Mi hermano siempre ha sido muy de niños. Aunque es el mayor de todos los jóvenes de la familia, era el que siempre se agachaba a jugar con los primos pequeños mientras los demás hablábamos de nuestras cosas. En las reuniones familiares era el imán de los críos, el que acababa tirado por los suelos, rodeado de juguetes, risas e inventando los juegos más guays. Todos le adoraban, y con razón.
Él siempre tuvo claro que quería una familia grande, numerosa, en la medida de lo posible. Y cuando conoció a la mujer que hoy es su esposa, que quería lo mismo que él, todo fue rodado y rápido. Un año y medio después de conocerse ya estaban pasando por el altar. Todos nos alegrábamos por ellos, porque verdaderamente eran tal para cual.

El primer hijo llegó nada más casarse. El primer nieto para mis padres, mi primer sobrino. Imaginaos, se nos caía la baba. En nada llegó el segundo, esperando el tiempo justo para que fuera seguro el embarazo. Luego otro. Y otro más. Sin apenas respirar entre uno y otro, cuatro niños. Sabíamos que querían muchos hijos pero creo que ninguno imaginó que serían tan seguidos, eso sí fue una sorpresa. Y ojo, los queremos con locura a todos, pero vinieron acompañados de un inconveniente: como ambos trabajan, y no precisamente con horarios fáciles, desde el principio empezaron a apoyarse en los abuelos para la crianza, fundamentalmente en mis padres, ya que los de mi cuñada son bastante mayores y la salud ya no les acompaña. Mis padres, en cambio, acababan de jubilarse, aún se encontraban bien y, como casi todos los abuelos, se prestaron a ayudar con los nietos al 100%. Al principio solo eran unas horas. Luego días enteros. Si no era un niño era otro y si no eran todos. Cada día.
Yo pensaba, y de hecho sigo pensando así, que lo lógico habría sido frenar un poco con tanto embarazo, con esos horarios laborales tan complejos. Pero no. Fueron a por el quinto. Desde el tercer embarazo el mismo plan: la baja de maternidad y en cuanto se acababa, ellos al trabajo y los niños a casa de los abuelos. Y durante la baja, también, porque decían estar sobrepasados con el recién nacido al principio.
Al final los tres pequeños, que se llevan apenas un año entre ellos, pasaban los días con mis padres. Solo los dos más mayores tenían ya edad para el parvulario. Los otros vivían prácticamente allí todo el día, hasta que mi hermano los recogía para dormir en casa.

Todo este plan siempre me repateó, debo admitir. Mis padres debían estar viajando, descansando y levantándose sin poner despertador, disfrutando de la jubilación bien ganada. No criando otra generación de niños cuando ya han hecho su parte. Sé que adoran a sus nietos, pero eso no borraba el cansancio que veía en sus caras.
Un día, uno de los peques se cayó por las escaleras del patio y se hizo una brecha. Nada grave, por suerte. Pero fue el punto de inflexión. Esa tarde, mis padres se desahogaron conmigo. Me hablaron del miedo constante que tenían porque ya no se sentían tan ágiles, de la responsabilidad que tenían, de lo sobrepasados que estaban y lo culpables que se sentían por el accidente. De lo mucho que querían a esos niños y, al mismo tiempo, de cómo no podían más.
Ahí entendí que callar no era más una opción. Ellos se sentían muy comprometidos y no querían decir nada por no parecer malos abuelos, pero yo sí que podía abordar el tema. Llamé a mi hermano. Le dije que tenían que buscar guardería, que aquello no podía seguir así. Que estaba abusando de la buena voluntad de nuestros padres. Siempre fue muy razonable, y aunque supe que le sentó mal mi llamada, me escuchó. Luego llamó a mi madre para corroborarlo y por primera vez, ella tuvo el valor de decir que sí, que estaba de acuerdo conmigo. Que seguirían ayudando, apoyando, estando presentes. Pero no las veinticuatro horas del día. No como hasta ahora.

Se molestaron, sobre todo mi cuñada. Hubo silencios incómodos y algún reproche, pero no les quedó otra que aceptarlo. Además, económicamente ambos lo cobran bien, no es que la guardería fuese imposible para ellos, precisamente. Era simplemente que estaban más cómodos ahorrándose el dinero y dejándolos con los abuelos.
Con el tiempo, las aguas se fueron calmando y todo volvió a la normalidad entre todos nosotros. Porque como decía mi abuela, «a veces más vale una colorá que cien amarillas», y aquel punto de inflexión debía llegar cuanto antes y sin medias tintas. Los niños empezaron a ir a la guardería. Mis padres recuperaron sus mañanas tranquilas, sus paseos sin prisas y su casa en calma. Y también las risas de los niños, porque seguían cuidando de sus nietos, pero ahora pudiéndolo disfrutar. Y mi hermano y mi cuñada, han decidido que para el sexto crío… Mejor esperar un poco más.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.