Desde que soy madre me he convertido en una borde y una amargada. Me sienta mal todo lo que me dicen. O quizás es que la gente se mete en donde no la llaman… Estoy harta de escuchar tonterías del tipo “disfruta de tu bebé que luego crecen”, que me digan que llevo muy abrigado a mi hijo o muy fresco, porque, por lo visto, que nunca acierto con la ropa.

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Parece ser que cuando eres madre no sabes hacer nada y te tienen que dar consejos que no pediste, que yo, normalmente, ignoro y sigo con mi vida. Pero, si hay una cosa que sí que me saca de mis casillas es que me digan que tengo que dormir cuando el bebé duerma.

¿En serio? ¿Y si estoy de paseo por la calle y se duerme en el carrito? ¿Qué hago? ¿Me echó en un banco del parque a echar una cabezadita?

Te lo dicen como si fuera una solución mágica a todos tus problemas, como si de verdad alguien en este mundo paralelo llamado maternidad pudiera tumbarse plácidamente cada vez que su hijo cierra los ojos. Como si el mundo desapareciera y solo existierais tu hijo y tú.

Pues no. Yo no duermo cuando mi bebé duerme. Y no porque no quiera. No porque me encante vivir agotada. Pero es que cuando mi hijo se duerme, yo tengo que hacer otras cosas.

Cosas tan maravillosas cómo fregar los platos, poner una lavadora o limpiar el polvo del salón. Porque el tiempo que él está despierto, está pegado a mí como una lapa. Y con un bebé en brazos me resulta muy complicado ponerme a cocinar o a fregar los baños con lejía.

Mi hijo es uno de esos niños que opinan que el carro tiene pinchos, es dejarlo allí y ponerse a llorar. Así que cuando está despierto no tengo más remedio que tenerlo en brazos.

Es más, a veces se duerme en mis brazos y yo me debato entre arriesgarme a dejarlo en la cuna o en el carro y que se despierte, o dejarle que se eche una siesta de un par de horas en mis brazos mientras y no hago nada. Pero nada de nada. Sentarme en el sofá con él dormido en mi regazo y pensar en todas las cosas que tengo que hacer y no puedo.

Otras veces, cuando mi bebé duerme, yo aprovecho para comer algo. No sabéis la de veces que me he preparado un café y se ha quedado frío en la encimera. Cuando duerme, me caliento lo que sea y lo engullo mientras aún está caliente. Como a contrarreloj porque no sé cuánto va a durar la siesta de mi peque.

A veces me ducho, también a contrarreloj y con el carrito del niño metido en el baño. Porque me da pánico que se despierte y yo no le escuche con el ruido de la ducha. Lo confieso, hay días que ni me ducho, porque se me olvida. Y ya cuando huelo mal es cuando me acuerdo de que llevo día sin meterme debajo del agua caliente.

Y las menos veces, cuando mi bebé duerme, yo desconecto. Sí, también. Me siento en el sofá, veo la tele, miro videos en el móvil y no hago nada productivo. Porque necesito evadirme durante unos minutos de la gran responsabilidad que es cuidar a mi hijo.

Desde que soy madre no duermo. Y no es una forma de hablar. Por las noches, mi hijo se despierta cada tres horas para comer. Y en lo que come, le saco los gases, el cambio el pañal si es necesario y yo cojo el sueño otra vez, estoy durmiendo una hora u hora y media. Hay veces que entre tomas ni me duermo, porque ya no me compensa.

Hay noches en las que me quedo mirando el techo, con los ojos abiertos, calculando cuánto tiempo me queda hasta la siguiente toma. Como si fuera una cuenta atrás constante. Como si mi descanso dependiera de un cronómetro que tiene mi hijo escondido en su cuna.

Y entonces llega el día siguiente. Y alguien, con toda su buena intención del mundo, me suelta:

“¡Ay hija! ¡Qué mala cara tienes! Se te ve cansada. Aprovecha y duerme tú cuando el bebé duerma”.

Y a mí me entran ganas de reírme, de llorar, o de soltarle un sopapo a la señora. Así, todo a la vez.

La maternidad está llena de estos consejos bienintencionados que te suelta la vecina del quinto, y gente así, cuando nadie les ha preguntado. Sin darse cuenta de que con ese tipo de comentarios nos están generando más presión, más ansiedad y la sensación de que lo estás haciendo todo mal.

Te genera eso o ganas de darles un tortazo a la bocazas del consejo, que no lo haces porque tienes más educación y más saber estar que ellas.