Querido diario

Historias de un TCA

Sueño con el día que me digan esa frase. La frase más esperada en el centro, la que finalmente te devuelve el brillo que has perdido por el camino, la que cambia tu vida y te deja avanzar sin olvidar el recorrido. Sentir el subidón y pensar: ‘He sobrevivido’.

‘Es el momento que empieces a escribir testimonio’

Buf, de escribirlo se me ponen los pelos de punta. No sé cuándo llegará ese momento, aunque pensándolo bien, quizás este sea momento de empezar a escribir algo.

ALGO. Que palabra tan sencilla ¿verdad? Sencilla para muchas personas. A mí me produce escalofríos pensar que para escribir algo de mi paso por este proceso tengo que recordar cosas borradas de mi mente. Que extraño suena eso, sobre todo para las personas que nunca han experimentado una sensación tan mala que su propio organismo ha eliminado los datos del acontecimiento como método de defensa. A mí me ha pasado, varias veces para ser exacta, aunque a medida que voy ‘mejorando’, voy recordando. Hay canciones que te llevan a situaciones pasadas, olores que te transportan a momentos significativos e incluso libros que te acercan a experiencias vividas.

Empecemos por el principio. Pero, ¿qué principio?

Dos centros especializados, siete psicólogos, dos psiquiatras, una terapeuta, dos nutricionistas y un endocrino. Creo que ahí están todos los especialistas por los que he pasado durante el tratamiento. Con cada uno de ellos he tenido que contar mi historia, por lo que haciendo el recuento son 13 veces (al menos) las que he tenido que contar todo lo que me ha pasado. Cualquiera puede hacerse una idea de cómo termina mi cabeza cada vez que cuento lo que me pasa. Bueno, cualquiera no.

Hace un par de días me acosté más temprano de lo normal. En el móvil no había nada interesante que ojear y no me apetecía mucho leer asique apague la luz e intenté dormir. En mi intento fallido, mi cabeza empezó a funcionar en la misma dirección de siempre. ‘Necesito terminar ya con esta mierda’. Asique decidí volver al pasado, recordar las cosas que hacía yo hace tiempo, si tenía pensamientos obsesivos o si dedicaba demasiado tiempo a desvalorizarme.  

Cuando quise darme cuenta estaba con una lágrima asomando. Había estado engañada tanto tiempo, pensando que todo empezó con una ruptura amorosa. La verdad que me tomó bastante llegar a esta conclusión y entre ella, buscar fotos del pasado y ponerme música antigua me ayudó bastante.

Llevo toda la vida comparándome con los demás y sintiéndome inferior a todos, sea por lo que sea. Eso sí, vivía con eso feliz y no dejaba que me obsesionase con eso hasta que mi corazón se rompió. Ahí se detonó una bomba que llevaba años con la mecha apagada.

Yo lo imagino como un bicho que nace en tu cabeza sin protagonismo alguno. ‘La enfermedad’.  Ese animalito que muy de vez en cuando aparece pero al que eres capaz de callar e ignorar. Cada vez que lo escuchas, va creciendo un poquito, alimentándose de tu baja autoestima como un parásito hasta que acaba volviéndose un monstruo que te martiriza y no te deja disfrutar un solo instante de la vida.

La vida. Otra palabra difícil entre nosotros. Muchos hemos pasado, al menos una vez, por ese duro momento de elección entre la vida o la muerte. Caes en picado y te das cuenta de que solo hay dos caminos. Yo elegí sobrevivir.

Sobrevivir a los medios de comunicación, sobrevivir a las críticas, sobrevivir a la sociedad y especialmente, sobrevivir a tu propia mente. Una de las palabras más usadas en terapia es la del ‘autoboicoteo’.  Nosotras tenemos dos máster y un doctorado en echarnos más mierda de la que tenemos encima. Las mayores críticas son las que nos hacemos a nosotras mismas, nos imponemos normas casi inalcanzables, nos fustigamos si algo no nos sale como queremos y sobre todo nos prohibimos ser felices con lo que somos.

Aceptación. Qué complicado es aceptarse hoy en día, nos ponen tantos impedimentos que conseguirlo ya es un mérito en la vida. He pasado todos los años de mi enfermedad enfrentada a ella y queriendo superarla, pero realmente hasta que no me he aceptado tal y como soy no he subido el gran escalón hacia la recuperación. Este último año ha sido un año de cambios y de maduración. He tenido que pensar mucho, que enfrentarme a mis miedos y a mis defectos pero sobre todo he tenido que aprender a quererme.

Me quiero, y lo hago pisando fuerte. Conozco mis defectos y me gustan, no más que mis virtudes. He recapacitado y comprendido que hasta a mi paso por la enfermedad se le puede sacar algo bueno. Esto me ha ayudado a madurar, a ponerme en el lugar de los demás, a mejorar mi situación familiar y sobre todo a querer vivir feliz conmigo misma.

Mi lugar seguro siempre estará ahí, solo para mí. La playa.

Mi canción especial sonará siempre que la necesite, solo para mí. ‘Ella-Bebe’.

Teresa.

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