaba con que las chicas tenemos un sexto sentido que nos hace percibir ciertas cosas que los ojos no pueden ver.
Habíamos quedado los tres para tomar algo una tarde cualquiera. Pensaba que cuanto más me expusiese a verles juntos, más rápido conseguiría que dejase de dolerme. Además, ella me caía muy bien, y lo lógico, dada mi relación con él, es que nos hiciéramos amigas también entre nosotras.
Fue cuando mi amigo se levantó para ir al baño cuando vi que la expresión de ella cambiaba. Su preciosa sonrisa se apagó y dijo en voz alta y clara: «Se lo que sientes por él». Fue como si me echasen una jarra de agua helada por encima. Me quedé tan en shock que perdí esos valiosos segundos en los que aún podría haberlo negado con convicción. Pero mi cara de pánico gritaba que ella llevaba razón.

Me dijo que lo había notado casi desde el principio, que incluso le había preguntado a mi amigo por ello antes de salir en serio con él, ya que no quería meterse en medio de nada, pero que, aunque él no se hubiese dado cuenta, era evidente que me cambiaba la cara, el carácter y la sonrisa cuando él estaba cerca. Y que quería saber qué pensaba hacer al respecto, porque estaba empezando a sentir algo importante por él y no quería sufrir. Fui completamente sincera: no tenía ni idea. Le aseguré que no quería hacerle daño ni a ella ni a nadie, aunque aquella situación era un claro inconveniente. Me dijo, para mí sorpresa, que pensaba que debía ser sincera con él y dejar de fingir. Dijo que si él me elegía a mí sabría que no era la persona correcta para ella, pero le respondí que no podía hacerlo, que tenía miedo de tirar nuestra amistad a la basura. Y la conversación se quedó ahí al volver él del baño.
A partir de entonces cada encuentro con ellos se convirtió en algo tenso e incómodo para mí. Veía cómo ella me miraba, con una mezcla de compasión, comprensión y desconfianza, sabiendo el peso del secreto que yo guardaba. Juro que intenté guardar silencio y dejar que todo fluyese con normalidad, pero al final todo acabó reventando. No podía seguir así, porque aquello estaba acabando conmigo. Tenía miedo de que sincerarme sobre mis sentimientos románticos enturbiase nuestra amistad, pero es que ya lo estaba haciendo, porque yo ya no podía comportarme con normalidad. Él ya me había preguntado varias veces qué me ocurría porque me veía rara, y yo le mentía a la cara. Así que una tarde le pedí que quedásemos a solas y se lo confesé todo.
A partir de entonces todo cambió. Estaba enamorado de su novia, como yo bien sabía. Le expliqué que no pretendía que sintiese nada por mi más allá de nuestra amistad, que el hecho de decírselo era un desahogo egoísta por mi parte, pero que tenía que saberlo para que entendiese el por qué de la distancia que iba a tomar a partir de entonces durante un tiempo. No sabía cuánto sería, pero tenía que alejarme de él por muy doloroso que fuese. Él lo aceptó y mentiría si dijese que ninguno de los dos lloró al despedirse.

Me encantaría que esta historia tuviese un final feliz. Pero todavía no sé cómo acabará lo nuestro. Han pasado cinco meses y creo que aún me duele. Nos hemos encontrado por la calle en varias ocasiones y, aunque deseaba no sentir nada, me temo que sigo enamorada de él. Su ausencia me duele cada día, lo echo de menos en cada paso que doy, pero en el fondo y a pesar de todo, creo que hice lo correcto. Y una parte de mi aún conserva la esperanza en que nuestra amistad superará este lapsus, este bache convertido en paréntesis en nuestra historia, y que el día de mañana nos reiremos de nuevo juntos a carcajadas. Pero por ahora… Toca esperar.