El otro día me fui de cerveceo con mis amigas. La mayoría estamos ya casadas y con hijos, pero tengo una soltera, la eterna soltera. Ha tenido novios, pero no de mucho tiempo. Eso sí, rollos todos los del mundo y de lo más variopintos.

Pues charlando de todo un poco, mi amiga la soltera, llamémosla Esther, nos contó, con una mezcla de horror y diversión en su cara, cómo un chico al que estaba conociendo en Tinder le había enviado una foto de su herramienta sin previo aviso.

Nuestra reacción fue unánime: carcajadas y exclamaciones de «¡No puede ser!» o «¡Qué asco!».

No entendemos la manía que tienen algunos tíos de enviarte una foto de su miembro sin haberlo pedido. No se sabe si es que pretenden ligar así, que quieren enseñar la mercancía, como si la polla fuera lo que más nos interesa a las mujeres, o simplemente son unos exhibicionistas y les gusta mostrar su cola.

“No sabéis la de fotopollas que he recibido a lo largo de mi vida, podría hacer un álbum”. Dijo Esther. Entre risas del resto de mis amigas y mi cara de asombro, Esther me miró y soltó: “¿Y esa cara de extrañeza? ¿Es que a ti nunca te han mandado una fotopolla?”

Pues no, nunca me han mandado una fotopolla. En mis años de ligoteo, que son bastantes, nunca, jamás de los jamases, me han mandado una foto de su miembro. Y debo de ser rara, porque el resto de mis amigas reconoció haber recibido alguna vez una foto de un pene desconocido.

Después de aquella quedada, decidí sondear entre el resto de mis amigas a ver cuántas habían sido destinatarias de una fotopolla y sus respuestas me sorprendieron muchísimo.

Varias contaban la anécdota de estar hablando por WhatsApp con un tío al que habían conocido por una app, al que aún no le ponían cara porque no tenía muchas fotos en su perfil, y ¡Pumba! Te manda una instantánea de su picha tiesa.

Por lo visto lo más común es estar manteniendo una conversación subidita de tono con un rollete y que te mande fotitos de su falo. Digo que es lo más común porque más de la mitad de mis amigas lo han experimentado. Algunas hasta me reconocieron haber enviado una foto de sus tetas como respuesta.

Otra me contó que su marido alguna vez le mandaba fotos de su miembro, supongo que como forma de mantener la pasión encendida.

Y con esta confesión flipé mucho. Una amiga mía, en la actualidad felizmente casada, me admitió tener guardadas en una carpeta oculta de su ordenador, fotos del miembro de su ex y mirarlas de vez en cuando. ¡Madre mía! ¡Y yo que pensaba que conocía a mis amigas!

Después de escuchar sus historias, me puse a reflexionar: ¿Por qué a mí nunca me habían enviado una fotopolla? ¿Será que en mis tiempos mozos daba una imagen de respeto, de «a esta mejor no le envíes nada» o simplemente tuve una suerte sobrenatural para evitar estas situaciones? Pensé que, a lo mejor, hace años, no estaba de moda lo de la fotopolla, pero amigas mías, solteras en la misma época que yo, afirmaron haber recibido también este tipo de fotitos.

¿Realmente seré un espécimen raro? ¿O habrá más como yo que nunca han experimentado la sorpresa de encontrarte en tu móvil una picha ajena?