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Amor & Polvos

Nuestro encuentro en la terminal o el polvo más loco de mi vida

 

Tengo treinta y seis años y en toda mi vida jamás me había pasado nada similar a lo que os voy a contar hoy. Sé que no me juzgaréis por lo que hice, ya que al fin y al cabo soy una mujer completamente libre de hacer con mi cuerpo lo que me venga en gana. Pero sí que me lo he pensando un par de veces antes de escribiros por miedo a que alguien me reproche el ser tan liberal.

El caso es que me casé jovencita. Terminé mis estudios y rápidamente pasé por el altar con el que había sido mi novio durante cinco años de universidad. Y claro, a veces las cosas salen bien y otras no tanto, así que después de casi una década de matrimonio y muchos (muchísimos) quebraderos de cabeza, optamos por ir cada uno por nuestro camino.

No os voy a mentir, me costó horrores acostumbrarme a llevar una vida sin la rutina de vernos y ‘hacer que nos queríamos’. El que ahora es mi ex no fue jamás malo conmigo, simplemente no buscábamos lo mismo de cara al futuro y qué queréis que os diga, solo tenemos una vida como para ser infeliz, ¿no?

Así que allí estaba yo, recién divorciada, con un trabajo que tampoco me llenaba en absoluto y un mundo entero casi por descubrir. Tuve suerte, mucha diría yo, porque a los pocos meses de mudarse mi ex pareja de casa, me ofrecieron un puesto en otra empresa y no fui capaz de rechazarlo.

Siempre he trabajado con perfiles comerciales, aunque o bien encerrada en una oficina o realizando visitas puntuales a clientes de la ciudad. Pero ahora llegaba algo mucho más grande, ya que mi nueva labor implicaba viajar semanalmente de un país a otro indiscriminadamente. Aquello era como una puerta abierta para mi recién estrenada soltería, nada me ataba a un único lugar del planeta tierra, era maravilloso.

Todos los lunes, tras pasar por el despacho de mi jefe, se me entregaban unos datos y objetivos a cumplir, y acto seguido, tras estudiar durante unas horas el planteamiento, tomaba un vuelo que me llevaba bien a París, o a Praga, a Berlín… o a cualquier ciudad donde se encontraran nuestros clientes.

Mucho trabajo por delante, por supuesto, pero también bastante tiempo libre para conocer lo imprescindible de cada lugar. Una verdadera pasada de puesto para todo aquel cuya vida no esté ligada a según qué obligaciones. Los viernes por la tarde regresaba de vuelta a casa para descansar y tomar aire para una nueva semana de aviones y tratos comerciales, y así fui acumulando experiencia y muchos kilómetros en mi cuerpo.

Y fue en uno de esos viajes donde realmente empieza mi historia. Era una mañana de martes, todavía no había amanecido y yo ya me encontraba a la espera del embarque del vuelo que me llevaría a Roma. En mi misma fila había muchas personas de negocios, familias, parejas que quizás irían de vacaciones… Yo lo único que quería era que nos dieran paso para así poder sentarme y cerrar los ojos al menos durante un par de horas.

 

En cuanto pude avancé y tomé asiento en aquel estrecho habitáculo. Siempre que tenía opción, mi empresa me permitía volar en bussiness, pero aquella compañía no ofrecía asientos preferentes por lo que tuve que conformarme con viajar en la parte delantera pero igualmente apretada. A los pocos minutos un hombre se acomodó junto a mí. Claramente aquel chico también se dirigía a Italia por trabajo. Me dio los buenos días sonriente y comenzó a ojear el plan de salvamento del aparato.

Su teléfono sonó y mientras una de las azafatas le solicitaba que apagase el móvil, él respondía con voz seria e intentando cortar cuanto antes al interlocutor. Tras colgar se dirigió a mi.

Hay que apagar los teléfonos, no vaya a ser que se estrelle un avión de toneladas de peso por culpa de un smartphone‘ me dijo sonriente mientras pulsaba el botón de apagado.

Vivo constantemente metida en aviones, mis probabilidades de morir en uno de ellos son ahora mismo muy altas‘ le respondí dejando a un lado los papeles que estaba ojeando en ese momento.

Menuda conversación pre-despegue, ¿no?

Disculpa, tengo un humor bastante negro‘ dije intentando no quedar como una psicópata.

Y de ahí en adelante, no dejamos de hablar. No de nosotros ni de nuestros trabajos, ni de por qué nos dirigíamos a Roma (que quizás era demasiado obvio). Sino de trivialidades y de la vida en general. Olvidé mi siesta atraída por la conversación con aquel hombre que rondaba mi edad. Era sarcástico e inteligente sin resultar pedante. Por su manera de hablar sobre aviación imaginé que su trabajo estaba ligado a la ingeniería. Llamó mi atención contándome que sufría de una ligera aerofobia, y yo reí una vez más disculpándome por mi comentario.

