Era uno de esos días grises en la oficina, donde el tiempo parecía estirarse como un chicle eterno. La lluvia había comenzado a caer al mediodía y golpeaba los cristales con un ritmo sordo pero insistente. Tras una jornada que pareció eterna, llegaron las cinco y me apresuré a marcharme a casa, aunque me tocaría coger una buena mojada antes de eso. La lluvia era intensa y me había cogido por sorpresa. No llevaba paraguas ni chubasquero y, para colmo, había venido en transporte público. Así que, protegida únicamente por una carpeta que sostenía sobre mi cabeza, me dispuse a correr hasta la parada del autobús.
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Iba avanzando a toda prisa de techito en techito, pisando charcos e intentando no resbalarme, cuando escuché la bocina de un coche que pitaba insistentemente. Miré extrañada y en seguida reconocí el rosto que me saludaba desde dentro: era Pablo, un compañero del trabajo. Un compañero excepcionalmente atractivo, he de decir. Le saludé con la mano, pero seguía pitando insistentemente así que me dirigí hacia él para ver qué quería. «Sube, que te acerco», me dijo en cuando llegue a la ventanilla del coche.

No teníamos mucha relación, por lo que me daba un poco de apuro, pero la lluvia ya me estaba empezando a calar y tras dos segundos de duda, me subí al asiento del copiloto. Nada más cerrar la puerta pude sentir el calor reconfortante de la calefacción y un agradable olor a perfume de hombre. Mi gran debilidad, un hombre que huele a perfume. Le miré, colorada y con los pelos hechos un desastre, y le di las gracias por llevarme. Él clavó en mí sus ojos verdes mientras decía que no era nada y, sonriendo, me colocó bien un mechón del flequillo. Mis ojos siguieron el camino de su mano, incrédulos. Un escalofrío recorrió mi columna. Noté cómo la sangre se agolpaba en mis mejillas y de repente la calefacción me empezaba a sobrar. Su mirada era tan penetrante que, intimidada, acabé apartando los ojos y rompiendo el extraño momento que había surgido entre los dos. El sonrió y arrancó el coche. Le dije dónde vivía y comenzó a circular mientras me preguntaba qué tal estaba. Si hubiera sido sincera, le habría dicho que estaba desconcertada por lo que acababa de pasar, pero decidí enmascarar mi aturdimiento y responder que estaba calada hasta los huesos y que le agradecía mucho que me hubiera rescatado del temporal de ahí fuera. Me dijo que no era nada y que para él era un placer poder acercarme a casa y así conocerme un poco más. Otra respuesta que me pareció algo extraña. ¿Para qué iba a querer conocerme un poco más? Sacudí la cabeza ligeramente y me dije a mi misma que era hora de dejar de montar castillos en el aire. Siempre había sido de esas que se hacen ilusiones y luego se llevan chascos monumentales porque al parecer había interpretado mal las señales. Sólo estaba siendo amable, me recordé a mí misma. Era caballeroso y buen compañero, me iba a acercar a casa y eso era todo, por muy bien que oliese su perfume.

