Se supone que una boda debe ser un  momento de alegría, felicidad y armonía. Pero una de mis amigas me puso en una tesitura muy incómoda. Era una de esas amistades viejas de instituto, de esas de toda la vida, pero que ahora solo ves un par de veces al mes por falta de tiempo aunque siga siendo importante en tu vida.. Sin embargo, en nuestro caso, lo que nos había hecho distanciarnos un poco hace unos años fue la pareja de ella. Cuando le conoció no tardó en presentármelo. Al principio no me pareció un mal tipo. Pero, a medida que pasaba el tiempo, me fui dando cuenta de que no era precisamente lo que parecía. Me ahorraré los detalles escabrosos, pero resultó que estaba saliendo con un sociópata y un maltratador psicológico de manual, un tipo que la trataba fatal y que fue apagándola y cambiándola poco a poco. Intenté mil veces hablar con ella para que le dejase, para convencerla de que merecía algo mejor, pero al final solo servía para discutir entre nosotras.

amigas

Así fue como, poco a poco, él se convirtió en una especie de fantasma para mí. Cuando quedábamos él no venía nunca y yo dejé de preguntarle a mi amiga por su relación y por él, para evitar conflictos. Estaban juntos, pero para mí el no existía y viceversa. Por eso, cuando decidí casarme, no pensé que mi amiga fuese a ponerme en la tesitura en la que me puso: quería venir a la boda con él.

Tardé un momento en poder responder. El hombre que había apagado poco a poco la luz de mi amiga, el que la había convertido en una sombra de lo que era y al que despreciaba con todo mi ser. Y ella me preguntaba si podía venir a mi boda después de años de ignorar su existencia. Y lo mejor de todo es que, al parecer, le había dicho él que me lo preguntase.

En cuanto me recuperé de la sorpresa, no lo pensé ni un segundo. Le dije que no. No iba a permitir que él estuviera presente en un día que debía ser celebración y amor, simplemente para vigilar a mi amiga. Porque estaba convencida de que quería venir por eso. Y no, no quería verle la cara el día de mi boda, ni su sonrisa arrogante, ni escuchar ninguna de las estupideces que salían de su boca. Y mucho menos, presenciar cómo controlaba o trataba a mi amiga. En mi boda no.

Le expliqué las razones y ella intentó convencerme de que él ahora era muy distinto, que había cambiado por completo y que estaba mucho más relajado. Que la hacía sentir segura y cómoda y que estaba siendo una etapa muy feliz en su relación. Pero, por más que dijo, no di mi brazo a torcer. Se lo dije con calma, intentando que entendiese mi punto de vista y procurando ser lo menos brusca posible. Pero ella se enfadó, se levantó y se fue.

Cuando llegué a casa y lo hablé con mi novio, me dijo que estaba de acuerdo conmigo. En esos momentos estaba dudando de si había hecho lo correcto, pero su apoyo me hizo sentir más tranquila. Sin su presencia en la boda todo iría bien, ella se lo pasaría muchísimo mejor. Lo que no esperaba fue la llamada del día siguiente.

Me llamó al mediodía, y con tono de enfado y tristeza me dijo que, lamentándolo mucho, no iba a ir a mi boda. Al parecer había hablado con su pareja y habían llegado a la conclusión de que donde no lo quisieran a él, tampoco la querrían a ella. Sigo convencida de que él la obligó a no venir y que ella aceptó para evitar conflictos con él. Le pedí que se lo pensara, pero me dijo que no había nada más que hablar ni que pensar y colgó.

Llegados a ese punto y a pesar de que me dolió muchísimo su actitud, decidí dejarlo estar y no insistir. Me casaba en tres semanas y el estrés era tremendo ya de por sí. Pensé que al final cedería y vendría, pero no ocurrió.

Llegó el día de mi boda y su ausencia se hizo notar. Me escribió un mensaje en el que decía que me deseaba toda la felicidad del mundo y que ojalá la hubiera comprendido para poder acompañarme. Fue el único punto triste durante ese maravilloso día, y eso hizo que se me instalara un sentimiento de rencor hacia ella. Me sentó bastante mal su mensaje, ya que lo entendí como un reproche y no como un verdadero deseo de felicidad.

Después de la boda, el silencio fue total. Ni mensajes ni llamadas. Ni ella se interesó por mí ni yo tampoco la busqué. Había orgullo, sí, pero también cansancio y decepción. Pasó el tiempo, las semanas se convirtieron en meses y los meses en años. Nuestra relación se rompió por completo.

A veces pienso en si hice lo correcto. Igual debí dejar que viniese con él, quizás así seguiríamos siendo amigas. Quizás me equivoqué. No lo sé, pero ya no tiene arreglo. Nuestras vidas se separaron, aunque no hace mucho, una amiga común me contó que le había dejado finalmente, y que se había mudado a otra ciudad, que estaba bien y rehaciendo su vida. Y yo me alegré inmensamente por ella. Porque aunque nuestros caminos ahora vayan por vías separadas, nada podrá borrar el cariño con que recuerdo nuestros años juntas.

 

 

 

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.