Nunca me imaginé siendo la otra. Siempre pensé que no soportaría ser la amante en la sombra, vivir a escondidas y con mentiras. Pues me temo que me equivocaba. Cuando le conocí, no me lo dijo de inmediato, pero sí que vi su anillo de casado. Así que ni siquiera puedo excusarme en que me enganché antes de saberlo. Lo supe, lo valoré y aún así, tiré hacia delante. No sentía que tuviera culpa de nada, al fin y al cabo el que tenía pareja, y desde hacía ocho años, era él. Llevaban casados cuatro años por aquel entonces. Y yo me convertí en la amante.
Nuestras citas eran clandestinas. Nos encontrábamos en hoteles discretos, en bares de las afueras, incluso en poblaciones cercanas. Siempre le pedí que no me hablase de ella ni de cómo se las arreglaba para verme, no quería saber nada de su otra relación. Mientras tanto, lo nuestro era urgente y prohibido, y eso lo hacía todo mucho más intenso, mezclando el placer con la adrenalina. Era la otra, sí, pero me sentía más viva que nunca y era adicta a él, a sus besos, a sus visitas furtivas y rápidas.

A veces hablábamos de la posibilidad de que rompiese con su mujer, fantaseábamos con hacerlo público y vivir nuestra relación de forma oficial. Llevábamos viéndonos casi tres años cuando, el día de mi cumpleaños, se arrodilló y me pidió matrimonio. «Si me dices que sí, mañana mismo le pido el divorcio», me dijo. Reconozco que no me lo esperaba, pero acepté sin dudarlo. Y así ocurrió, dos días después empezamos a vernos públicamente sin miedo. La dejó por mí y yo le había dicho «sí quiero», un compromiso que llegaría en cuanto finalizase su divorcio.
Debería haber sido un momento perfecto. Al fin podíamos estar juntos de verdad, sin miedo a que nos vieran unos u otros, por fin era la única, y no el segundo plato. Y realmente fue una etapa feliz, aunque duró poco tiempo.
Su mujer le echó de casa y se vino a vivir conmigo. La convivencia empezó muy bien, estábamos enamorados, éramos como dos tortolitos estrenando casa, todo mimos, amor y sexo. Pero esto no tardó en enturbiarse. Empezamos a discutir incluso por tonterías y a todas horas. La convivencia nos estaba pasando factura hasta el punto de irnos a dormir enfadados, algo que yo le echaba en cara a la mañana siguiente. Salíamos a cenar a restaurantes caros en lugar de comernos una pizza cutre en la habitación de un pequeño hotel, nos íbamos al cine, al centro comercial… a cualquier lugar. Pero cuanto más normal se volvía nuestra relación, más se desvanecía el vértigo, la pasión, la urgencia con la que nos buscábamos en la sombra. Seguíamos teniendo sexo, pero algo era diferente ahora. No había prisa, no había nervios. Todo era… Normal.

La relación cambió por completo en poco tiempo. No entendía cómo podía ser, pero echaba de menos ser la amante. Quién me lo iba a decir. Lo que antes era anhelo y deseo se había convertido en rutina y obligación. Al convertirnos en prometidos, al ser libres de tenernos el uno al otro, habíamos perdido un componente que resultó ser fundamental en nuestra relación: lo prohibido. Ahora todo era cotidiano.
Rompimos seis meses después de que dejase a su mujer. Fue difícil de admitir, pero la chispa se había apagado. Lo intentamos, pero aquello estaba acabado. Tardé en comprender que la magia, el pegamento de nuestra relación, era la clandestinidad en la que vivíamos antes de hacerlo oficial. La exposición, la rutina y la normalidad, nos devoraron en cuanto salimos a la luz.

Supongo que no todas las pasiones y relaciones están hechas para sobrevivir pase lo que pase. Algunas se desvanecen antes de empezar, otras perduran en el tiempo para siempre, y otras nacen y mueren en secreto, sin llegar nunca a salir a la luz, y así debe ser. No obstante, pretendo esquivar el resto de mi vida el volver a ser la amante de nadie. Al menos, eso espero.