Hoy en día, etiquetamos rápido. El despistado del aula tiene TDAH. El tímido, ansiedad social. El que pasaba los recreos solo, TEA. La aburrida en clase, altas capacidades. Y el asocial, PAS. Yo soy PAS. “Persona Altamente Sensible”.
Antes de empezar, puntualizar que no se trata de un diagnóstico clínico: es un rasgo de personalidad, pero ponerle nombre ayuda. De repente, entiendes por qué te afectan tanto ciertas cosas. Por qué el ruido, las emociones o las multitudes te agotan. También descubres que no estás solo, que hay más personas como tú.
Las etiquetas no son malas. Ayudan a aclarar lo que te pasa y a gestionarlo mejor. Lo malo es reducir a alguien a una sola palabra. Porque ser PAS no es ser débil. Es sentir el mundo a otro nivel.
El ruido, las multitudes y el bloqueo mental
Me di cuenta de que algo pasaba en las reuniones con mucha gente. Cuando hay demasiado ruido de fondo, varias conversaciones a la vez o luces intensas, siento que mi cerebro entra en modo «desconexión». Es como si no pudiera filtrar toda la información a mi alrededor. Intento seguir una conversación, pero me resulta imposible concentrarme. Me abruma la situación. A veces, incluso, me quedo bloqueada, incapaz de reaccionar. Mirando al infinito, buscando una salida que solo hallo en alejarme; en huir a un espacio tranquilo donde pueda recuperar el equilibrio.

Por este motivo, suelo evitar las reuniones multitudinarias. Ese tipo de encuentros, con estímulos constantes y conversaciones superficiales, me resultan agotadores. Más que disfrutar, termino sintiéndome drenada. Mi energía se escapa sin que pueda hacer nada para evitarlo.
Conexiones auténticas: calidad sobre cantidad
Prefiero los momentos más íntimos, rodeada de pocas personas, pero con las que pueda mantener una conversación profunda y significativa. En un entorno tranquilo, sin prisas ni ruidos, donde cada palabra tenga peso y cada silencio se sienta cómodo. Es ahí donde realmente conecto, donde encuentro la autenticidad y donde mi energía no solo se mantiene, sino que a veces incluso se recarga.
Y es que después de esos encuentros masivos necesito tiempo para “recuperarme”. Los dolores de cabeza aparecen como una señal de que he llegado al límite. A veces, incluso noto cómo la tensión se acumula en los músculos, dejándome rígida y agotada. No es solo agotamiento psicológico, también es físico. Es un cansancio total: mi mente y mi cuerpo piden una pausa urgente, mi momento de soledad. Respirar, recargar mi energía, ser yo misma.

Además, soy excesivamente empática. Si te alegras, me alegro contigo; si sufres, siento tu dolor como si fuera mío. Tus problemas no los veo como algo externo, sino como algo que me involucra. Me los tomo tan en serio que ayudarte se convierte en una responsabilidad personal, casi vital. Si no logro hacerlo, la culpa me invade, como si te hubiera fallado de alguna manera.
Y ese es otro rasgo característico: la constante autoevaluación. Después de cada interacción, repaso cada palabra, cada gesto, preguntándome si hice lo correcto o si podría haber hecho más. Esa búsqueda interminable de perfección no solo es agotadora, sino que también genera una fatiga mental que cuesta explicar. Es como si mi mente nunca se permitiera desconectar, siempre cuestionándose, siempre evaluando.
Cómo sobrevivir a la vida social sin quedarte sin batería
Importante: no soy psicóloga. Estas pautas me han servido a mí. Tú puedes tener otras y son igual de válidas.
Para mí (insisto) aprender a poner límites ha sido clave. Saber decir «no» cuando algo me supera o regalarme un rato al día solo para mí. Por ejemplo, me encanta madrugar, despertarme cuando aún todo el mundo duerme, hacerme una infusión y salir a la terraza para disfrutar del amanecer con el canto de los pájaros. De esta manera, te invito a encontrar TU pequeño oasis en tu rutina: quizá leer o pasear, practicar algún hobby como la costura o la escritura.
Trabajo en un turno de tarde/noche y antes de meterme en faena, dedicar 5 o 10 minutos a la meditación o respiración consciente (tipo mindfulness) también me ayuda muchísimo a enfrentar la jornada laboral. Por supuesto, y en la medida de lo posible, rodearte de personas que te entiendan y respeten tus necesidades sin cuestionarlas, es ideal. Lo resumo en “que aporten, no agoten”.

También procuro organizar las reuniones o encuentros en espacios tranquilos, con pocas personas, para poder disfrutar de verdad sin sentirme sobrepasada. Y recordarme que cuidarme no es egoísta.
Ser PAS no significa que no me guste la gente, ni que quiera aislarme del mundo. Me encanta conectar, compartir y disfrutar de la compañía de los demás. Solo lo hago de una manera diferente, más pausada, más consciente, donde la interacción sea un placer y no una fuente de agotamiento. Necesito momentos de tranquilidad para recargar y entornos que me permitan ser yo misma sin sentirme abrumada. Porque, al final, se trata de encontrar equilibrio: disfrutar de las relaciones sin perder mi bienestar. ¿Y tú? ¿Te sientes identificada?
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.