Hay cosas que uno no se imagina hasta que le pasan. Por ejemplo: tener que custodiar el carrito de mi bebé para que tu suegra no se lo lleve a “dar una vueltecita” y a enseñarle el bebé a las vecinas, sin avisar. O encontrarte con tu suegra en tu cocina un martes a las 10 de la noche, haciendo la cena a su hijo, porque a mí no… Y encima sin intenciones de marcharse a su casa.

Empecemos por el principio. No aguanto a mi suegra. Digamos que nunca nos hemos llevado del todo bien. Antes la toleraba, porque es la madre de mi marido, pero fue quedarme embarazada y me empezó a molestar todo lo que hacía. Me tocaba la barriga sin permiso, opinaba sobre los posibles nombres de mi hijo (todos lo que a mí me gustaban a ella le parecían feos), y lo que más miedo me daba, empezó a hablar del bebé como si ella formara parte también de esto.

Ok. Es la abuela. Pero ella decía “mi bebé”, pretendía estar en el parto y además venirse a vivir a mi casa las primeras semanas de vida de mi retoño porque, según ella, nosotros no íbamos a saber cuidar de “su” bebé. Que no vive con nosotros, pero tiene las llaves de casa y entra y sale cuando le da la gana.

Desde que nació mi hijo, ella ha decidido que su papel de abuela es igual o más importante que el mío de madre. No hay límites, ni avisos. Solo una presencia constante y una certeza absoluta de que lo que ella hace, lo hace desde el amor y el cariño que nos tiene. Mucho amor, pero respeto ninguno.

Lo peor de todo es que mi marido no dice ni mu. Hasta parece que le guste que su madre esté por nuestra casa constantemente.

 

Y claro, ¿quién puede decirle algo a una señora que “solo quiere ayudar”? Pues yo, aparentemente, no. Porque cada vez que lo intento, me siento como si estuviera denunciando a una monja por ayudar a unos pobres niños huerfanitos. Me miran raro. Me acusan de exagerar. Y él…, el supuesto adulto funcional con el que comparto cama, vida y criatura, se encoge de hombros y dice “es que mi madre es así”.

Y entonces ahí me ves, con las hormonas revolucionadas, las tetas como dos rocas de leche a punto de explotar, ojeras hasta las rodillas y un nudo en la garganta, sintiéndome la loca de la película por querer algo tan básico como paz. Por querer estar a solas con mi hijo. Por pedir que no venga una señora a despertarlo cuando por fin se duerme. Por querer decidir yo cuándo se baña, cómo se alimenta y con quién pasa el tiempo.

Pero lo que más me revienta, más que sus invasiones y sus consejos rancios de los años 70, es tener que ser yo la mala. Porque si yo pongo límites, soy borde. Si hablo claro, soy agresiva. Si lloro, soy una exagerada. Y mientras tanto, él sigue ahí, observando la escena como si fuera un capítulo más de una serie. Y yo esperando que se levante, que diga algo, que ponga la cara por su nueva familia. Pues ya os digo yo que no lo hace y tiene pinta de que tampoco tiene pensado defenderme.

Le he pedido mil veces que hable con ella. Que le diga que necesitamos espacio. Que su rol es de abuela, no de madre. Que no puede venir sin avisar. Que no puede decidir por nosotros. Pero a todo le pone una sonrisa y una frase tipo “es que está ilusionada con su nieto, dale tiempo”.

Dale tiempo, dice. ¿Tiempo a qué? ¿A que me dé un ataque de ansiedad? ¿A que explote en una reunión familiar y acabe gritándole que deje de tocar a mi hijo como si fuera suyo?

Pues no. Ya no voy a callarme. Estoy cansada. Estoy harta de hacer malabares para que no se ofenda, de contenerme para no quedar mal, de explicarle a una señora de 60 años lo que es el consentimiento y el respeto. Y, sobre todo, estoy cansada de tener que hacer este trabajo sola, cuando debería estar acompañada por el padre de mi hijo.

El postparto es muy duro y si encima te lo ponen así de difícil… No soy la niñera. No soy la mala de la película. Soy su madre. Y no tengo que pedir perdón por marcar un límite.

Así que, si estás en la misma situación que yo, si tu suegra entra, toca, opina, invade y tu pareja silba mirando al techo… quiero decirte esto: no estás loca. No eres mala. No eres exagerada. Eres madre. Y no tienes que pedir permiso para proteger tu espacio, tu bebé y tu paz mental.