Cuando era pequeña mi madre nunca me dejaba ir a dormir a casa de mis amigos. Ni tampoco me dejaba invitarles a ellos a dormir en la nuestra. No hubo forma de convencerla nunca. No quería, me decía que ya bastante tenía que lidiar con sus hijos, como para meter en la ecuación a los de los demás. Y que ya trabajaba mucho fuera de casa y cuando estaba allí quería estar cómoda y tranquila. Sí, mi madre era un poco ñu. No era mala persona, pero tampoco era un ser demasiado social. Así que me pasé toda la infancia diciendo a mis amigos que mis padres no me dejaban y escuchando lo que nos contaban de cuando tal se había quedado en la casa de pascual. Qué envidia me daban. Tenía la sensación de que mi madre me prohibía una de las cosas más guais que se podían hacer. Y me hice mayor con esa espinita clavada.

Viendo mis antecedentes, lo lógico sería pensar que con mis hijos haría todo lo contrario a lo que hizo mi madre conmigo. ¿No?

Pues debo confesar que yo no dejo a mis hijos ir a dormir a casa de sus amigos. La hipocresía, se podía decir. Sin embargo, el tema no va por ahí. A mí no me importa que vengan sus amigos a la nuestra. No me agobia multiplicar por dos o por tres o por lo que haga falta el número de niños a los que dar de cenar y tratar de meter en cama. No me preocupa que la líen un poquillo y esa noche no se pueda descansar. En realidad, me encanta ver a mis niños jugar con sus amigos. Es una gozada verlos compartir su espacio y sus cosas, ver lo contentos que se ponen y lo que les mola tener a sus amiguitos de invitados el fin de semana.

Nunca les pongo problema para que traigan a sus amigos, jamás. En cambio, lo que no les permito es ir a casa de sus amigos. Es una norma que tenemos y que no pienso infringir. Y puede que a los demás les parezca ridículo, exagerado y absurdo, pero tengo mis motivos, paranoicos o no. Porque lo cierto es que no les dejo quedarse en casa ajena porque una nunca sabe dónde se esconde un degenerado.

No quiero sonar histérica, tampoco es que me pase la vida sospechando de todo el mundo ni que me parezca que cualquiera pueda ser un monstruo. Sé que no es así. Aunque también sé que los monstruos existen, que están por ahí mezclados con la gente y que yo no quiero arriesgarme. Solo hay ver las noticias, si bien es cierto que, aunque no me ocurrió a mí, viví de cerca una historia de abusos en una familia que, desde fuera, parecía de lo más amorosa y normal.

Mis hijos pueden tener una infancia plena y satisfactoria vayan a dormir a casa de amigos o no. Y yo vivo mucho más tranquila eliminando los riesgos que están bajo mi control. Que bastantes hay ya que yo no puedo controlar.

 

Ariana

 

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