Descubrí que era bipolar cerca de los 30. El diagnóstico tardó en llegar algo más de una década. Cuando cumplí la mayoría edad, sentí una necesidad imperiosa de dar respuesta a los interrogantes que me surgían en mi día a día: ¿por qué pasaba de sentirme invencible, capaz de comerme el mundo, a hundirme en la más profunda de las tristezas? ¿Por qué mi energía fluctuaba de forma tan extrema? ¿Por qué a veces no podía dormir mientras que otras apenas podía levantarme de la cama? No podía vivir con el peso de estas preguntas y busqué ayuda profesional.
El diagnóstico que cambió mi vida
Al principio me sentí bastante perdida, así que opté por acudir a la Seguridad Social con la esperanza de hallar un mapa. El proceso fue tan largo y tedioso, que llegué a terminar mis estudios sin ninguna respuesta clara. Soy auxiliar administrativo, una profesión que hasta la fecha me ha permitido manejar los altibajos de mi condición. El día que un profesional público -de los 50 que pasaron por mi caso- puso nombre y apellidos a lo que me sucedía -trastorno bipolar- sentí alivio, pero también reconozco un poco de frustración.

A partir de ese momento, mi vida cambió. Con mis primeras nóminas en mano, me vi obligada a recurrir al ámbito privado para gestionar mejor mi salud mental. La realidad fue cruda: la salud pública, aunque valiosa, no parecía dar la suficiente importancia a los problemas de salud mental. Las listas de espera, las sesiones espaciadas y la falta de seguimiento me dejaban sintiéndome desatendida. La sociedad actual no está preparada para atender con un mínimo de garantías la salud mental. No existe una preocupación real por la mente, solo pura palabrería superficial. Demagogia para quedar bien ante quienes no tienen problemas.
Comencé una terapia basada en terapia cognitivo-conductual (TCC). Suele ser efectiva para ayudar a identificar y cambiar patrones de pensamiento y comportamiento. Sin embargo, no sentí que me estuviera funcionando. A pesar de los esfuerzos del terapeuta y míos, las crisis seguían abriéndose paso en mi vida, arrasando con todo a su paso.
Altibajos que arrasan con todo
Recuerdo un episodio de manía en el que, durante una noche en vela, decidí invertir todo mi dinero en el póker online. No había jugado al póker en mi vida, pero yo me creía Phil Ivey. Por supuesto, terminó siendo un desastre financiero. En contraste, en una fase de depresión apenas podía salir de la cama. Faltaba al trabajo durante días sin dar explicaciones, incapaz de moverme, como si mi cuerpo estuviera hecho de plomo. Mis jefes, aunque al principio comprensivos, comenzaron a perder la paciencia, y me vi en peligro de perder mi empleo.

Estos altibajos no solo afectaban mi vida profesional, sino también mis relaciones personales. Mi familia intentaba apoyarme, pero a menudo se sentían desbordados. Recuerdo cómo mi madre, tras una discusión en la que yo estaba irritable y fuera de control, terminó llorando y admitiendo que no sabía cómo ayudarme. Poco a poco, algunos familiares optaron por distanciarse, incapaces de lidiar con la montaña rusa emocional que representaba mi vida.
En el amor, las consecuencias de mi trastorno bipolar han sido igualmente devastadoras. Durante episodios maníacos, me he enamorado de desconocidos tras apenas unas horas de chateo, creando en mi mente historias que nunca existieron. Llegué a sentir celos irracionales al ver fotos de sus perfiles con amigas o con sus parejas, como si ya tuviera algún derecho sobre ellos. En contraste, cuando tenía una relación estable, la impulsividad y la búsqueda de emociones intensas me llevaron a cometer imprudencias: aventuras fugaces y caóticas que destruyeron mis relaciones más largas y significativas.
Y entonces llegó mi marido, como caído del cielo. Es una persona comprensiva, que no solo entendió mi trastorno sino que también se convirtió en un pilar fundamental en mi vida. Su serenidad y su capacidad para apoyarme sin juzgarme han sido un ancla en mi proceso terapéutico, ayudándome a encontrar estabilidad en medio de mi caos interno. Pero ni siquiera él ha sido inmune a las consecuencias de mis crisis.
Una decisión impulsiva
Durante mi última crisis maníaca, cometí un error. Lo herí con un acto del que todavía me avergüenzo. Todo comenzó como un día que yo quería que fuese perfecto. Salí de casa con energía desbordante y una lista de planes impulsivos: me fui de compras sin control, compré flores para extraños en la calle, me inscribí en un curso de cocina al que nunca planeaba asistir. Pero la culminación de esa jornada fue algo que nunca habría imaginado hacer. Entré en un estudio de tatuajes y le pedí al tatuador que grabara en mi piel el nombre de mi expareja.

Ese ex fue alguien importante en mi vida: con él me comprometí en un arrebato de euforia, solo para cancelar la boda días después, en un episodio depresivo que me dejó paralizada y sumida en la culpa. Ahora, años más tarde y estando casada con mi marido, volví a traer su nombre a mi vida de la forma más literal y permanente posible. No tengo una explicación clara de por qué lo hice. Quizá era la nostalgia distorsionada por la manía, quizá una parte de mí intentaba revivir algo que ya no existía. Lo único cierto es que ese tatuaje fue como una puñalada para mi marido.
Sigue conmigo. Ya te dije que era un ángel caído del cielo, y lo sigue siendo, aunque ahora lo noto algo más frío, más distante. No lo culpo.
Tras este episodio, me han aumentado tanto la medicación que paso el día somnolienta, atrapada en una nube de agotamiento. Apenas tengo ganas de levantarme de la cama, mucho menos de hacer algo productivo. En el trabajo, mi jefe ya me ha dado un ultimátum. Y aquí estoy, sintiéndome un ser miserable. Una carga para mi marido, una decepción para mis colegas y un completo enigma incluso para mí misma. Pero en el fondo, una pequeña chispa de esperanza sigue luchando por encenderse. Quiero creer que este no es el final, que hay algo más allá de este pozo en el que estoy atrapada.
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.