Lee aquí la parte 1.

 

Como ya habéis leído, el segundo de mis partos fue un parto exprés, así que en cuanto el test dio positivo del tercer embarazo tuve clarísimo dos cosas.
Primero: volvía a parir en casa, porque a mí me pones en un hospital a parir un bebé y antes lo vomito que no lo expulso por la vagina. Que con el primero lo pasé tan fatal que yo es entrar en un hospital y se me cierran todos los agujeros del cuerpo.
Y segundo: quería a mis comadronas en casa desde el minuto cero, que yo sola no volvía a parir.

El tercer embarazo siguió el ritmo de los otros dos: muchos vómitos, anemia y un niño de cinco años y una niña de dos a cargo. Además, preparando oposiciones (¡sí, las aprobé!).

En este caso escogimos otro equipo por una cuestión de proximidad interurbana. Pensamos que llegarían antes. Obviamente, el título contiene spoiler. Es como el caballo blanco de Santiago…

El embarazo evolucionó bien, igual que el anterior. Seguimiento a través de la sanidad pública, intercalando con visitas con nuestro equipo de comadronas y broncas de mi padre porque “cómo hacía eso después de lo que él había sufrido en el segundo parto, ¡que si quería matarlo de un disgusto!”. Todo en orden, vaya.

Algún que otro llanto porque mi bebé no tenía nombre y sería un pobre desgraciado sin nombre, cuando aún no sabíamos si esperábamos un niño o una niña (no se llevaban las fiestas Gender Rebel estas que ahora están tan de moda). Un marido intentando evitar que yo llorase por las esquinas cada dos por tres porque se me había roto el bocadillo, porque los vecinos cantaban o porque suspendería las opos.

Llegamos a la semana 39 con mi bebita, con las opos aprobadas, con un nombre perfecto para ella y con la máxima seguridad de que esta vez NO VOLVÍA A PARIR SOLA.

Preparamos varias estrategias para abordar distintas situaciones, sobre todo teniendo en cuenta que ahora había dos niños más en casa.
Estrategia A: ir al hospital por cualquier razón si el parto no seguía el ritmo normal.
Estrategia B: si el parto era de día, quién se quedaba con los niños en caso de que no quisieran estar en el nacimiento de su hermana.
Estrategia C: quién venía a cuidar de los niños si el parto se daba de noche y no queríamos despertarlos y que se los llevaran, porque para nosotros era más movida eso que dejarlos en casa con alguien encargado de “cuidarlos” si tenían alguna necesidad y nosotros no podíamos atenderlos.

Y una mañana empiezan las contracciones. Activamos el plan B: los abuelos recogen a los niños y se los llevan.

Llamamos a las comadronas y nos dicen que, viendo los antecedentes, mi “negación” a parir sola y mis partos exprés, se vienen volando. Llegan a casa, me revisan y me dicen que, bueno, que al ser un tercer parto tengo el cuello borrado, pero nada más. Me recomiendan descanso y yo decido aislarme en el dormitorio porque sé que sola estoy mejor.

El padre se queda abajo con ellas y yo me encierro. Pasan las horas y las contracciones se espacian, hasta que ya entrada la tarde me revisan otra vez: he dilatado nada y menos y la bebé está estupenda. Así que nos recomiendan salir a dar un paseíto y cenar fuera, aprovechando que los niños están con los abuelos y se van a quedar a dormir allí.

Y eso hacemos. Salimos a pasear, nos encontramos con unos manifestantes, cenamos y, obviamente, las contracciones desaparecen. Mi gozo en un pozo, porque parezco un zepelín andante a mediados de julio, con cara de pan. Tenía un barrigón tan enorme que las señoras me paraban por la calle y me preguntaban cuántos llevaba ahí dentro.
—UNO, SEÑORA, UNO. ¡QUE YO SEPA!

Me siento una funcionaria muy pesada incapaz de atarse los cordones. Una cucaracha panza arriba. Una ballena barda.

Pasa una semana y yo sigo igual. La gente empieza a preguntarme si aún no he parido.
—Pues mire usted, ¿qué cree? ¿No ve que no?
Vaya preguntas…

Empiezo a estar de mala leche porque me cuesta dormir y no puedo agacharme. El Primogénito decide mudarse a su habitación porque opina que en esa enorme cama mamá-ballena ocupa demasiado espacio y hace mucho calor.

Y con esa alegría llego a la semana 40, día en el que tengo cita para control de monitores, dejando a mis hijos con su tía. Voy conduciendo con mi minicoche (de verdad que era muy mini y mi panza muy grande, y tenía que ir tirada muy atrás para no chocar con el volante) hasta el hospital. Ya en el coche empiezo a notar contracciones, que notifico al entrar.

Me ponen las correas y sí, hay contracciones, pero la bebé responde bien. Me dicen que al ser un tercer parto esté tranquila, que esto puede ir lento. Y me lo tomo muy al pie de la letra porque, total, la semana anterior las pobres comadronas estuvieron todo el día en casa pa ná.

Decido que es muy buena idea ir con los niños al mercado. Los monto en el minicoche y nos vamos los tres a comprar. Empiezo a notar que la cosa se pone intensita y que entre kilo de peras y cuatro plátanos tengo que pedirle a la señora de la frutería que me deje dos minutos para respirar porque tengo una contracción. Ella se pone un poco pálida por si me pongo a parir allí mismo, pero yo, muy diva, controlándolo todo: contracciones, una niña asalvajada descalza corriendo por todas partes y un niño de cinco años que no se calla ni debajo del agua.

