Siempre me había considerado heterosexual, la verdad. Mis sospechas sobre una posible bisexualidad no saltaron hasta que la conocí. Crecí volviéndome loca por Brad Pitt, los Back Street Boys y Leonardo DiCaprio. Las mujeres me podían parecer guapas, atractivas, etc, pero no perdía el norte por ninguna, lo mío al parecer eran los chicos, al menos en aquellos tiempos.
Pero a mis treinta y nueve llegó ella como un huracán. Creo que nunca había conocido a nadie así. Estaba en un viaje de trabajo, mi primer congreso, de hecho. Nos presentó un colega que teníamos en común. En cuanto la miré a los ojos, verdes y enormes, y me sonrió, noté que me ponía nerviosa. Pero yo, que soy más bien tímida, lo achaqué a estar fuera de mi zona de confort y a nada más.

Cené en la misma mesa que ella la primera noche. Cada dos por tres me sorprendía a mí misma mirándola: observaba las ondas de su pelo, largo y pelirrojo, admiraba lo bien que le quedaba lo que llevaba puesto y lo precioso que le hacía el pecho ese vestido, me fijaba en sus gestos, en cómo se apartaba el mechón que le caía sobre la frente al reír. Me fijaba en todo. Empecé a plantearme si quizás lo que me ocurría es que la envidiaba. Mi autoestima nunca había sido demasiado potente, así que podía ser eso, pensé. Porque, sin duda, la estaba mirando muchísimo, más bien demasiado. Y lo peor de todo es que ella se dio cuenta, porque nuestras miradas empezaron a cruzarse. A partir de entonces intenté evitar fijar mi mirada en ella ya que no quería incomodarla ni que se pensase «nada raro».
La noche fue tranquila, cenamos y nos fuimos todos a descansar para aprovechar las actividades del día siguiente. Pero en cuanto me quedé a solas conmigo misma, no pude parar de pensar en ella. Ahora sé que tenía un gran cuelgue, estaba literalmente fascinada, pero por entonces me sentía súper confusa.
Al día siguiente, en la primera charla, se sentó a mi lado. Aún recuerdo lo nerviosa que me sentí al verla llegar. Me imponía muchísimo su presencia y no entendía por qué. En cierto momento, se acercó a mi oído para hacerme un comentario sobre la ponencia. El corazón se me aceleró tanto que empecé a temer que ella lo notase. Cuando lo hizo por segunda vez y noté su aliento cálido en mi oído, porque esta vez estaba claramente más cerca, reprimí un suspiro de excitación. No sabía que me pasaba, pero quería más, eso empezaba a quedarme claro.

Y llegó la cena de la segunda noche. Se repitió lo mismo de la anterior, yo admirándola con disimulo, confundida, sin entender por qué su presencia me alteraba tanto, y ella interceptando mis miradas cada vez que se me escapaban los ojos. Sin embargo, cuando ya nos íbamos a ir todos a dormir, ella se me acercó y me propuso tomar una copa antes de volver. Me dijo que no tenía ganas de dormir aún y que le parecía que yo sería buena compañía. Y acepté. Igual si me quedaba a solas con ella, si la conocía más, entendía un poco lo que me estaba pasando.
Me llevó un pub bastante íntimo, con música suave que permitía conversar y luces tenues. El ambiente era cálido y, pese a los nervios que me recorrían, me sentía extrañamente cómoda allí. Ella me miraba intensamente, desprendía una seguridad que me desarmaba. Hablamos un poco de todo: de nuestras vidas, de nuestras aficiones, de lo mucho que nos exigía el trabajo… Todo transcurría con normalidad, pero de repente, en medio de una pausa, me dijo:
«No quiero parecer demasiado directa, pero… ¿alguna vez has estado con una mujer?»
Me quedé congelada por un momento, no estaba para nada preparada para una pregunta así. Reí nerviosa y respondí que no, que solo había estado con hombres. Me dijo que lo suponía, y entonces fijó sus ojos en los míos y añadió: «No sé si me equivoco, pero creo que te atraigo. Así que… si alguna vez quisieras probarlo, conmigo estarías segura. Por supuesto, no tienes que hacer nada que no quieras. Pero si te apetece… me muero de ganas de besarte».
Mi corazón dio un vuelco. Mil pensamientos se atropellaban en mi cabeza, pero uno de ellos se abrió paso con claridad: sí que quería. Quería besarla. Así que le sonreí y asentí. Ella no dijo nada pero me devolvió la sonrisa. Se acercó lentamente a mí y acarició mis labios con los suyos de una forma que me volvió loca de deseo.
Una vez en su habitación, me dejé llevar. Aquella experiencia sexual fue completamente diferente a todas las que había vivido antes. Fue dulce a la vez que excitante, ella sabía exactamente dónde tocar, dónde besar, dónde acariciar para llevarme al final. Me hizo sentir la mujer más deseada del mundo. Encontré algo que hasta entonces jamás había sentido estando con ningún hombre: una conexión completa sin expectativas ni presiones, sin prisas, sin tiempos. Sólo entrega, cariño y placer.

Aquella experiencia fue para mí mucho más que sexo, fue una revelación. Descubrí una parte de mi que nunca había salido a flote. Quizás estaba dormida y tenía que llegar ella para despertarla. No lo sé, pero una vez que la descubrí, no hubo vuelta atrás. Supuso una expansión de mi mundo, de mi realidad. Sentí que por fin me conocía por completo a mí misma.
Aquella mujer llegó, sin saberlo, para cambiarme la vida. Y yo le estaré eternamente agradecida.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.