Soy madre soltera y tengo dos hijos. El padre es, por llamarlo de alguna manera, un padre ausente. No tiene ningún tipo de relación con los niños, se desentendió de ellos poco después de nacer el segundo, cuando me dejó. Fue doloroso y duro al principio, pero poco a poco lo fui superando y haciéndome al ritmo de tener que criar a dos niños yo sola. Esto, por supuesto, ocupó el cien por cien de mi vida, dejando espacio solamente para compatibilizarlo con el trabajo. Es decir, en el ámbito de ser mujer y relacionarme con los hombres, yo cerré el chiringuito. Había tenido suficiente. Por eso, cuando contraté al profesor particular de los niños, no estaba ni remotamente preparada para lo que iba a pasar.

Contacté con él para que ayudara a mis hijos con sus tareas de matemáticas. Habían salido a su madre y eran más de letras que de ciencias, lo cual les estaba pasando factura en las notas. Llegué a él porque me lo recomendó otra madre del colegio. Resultó ser un hombre joven, de unos treinta años, con una vocación infinita. Desde el primer momento conectó mucho con los niños, que pasaron de odiar las mates a decir que les encantaban.

matemáticas

Al principio apenas interactuábamos. Le abría la puerta, le invitaba a pasar, le guiaba hasta la mesa del comedor y les daba clases a los niños. Mientras tanto, yo aprovechaba para ponerme al día con cosas atrasadas del trabajo. Al terminar las clases, le acompañaba a la puerta, me despedía de él y se marchaba. Pero a medida que pasaban las semanas y ambos nos íbamos sintiendo más cómodos, empezamos a entablar un poco de conversación, sobretodo antes de marcharse. Y empecé a notar pequeñas señales que me llamaron la atención: algunas miradas a los ojos que duraban un segundo más de la cuenta, se interesaba por cómo estaba yo sin ser una pregunta de compromiso, no mostraba prisa alguna por salir de casa, etc. Comenzó a llegar unos cinco minutitos antes con la excusa de que venía de dar clase en otro sitio que estaba cerca, y el día que en vez de cinco minutos, fueron diez, le ofrecí un café. Y esto se convirtió en costumbre. Él llegaba un poco antes a las clases de mis hijos y nos tomábamos el café juntos en la cocina, charlando de todo un poco. Era como tener un amigo, uno de verdad, solo que a mí se me empezaban a despertar ciertos sentimientos que creía extintos.

sentimientos

No pensé que él pudiera albergar sentimientos más allá de la amistad hacia mí. Sabía que no tenía pareja en ese momento, que se había divorciado un año atrás y que se refugió en el trabajo para superarlo. Por eso, además de trabajar en un colegio por las mañanas, había vuelto a dar algunas clases particulares. Le apasionaba enseñar y disfrutaba con ello.

Sin embargo, una tarde antes de marcharse, me invitó a cenar el siguiente sábado. No sabía qué decir. Me quedé con cara de póquer y él se puso colorado como un tomate. Me dijo que igual había malinterpretado las cosas, que no me preocupase si no me apetecía y que haríamos como si no hubiese dicho nada. Le confesé que no era así, que no había malinterpretado nada y que me apetecía mucho, pero que no sabía si era buena decisión salir con el profesor particular de mis hijos. No estaban acostumbrados a verme salir con ningún hombre y me daba miedo que pudiera afectar a su estabilidad. Me dijo que lo entendía, que lo pensase con calma, y que si de allí al sábado decidía ir, solo tenía que llamarle y pasaría a recogerme a las 21:00.

Aquella noche no pegué ojo. Estaba nerviosa, preocupada, pero también ilusionada. En mi mente se agolpaban un montón de argumentos en contra de la proposición que me habían hecho, pero entonces me di cuenta de que si mi cuerpo y mi mente habían reaccionado al conocerle a él después de nueve años con el negocio sentimental cerrado, eso tenía que significar algo. Y pensaba descubrirlo.

espera

Me tiré a la piscina. Salimos a cenar ese sábado y me lo pasé genial. Y después de ese sábado, vinieron varios planes más. Poco a poco descubrí que me sentía más viva, ilusionada y feliz. Y, sobretodo, volvía a sentirme sexy, guapa, coqueta… volvía a sentirme mujer además de madre.

Después de unos meses manteniendo lo nuestro en secreto, decidí que era hora de contarles algo a mis peques. Con nueve y once años ya se iban percatando de las cosas que ocurrían en su entorno y quería ser yo quien se lo contase. La sorpresa, sin embargo, me la llevé yo. Se rieron como locos y me dijeron que ya lo sabían, que nos habían pillado besándonos en la puerta cuando jugaban a los espías, después de una de sus clases, y que no me lo habían dicho para que no me enfadase con ellos porque siempre les digo que está mal espiar las conversaciones de los adultos. Les dije que por esta vez no les iba a reñir, pero que me tenían que ser sinceros y decirme si les parecía bien que mami se viese con el profe. Como respuesta dijeron que les caía muy bien y que era la única persona que había conseguido que les gustasen las mates. Lo interpreté como un consentimiento absoluto por su parte y los abracé, feliz de la vida.

Seguimos juntos un año y medio después y tanto mi vida como la de mis niños ha cambiado a mejor. Se lo pasan genial cuando estamos los cuatro juntos y pronto daremos el paso de que se venga a vivir a casa. Aprendí que el amor puede llegar de improviso, incluso años después de haberte rendido, pero cuando llega, es mejor arriesgarse y darle una oportunidad que ignorarlo por miedo al cambio.

Escrito por Carol M., basado en una historia real anónima.