En una ocasión nuestras miradas se cruzaron en medio de tanta palabrería. Los ojos color avellana de aquel chico del que no sabía ni el nombre me dejaron medio petrificada. Fue cuestión de un segundo, el que tardé en fijar mis ojos en el lado opuesto.

¿Pero qué estaba pasando? Desde aquel momento la conversación dejó de fluir y mis manos empezaron a sudar. Creo que incluso me ruboricé, y a él le ocurrió exactamente lo mismo. Los dos empezamos a sonreír como idiotas mientras intentábamos continuar hablando con normalidad. Pero fue imposible, al cabo de unos minutos el avión tomó tierra y ambos nos despedimos con un ‘ha sido un placer‘ muy educado.

Tras dejar el túnel que lleva a la terminal fui directa al baño, manías que una tiene las de refrescarse después de un vuelo. Me miré en el espejo y vi que, efectivamente, mi piel estaba mucho más ruborizada de lo habitual. No era el calor, fueron los nervios por el final de aquel curioso encuentro con ‘el hombre del avión’. Me reí por dentro de mí misma, de repente parecía una adolescente. Volví a sostener el asa de mi pequeña maleta y salí del servicio.

Y justamente en la puerta frente a mí, mi nuevo amigo hacía lo propio saliendo del baño de hombres. Fue un visto y no visto, yo dije ‘hola‘ y él me miró sorprendido por mi presencia. No sé qué se me pasó entonces por la cabeza, no sé ni si fue él o fui yo, pero antes siquiera de pensarlo ambos nos estábamos besando allí mismo.

 

A esto, amigas, se le llama atracción con todas las letras. ¿Qué locura era aquella? En un instante estábamos dentro del baño de mujeres retozando contra una de las paredes. Cerramos el pestillo y yo puse mis piernas alrededor de la cintura de aquel desconocido. Me deje llevar, como nunca antes había hecho, sin pensar en nada más que en disfrutar de aquel momento y de lo mucho que me ponía su mirada penetrante.

Desabroché mi blusa y la dejé caer por mi espalda, él fue veloz a su pantalón y yo subí hasta mi cintura mi falda tubo. Bajó mis medias con sumo cuidado y volvió a subir a mi entrepierna para dejar caer mis braguitas y empezar a acariciarme muy despacio el clítoris. No quería hacer ruido, así en en varias ocasiones mordí mis labios procurando que mis gemidos no se escucharan demasiado.

Después su húmeda y suave lengua, sus dedos, de nuevo su lengua… Yo estaba en un éxtasis total de pie apoyada en aquella pared. Entonces volvió a subir a mi boca y me besó muy intensamente mientras me tomaba con sus manos por mis nalgas. Pude sentir su pene súper erecto contra mi cuerpo. Lo tome entre mis manos y lo acaricié, primero despacio y después más rápido.

Él entonces buscó un preservativo en su bolsa y yo se lo puse para después introducirme su polla en mi boca. Gimió, muy alto y sin cortarse, y yo lo miré llamándole la atención. Sonrió y seguimos con lo nuestro.

De espaldas a él, apoyé mis manos contra la pared y me penetró desde atrás sin dejar de besarme el cuello, susurrándome al oído lo mucho que le ponía lo que estaba sucediendo. Con una mano acariciaba mis pechos, y con la otra tocaba mi clítoris volviéndome completamente loca.

Después giré para situarme frente a él, me volvió a tomar en sus brazos y juntos nos corrimos mientras mis piernas le rodeaban. Totalmente descamisados, despeinados y envueltos en un sudor terrible. Nos miramos de nuevo a los ojos y reímos cómplices sin decir más palabras, todavía con su pene dentro de mi cuerpo.

Por suerte aún era temprano y pudimos salir de aquel baño sin ser vistos. Aquel hombre que me había follado de esa forma tan clandestina me miró de nuevo en la salida del aeropuerto y me dijo sin apartar sus ojos de los míos…

Ahora sí, ha sido un verdadero placer‘.

Yo tomé un taxi camino de mi hotel y no hubo nada más. Ni nombres, ni números de teléfono, ni siquiera un ‘ya nos veremos‘. No me lo planteé en ningún momento, algo en mi cuerpo me decía que lo que había pasado había sido divertido por sí mismo y que ahí debía quedarse nuestra historia.

Guardo aquel polvo en el aeropuerto como una de las experiencias sexuales más alocadas que he vivido hasta ahora. Y sonrío cada vez que recuerdo cómo fue mi llegada a Roma, lo mucho que disfruté del sexo con aquel hombre trajeado. En ocasiones todavía me meto en mi cama y me acaricio pensando en esos ojos avellana y en ese olor a perfume masculino que me emborrachó por completo.

¡Qué vivan los viajes de negocios!

Anónimo

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