El resto del trayecto hablamos de cosas banales: el tiempo, la rutina laboral, los proyectos en los que estábamos dentro de la empresa, el tráfico… Quince minutos después llegamos a la puerta de mi casa. Le di de nuevo las gracias por su amabilidad y le ofrecí mi mano para despedirme, ya que no tenía confianza como para darle dos besos sin más. Él cogió la mano que le tendí y, en lugar de estrecharla rápidamente y con normalidad, la sostuvo entre las suyas unos segundos y volvió a decir algo que me dejó perpleja: «qué manos tan suaves tienes». Bueno, pues era la tercera vez que me dejaba sin habla. Volví a notar el rubor en mis mejillas y él se rió suavemente y soltó mi mano. No estaba entendiendo nada, pero me estaba costando no subirme a la ola de expectativas que se estaba creando en mi cabeza. Y entonces me dijo algo que, si ya estaba desconcertada, me desarmó por completo:
«No quiero incomodarte, y si en algún momento te sientes así te ruego que me lo digas. Cuando te he visto correr bajo la lluvia hoy me he lanzado a hacer algo que llevo semanas pensando, acercarme a hablar contigo. Supongo que ya te habrás dado cuenta de que te miro mucho, pero es que me llamas muchísimo la atención. Me pareces una mujer guapa y encantadora, en la oficina todo el que me habla de ti dice maravillas, no he encontrado a nadie a quien le caigas mal hasta ahora. Y, de algún modo, hace tiempo que estoy un poco pillado. Estaba pensando en acercarme para invitarte a cenar cuando el destino me ha regalado esta oportunidad. Así que, bueno, ya sabes lo que hay por mi parte. Si te apetece, solo tienes que decirme algo. Y si no, podemos hacer como que no he soltado este discurso bochornoso».
Imagino que mi cara debía ser un poema después de semejante declaración, ojalá haberme visto desde fuera. Me quedé callada sin saber qué decir, no porque no me sedujese la idea de tener algo con él, sino porque jamás habría esperado vivir una situación así. Parecía estar viviendo mi propia escena dentro de una comedia romántica de las que veía de joven. Guardé silencio tanto tiempo que él pareció interpretarlo como una negativa y comenzó a decir que no pasaba nada y que lo olvidase todo. Le interrumpí e impulsivamente le invité a subir a casa a tomar café. Sonrió de una forma encantadora y aceptó encantado.
Allí pasamos el resto de la tarde, frente a dos tazas de café humeante, sentados en mi salón mientras charlábamos e íbamos conociéndonos un poco. La cercanía del espacio, la intimidad de la lluvia sonando en las ventanas y la vulnerabilidad compartida de haber puesto las cartas sobre la mesa, crearon un ambiente cargado de tensión que se sentía eléctrico, pero cómodo al mismo tiempo.

En un momento dado nos reímos a la vez y nuestras manos se rozaron. Fue como una descarga eléctrica directa a mi estómago. Era evidente que había atracción y mucha entre ambos. Así que, ya que él había tenido el valor de acercarse y confesar sus intenciones, decidí yo tener un gesto inesperado de valor.
Le miré seductoramente a los labios y fui reduciendo la distancia entre los dos. Justo antes de que mi boca rozase la suya, el respiró entrecortadamente, excitado, y eso me volvió loca. Era increíble lo bien que besaba. Sus manos se posaron en mis caderas cuando me puse de rodillas en el sofá y me guío para que me subiera a horcajadas. Parecíamos dos adolescentes en su primer escarceo amoroso, besándonos con urgencia y paseando las manos por el cuerpo del otro, deseando poder abarcarlo entero.
El encuentro fue increíble. Hacía muchísimo que no conseguía un nivel de complicidad tan grande con nadie en la cama. Parecía que lo hubiéramos hecho juntos muchas veces antes, de lo bien que conectamos. Parecía que estábamos destinados a compartir ese momento aquella tarde de invierno.

Al día siguiente en la oficina todo transcurrió con la misma normalidad de siempre, pero algo había cambiado en secreto para ambos. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban y nos sonreíamos cómplices, me ponía a cien. Nos mirábamos con la intensidad de quien espera una recompensa al final de un gran esfuerzo. Estábamos deseando salir para repetir y ambos lo sabíamos.
Ocho meses después, hemos convertido esto en un divertido y excitante juego. En la oficina hemos decidido que nadie tiene por qué saber si nos vemos o nos dejamos de ver o si estamos saliendo o no, así que nos dedicamos a actuar con normalidad y discreción mientras intercambiamos miradas cargadas de significado, caricias furtivas y hasta besos apasionados cuando nadie nos ve. Y cuando salimos… nos devoramos el uno al otro, nos abrazamos hasta quedarnos dormidos y al día siguiente llegamos por separado para continuar con nuestro plan furtivo.
Y a veces, en la cama, exhaustos y relajados, nos preguntamos: ¿Cuánto tardarán en darse cuenta de que, después de todo y pese a las apariencias, estamos juntos y enamorados?