Luisa y Mateo se conocieron una noche de fiesta y sintieron una conexión brutal desde el principio. Bailaron dándolo todo en la pista de aquella discoteca donde se vieron por primera vez y, poco rato después, estaban en casa de ella, desnudos, dándolo todo también.

El primer mes apenas salieron de la habitación para trabajar, comer y darse algunas duchas. Contaban a sus amigos las pocas veces que se dejaban ver en público, que sentían cómo se complementaban el uno al  otro. Que no habían tenido un feeling ni parecido en toda su vida. Que cuando estaban juntos parecía que todo encajaba en sus vidas, como que veían que todo iría bien.

Tres meses después ya vivían juntos. Era una tontería pagar dos alquileres y mantener dos pisos cuando estaban todo el día en casa de él y ella solo iba a su casa a buscar más y más ropa. La efusividad no descendía, se seguían comiendo con hambre, seguían dedicando cada rato libre al sexo.

Una noche, después de cenar, Luisa propuso ver una película. Mateo se alegró mucho del plan, pues era un fanático del cine clásico y, además, se sentía bastante cansado. Se acurrucaron casi por primera vez en el sofá en modo peli y manta y, tras media hora poniendo pegas el uno a las propuestas del otro, se miraron, se besaron intensamente, y se fueron a la cama a liberar la tensión como mejor sabían hacerlo.

En otra ocasión, Mateo llegó antes del trabajo y se encontró a Luisa haciendo limpieza, escuchando música a todo volumen y toqueteando su colección de miniaturas si el más mínimo aprecio. Él, horrorizado por los gustos musicales de su novia, pausó la música para explicarle que las figuras a las que le quitaba el polvo con desdén eran unas miniaturas pintadas a mano por él mismo, muy valiosas. Ella miró con gesto de incomprensión el “muñeco deforme” que tenía en la mano y, levantando los hombros con un gesto despreocupado, apoyó aquella pieza en su sitio de nuevo. Él la miró y se estremeció al oír las notas de aquel horror de música que estaba saliendo de su propio reproductor. Así que sujetó el brazo de Luisa impidiendo que le subiese el volumen y, con el ímpetu de su gesto, Luisa se sintió cortejada, así que a los pocos minutos estaban olvidando sus discrepancias en la cama.

Las pocas veces que estaban juntos y vestidos, se daban cuenta de lo poco que tenían en común, de la nula conversación que eran capaces de llevar entre ellos, de que lo único que lo unía era el sexo tan brutal que practicaban a diario.

Luisa fue consciente primero y habló de ello con su mejor amiga. Ésta le recomendó que rompiesen cuanto antes, antes de que se encariñase más y fuese más difícil. Él descartó la opinión de su amigo Tano que, como buen machote, le recomendó no soltarla nunca si la chupaba bien. Por lo que acudió a su hermano, que le dijo que valorase si realmente le merecía la pena una relación puramente física, que tuviera en cuenta que pronto la frecuencia y efusividad iría a menos y no tendrían nada que los mantuviese juntos.

Por su primer aniversario salieron a cenar. Un buen restaurante, una cena romántica y una prueba de fuego. Pronto Mateo sintió rabia por lo que Luisa tardaba en decidir qué vino tomarían. Luisa, por su parte, odiaba que Mateo siempre hiciese ese ruido tan molesto al tragar y… Acabaron teniendo sexo en el baño.

Por ahora seguirán juntos. No tienen de qué hablar, aunque si han hablado al fin de la situación. Ellos siguen sintiendo que esa conexión extrema les compensa todo lo demás. No sienten amor (pues en realidad no se soportan mucho fuera de la cama), pero se sienten más plenos que nunca cuando sus cuerpos conectan. Así que, mientras los dos sean sinceros y conscientes de la situación, tienen pensado seguir así. A ver qué les depara el futuro. A fin de cuentas, algún día llegará que no les apetezca follar… O no.

Luna Purple.

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