Mi vida sexual alcanzó su punto más álgido después de cumplir la treintena. Me gusta el sexo, como a la mayoría de la gente, claro, aunque hasta entonces había acumulado varias experiencias negativas al respecto: un par de malos amantes, algún que otro fantasma que promete ser un dios del sexo y no es más que un manta y el peor espécimen de todos, un novio egoísta en la cama que me dejaba a medias en cuanto él llegaba al orgasmo. Hacía unos meses que me había quedado soltera de nuevo, tras una relación bastante frustrante (con el espécimen egoísta) y, desde entonces, mi vida había cambiado radicalmente. A veces pensaba que el hecho de haberme quedado soltera a los treinta me había «desbloqueado» de algún modo. Había pasado los últimos diez años buscando el amor, me consideraba una persona de relaciones largas, o por lo menos de intentarlo. Pero había muchas cosas que aún no había experimentado, así que decidí bajarme una app de citas y entregarme a buscar solamente el disfrute, celebrando cada orgasmo sin pensar en el amor. Y oye, me estaba yendo bastante bien hasta que apareció él, de nuevo. Poniéndonos en antecedentes, «ÉL» era mi novio en la universidad. En resumidas cuentas, tres años de relación y una ruptura dolorosa cuando intentamos continuar con la relación a distancia al acabar la carrera y separar nuestros caminos, pues yo me quedé en Madrid y él se fue a estudiar un máster en Londres.

Estaba en un bar con dos amigas cuando le vi. Tuve que mirar dos veces porque no me lo creía, era él. Cruzamos las miradas y me sonrió antes de acercarse a saludarme. Había encontrado trabajo aquí y se había mudado un par de meses atrás. No habíamos sabido nada el uno del otro desde la ruptura, pero de aquello hacía ya muchos años, así que acepté cuando me propuso quedar para ponernos al día.

Quedamos para tomar un café en la cafetería que solíamos frecuentar de jóvenes. Y así, sin darnos cuenta, parecía que volvíamos a ser dos universitarios, como si el tiempo no hubiera pasado. Él seguía igual de guapo, pero le habían salido algunas canas en su barba que le hacían aún más atractivo, una barba perfectamente cuidada que rodeaba sus carnosos labios, lo que más me gustaba de él cuando estábamos juntos. Por eso, cuando él se acercó buscando mi boca al despedirnos en mi portal, me tiré de cabeza a la piscina. Subimos a mi casa y lo hicimos salvajemente en el sofá, no llegamos ni a la cama. Y fue increíble. Sabía que era buen amante, pero los años de experiencia nos habían convertido en algo mucho mejor de lo que recordaba. Nos quedamos con ganas de más y repetimos la misma noche. A la mañana siguiente se despidió de mi con un caliente y lento beso en los labios y se fue a su casa. Me tiré en la cama con una sonrisa de oreja a oreja: aquello había sido fantástico, algo memorable. Y le di las gracias al destino por haberme devuelto ese trocito de mi pasado para disfrutarlo un rato.

Pero entonces empezamos a intercambiar mensajes. A hablar casi cada día. A mantener conversaciones larguísimas de madrugada que se iban calentando. Me buscaba y yo no sabía si dejarme encontrar. El problema era que yo ya no era la misma de antes. Mi cama estaba llena de experiencias nuevas y excitantes, eso era lo que buscaba, pero había algo en él que me seguía tentando: esa mezcla de familiaridad y peligro, de algo nuevo pero a la vez conocido. No sabía conciliar a mi nueva yo con la sensación de estar perdiéndome en sentimientos del pasado, de mi antigua yo. No sabía si aquella era pasión o nostalgia.

Las conversaciones acabaron en más encuentros. Muchos más. Y sin comerlo ni beberlo me enredé en él hasta que un día me vi a mí misma esperando a que me contestase por WhatsApp sonriendo de oreja a oreja, embobada. Y me entró el pánico. Decidí que aquello tenía que frenar. Dejé de contestar algunos mensajes, empecé a espaciar mis respuestas, a decirle que no a algunas de sus propuestas para vernos. Retomé mi perfil de Tinder, que había descuidado desde hacía mes y pico, desde que reapareció él. Quedé con un par de chicos objetivamente guapos pero, después de la cerveza, me fui a casa sola en las dos ocasiones. No me apetecía acostarme con nadie, al menos con nadie que no fuese él. Y él, seguía escribiéndome, siendo amable, divertido, cariñoso y tentador. Y a mí cada vez me costaba más mantenerme firme en mi decisión de aflojar el contacto. Estaba hecha un lío.

Entonces, una noche, recibí el siguiente mensaje: «Oye, tengo que ser sincero contigo, echo de menos lo que teníamos y me estoy empezando a volver a pillar de ti. Me doy cuenta de que tú no tienes el mismo interés que yo. No pasa nada, es comprensible y no me arrepiento de lo que ha pasado entre nosotros, pero creo que lo mejor sería que dejásemos de vernos antes de hacerme daño. Sabes que siempre fui un poco Kamikaze, pero con los años me he vuelto más precavido». El mensaje tuvo el efecto de un tsunami en mi estómago. Ahí estaba, la gran decisión que trataba de evitar había venido a ponerme entre la espada y la pared. Me debatía entre dos versiones de mí. La mujer que había crecido, madurado, que era libre y experimentaba sexualmente con unos y con otros, la que ya no buscaba el amor en cada relación; y la mujer que todavía recordaba cómo era perderse en su piel, cómo era dejar que sus manos recorrieran cada rincón de mi cuerpo como si fueran su territorio, la que, en el fondo, también seguía allí por mucho que no quisiera verla.

Y al final decidí arriesgar. Fui sincera con él, le expliqué cual era mi dilema y le dije que si no estaba cómodo con la situación, podía marcharse sin problema, no habría rencores. Pero que si decidía quedarse, mantener el contacto y seguir viéndonos, debía darme tiempo y espacio, aceptar que todo iría con calma y muy despacio, porque el vértigo que sentía ante el hecho de dejarle entrar por derecho en mi vida de nuevo era tremendo. Y él aceptó.

No me arrepentí jamás de haberlo hecho. Con el tiempo, mis dos yos fueron integrándose y dieron lugar a quien soy ahora. Me siento más segura de mi misma que nunca y puedo afirmar que dejarle volver a mi vida fue la mejor decisión del mundo. ¿Que cómo lo sé? Porque está ahora mismo a mi lado en el sofá jugando con el mejor regalo que nadie pudo hacerme: mi hija. Nuestra hija.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.