Abrir la relación fue una decisión que tomamos de mutuo acuerdo. Durante seis años habíamos sido una pareja estable, con rutinas tranquilas, confianza y mucho cariño. Pero había algo que hacía tiempo que no terminaba de ir bien, concretamente la pasión. Parecíamos más dos buenos amigos que una pareja. Apenas teníamos relaciones desde hacía un par de años y ambos estábamos de acuerdo en que eso no podía seguía así, había que darle una vuelta de tuerca al asunto. Nos sentamos una noche en la cocina y, tras algunos vasos de vino y una larga conversación al respecto y lo dijimos en voz alta: queríamos probar una relación abierta. Creo que cuando lo acordamos, ambos estábamos convencidos de que eso salvaría lo nuestro. Ninguno de los dos quería dejarlo, nos queríamos, pero era como si el deseo necesitara nuevos aires para no marchitarse.
Pusimos reglas y nos juramos el uno al otro que las respetaríamos y seríamos honestos. Reconozco que sentía bastante vértigo ante aquel nuevo panorama que se extendía ante mi, pero también nervios y mucha curiosidad.
Al principio, todo fue muy emocionante. Parecía un juego. Citas ligeras y tonteos excitantes que a veces daban lugar a pieles nuevas en las que descubrir el deseo de una forma diferente. Y luego volvía a casa y lo hablaba todo con mi pareja. Nos lo contábamos con todo lujo de detalles y eso nos excitaba muchísimo. Parecía que aquello de abrir nuestra relación estaba funcionando justo como queríamos. Hasta que apareció él.

Le conocí en una cena de navidad de empresa. No habíamos coincidido en proyectos nunca porque trabajábamos en sectores diferentes dentro de la empresa. Desde la primera conversación noté que me atraía muchísimo. Por su forma de tratarme y buscarme durante la celebración, supe que tenía interés en mí. Mi marido había aprovechado que yo tenía planes para ir «de caza» por su cuenta, así que no tenía prisa esa noche. Al terminar la fiesta le dije que si tenía ganas de tomar la última en un pub cerca de allí y aceptó encantado. Después fuimos a su casa y pasó lo que ambos deseábamos desde que nuestras miradas se cruzaron. Más tarde, volví a casa como siempre, pero aquella vez no me apetecía contárselo a mi pareja. No entendía el por qué en aquel momento, pero una parte de mí decidió guardarse aquel encuentro sí misma.
Empezamos a vernos en el trabajo. Resultó que nuestros sectores compartían planta aunque no compartiesen proyectos entre sí. Nos cruzábamos en los pasillos, en la cocina, en la sala de descanso, en la entrada, en el aparcamiento. No podía creerme la de veces que nos habíamos llegado a cruzar sin reparar el uno en el otro. Pero ahora sí que nos veíamos, y su mirada se clavaba en mí con deseo y complicidad, sabiendo que me había hecho gritar de placer apenas unas noches atrás. Y ese tonteo empezó a calar. Recibí su primer mensaje en el mail de la empresa, solicitando mi teléfono móvil para «hablar de un asunto laboral». «Qué cara más dura», pensé sonriendo. Nada más enviárselo, recibí el primer WhatsApp. Tras ese, muchos más. Y aunque al llegar a casa metía el móvil en un cajón junto al de mi marido hasta el día siguiente, pues era una de nuestras normas para abrir la relación, yo me pasaba el tiempo pensando en si me habría escrito de nuevo. Trataba de recordarme a mí misma que todo era un juego y que el corazón y la mente debían quedar fuera, solo diversión. Pero cuando me quería dar cuenta, estaba pensando en él en lugar de concentrarme en la película que estaba viendo con mi pareja.

La siguiente «noche de caza», como llamábamos mi pareja y yo a nuestras salidas por separado, le escribí directamente si quería que me pasase por su casa. Me recibió con champán y jazz. Pasamos varias horas hablando antes de llegar al sexo. Y, aunque le tenía ganas desde que llegué, aquello hizo que lo desease más y más. Hasta entonces los encuentros que había tenido eran mucho más superficiales, más carnales, simplemente pasionales. Pero en esa ocasión, la profundidad que alcanzamos durante nuestra larga cita hizo que el sexo supiera distinto. No solo fue intenso físicamente, sino de otras formas, de todas las formas. Fue increíble. La conexión que llegué a experimentar con él durante ese encuentro fue inmensa. Y por eso, lo que comenzó como un encuentro más fuera de mi pareja, terminó convirtiéndose en algo que se me escaparía de las manos.
Me descubrí pensándolo a todas horas, fantaseando con sus manos sobre mí, escribiéndole mensajes incluso cuando estaba en casa y se suponía que no debía hacerlo, sintiendo esa urgencia adolescente de querer verlo, sentirle. Y al mismo tiempo, allí estaba, en casa, con mi pareja, con su sonrisa dulce y confiada, con su forma de abrazarme y besarme suavemente, sin saber que nuestro mundo se derrumbaba. El sentimiento de culpa me carcomía.

Habíamos abierto la relación para salvarla, no para que yo me acabase colgando de otro. Él había seguido las reglas y yo las había roto. Queríamos juegos, aventura y libertad, pero siempre cuidando lo nuestro. Estaba traicionando su confianza. No sabía si era culpable de algo o no, lo que sí había comprendido es que quisimos imponer reglas y límites que nuestros cuerpos y mentes podrían respetar, sin tener en cuenta que el corazón también podía intervenir y saltárselas.
Hablé con él esa misma semana. Le dije lo que estaba pasando. Lloré, lloró. Nos abrazamos en silencio en el sofá, como si quisiéramos ignorar por una última vez que la realidad iba a cambiar para siempre. Ambos sabíamos, muy en el fondo, que hacía mucho que lo nuestro, nuestro amor romántico, se había transformado en otra cosa. Y era doloroso, pero era la verdad. A la mañana siguiente nos despedimos con cariño y lágrimas, con tristeza pero sin culpa. Abrir la relación había acabado con lo nuestro, pero no fue un error, fue el paso necesario para darnos cuenta de que tocaba pasar página y avanzar por separado. Porque a veces, la vida nos está diciendo que toca soltar, aunque tardemos en darnos cuenta.
Escrito por Carol M. Basado en una historia real anónima.