Volvemos a casa. Entre contracciones preparo la comida, les achucho para que coman, llega el padre del trabajo y le digo que estoy teniendo contracciones, pero que tranquilos, que no es nada. Él decide llevarse a los niños a la piscina para que yo pueda descansar. Me parece tan buena idea que me tumbo en el sofá a echarme una siesta sudorosa, encajada entre cojines para no volcar como un camión al que le falta una rueda, con el ventilador en el jeto para no sudar como una puerca.

Mientras duermo noto un golpe seco en la pelvis. ¡Dentro de la pelvis! Abro medio ojo, pienso que lo he soñado y vuelvo a dormirme. Las contracciones me despiertan de vez en cuando, pero son aguantables. Ahora, en retrospectiva, pienso: nena, ¿cómo no te diste cuenta? Pues no, chicas, no me di cuenta. Tenía sueño, calor, estaba agotada… molestaba, pero no dolía.

Vuelven los piscineros y al padre se le ocurre llevarlos al parque. No sé si quería que durmieran del tirón o qué, pero decidió que ese día acabarían agotados.

Cuando cae la noche y los niños ya están dormidos, nos ponemos una peli y me siento en la pelota comiéndome un heladito. Los hombres que susurraban a las cabras. Solo recuerdo que sale George Clooney; del resto, nada. En uno de los mil pipís que llevo haciendo desde hace semanas… ¡Oh, Dios mío! Estoy echando tapón mucoso. ¡Por fin!

Aviso a las comadronas y les digo que quizá mañana empiece la fiesta. Me dicen que estarán atentas.

Nos vamos a dormir y aprovecho para decirle al padre que no se preocupe, que en cuanto me tumbe esto se para. Aguanto cuatro contracciones tumbada. Cuatro. A la quinta me pongo a cuatro patas. Me levanto y voy al baño, empiezo a llorar (sí, ese embarazo fue muy de llorar) y digo que no puedo, que me duele.

El padre me recomienda ir al piso de abajo porque estoy empezando a hacer ruido y no quiere despertar a los niños. Con lo que había invertido en agotarlos, lo entiendo. Bajamos. Cada contracción es más fuerte y más seguida. El dolor sube como una ola enorme y necesito que él me sujete desde los codos para poder bajar el culo al suelo y despatarrarme en cada ola.

Aquí la cosa va en serio. Activa la Estrategia C y llama a la tía de los niños, que no sé cómo lo hace, pero aparece a los tres segundos. Me da un beso que ni noto porque vuelvo a ir fumada con dos o tres porros imaginarios. También ha avisado a las comadronas, que vienen de camino. Yo sigo gimoteando que no quiero, no quiero y no quiero parir sola otra vez.

Y entonces oigo ese chasquido conocido y una cascada de agua cae entre mis piernas. Encendemos la luz, comprobamos que las aguas están limpias (lo están) y la perra se esconde detrás de la mesa. Él dice:
—Aguas limpias.
Coge el móvil y llama a las comadronas.

En los dos minutos que tarda en decir “ha roto aguas”, yo ya sé lo que va a pasar. Camino tres pasos, me pongo de rodillas en el suelo, un brazo apoyado en el sofá y la otra mano tocando el perineo, para decirlo finamente. Y ahí está: la coronilla de mi niña encajada en mi vagina. El famoso círculo de fuego duele que te cagas, pero sin contracción ella sigue ahí, con media cabecita fuera.

—Es la niña, está aquí —digo (no grito).

Veo al padre lanzar el teléfono. Literalmente.
—¡ESTÁ PARIENDO!
El móvil vuela por el comedor, la perra sigue escondida y él llega justo para poner las manos y recibir a la bebé, que sale disparada directa a sus brazos.

Madre mía, qué gustazo. Qué bien me encuentro. He cagado un melón y me he quedado gloria bendita. Recupero el control y le digo:
—Vale, me doy la vuelta y me la pasas.
—Cuidado, que resbala —me dice.

Levanto una pierna, paso el cordón y me quedo sentada en el suelo mientras me pasa a la niña, perfecta: rosadita, con pelito castaño y mirándome con los ojos medio abiertos, haciendo soniditos. Yo la miro enamoradísima mientras él sube las escaleras cagándose en todo y diciendo:
—Ha vuelto a pasar, ha vuelto a pasar…

Trae la toalla con la que recibimos a nuestra segunda hija y la envuelvo. Me dice que está saliendo mucha sangre. Miro al suelo. A ver, había sangre, pero no mucha. Que en los partos hay sangre, coño. Un charquito.
—Tranquilo, es normal.

Al minuto llegan las comadronas. Entran y lo primero que les digo es:
—Lo he vuelto a hacer…

Ellas se ríen. Una revisa a la niña, la otra prepara el sofá y me acomodan. Cortan el cordón cuando deja de latir y, en ese momento, mis hijos bajan las escaleras para conocer a su hermanita. Sus caras eran como si hubieran llegado los Reyes Magos.

—¡Mami, la bebé está aquí! —dice el Primogénito.
—No lleva zapatos —añade la niña asalvajada, como lo fue su parto.

Mi tercera hija ha cumplido ahora 15 años. Se ha convertido en una joven preciosa, con tendencia a contradecirme, de la que estoy enormemente orgullosa. A veces aún le hacemos la broma de decirle que nació tan rápido que se nos resbaló debajo del sofá y tuvimos que sacarla tirando del cordón umbilical, llena de pelusas.

 

Parvaty