Durante mis años de universidad, mi mundo giraba en torno a mi grupo: éramos cinco amigas inseparables. A dos de ellas las conocía desde la época del instituto, y las otras dos se unieron a nosotras en primero de carrera, encajando a la perfección. De las cinco, solo una tenía novio formal desde hacía años; las demás disfrutábamos de una soltería caótica y divertida. Solíamos salir de fiesta cada fin de semana, organizábamos viajes en vacaciones y nos movíamos en bloque a todas partes. A menudo, la que tenía pareja se ausentaba de nuestros planes para poder estar con él, y nosotras, desde la incomprensión, se lo reprochábamos constantemente. Le decíamos incluso que estaba perdiéndose los mejores años.

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Sin embargo, la dinámica del grupo empezó a transformarse. Poco a poco, fueron apareciendo nuevos novios en la ecuación. Dos de mis amigas conocieron a chicos estupendos y se emparejaron, quedando solamente dos solteras en el grupo, una de las chicas y yo. Lo notamos muchísimo en nuestra vida social. Las dos que acababan de echarse novio empezaron a desaparecer de nuestros planes incluso más de lo que lo hacía nuestra amiga la que siempre tuvo novio. De todos modos, seguíamos viéndonos. Yo me aferraba a la única amiga que seguía en mi misma sintonía, hasta que ocurrió lo que faltaba para completar el cuadro: ella también se enamoró y se echó novia.

De la noche a la mañana, me convertí en la única soltera del grupito. Cuando la última encontró el amor empezaron a organizar quedadas que incluían a sus parejas, y eso se convirtió en la nueva dinámica. Antes venían a veces con sus parejas, pero a partir de entonces eso fue la nueva normalidad. Todas las parejas y yo. Estaban ilusionadas y no dejaban de animarme a conocer gente, repitiendo que solo faltaba yo para que estuviéramos todas emparejadas. Aquellas quedadas se volvieron una tortura para mí. Algunas se pasaban de empalagosas frente a mí; otras se aislaban en su propia burbuja con su pareja. Yo me sentaba allí, sintiéndome completamente fuera de lugar. Me aburría profundamente y muchas veces me sentía como un elemento decorativo, el violín de la cita romántica.

Empecé a ser yo la que no acudía a todas las citas. Cada vez que me inventaba una excusa, ellas me animaban a ir y me insistían, pero, en el fondo, yo estaba super convencida de que sentían un profundo alivio cuando finalmente les confirmaba que no iba. Esto no era real, pero yo me empecinaba en esa idea. Empecé a sentirme apartada y sola. Ese aislamiento se extendió a nuestro día a día. En clase o en la cafetería de la facultad, la brecha se hacía evidente porque yo no estaba bien. Era como si el vínculo entre las otras cuatro cada vez fuera más fuerte y más íntimo, impulsado por esa etapa compartida. Y yo, en mi estado sombrío y triste, sentía que su lazo conmigo se volvía cada vez más débil.

Empecé a faltar a clase. No lo hacía siempre al principio, pero a veces, saber que tendría que sentarme horas con ellas me producía tanta angustia que decidía quedarme en casa. Comencé a descuidarme por completo. La comida se convirtió en mi único refugio; comía compulsivamente a deshoras, buscando calmar mi frustración y ese malestar que me oprimía el pecho. Era lo único que me hacía sentir en calma. Como era de esperar, eso repercutió en mi estado físico. Gané peso rápidamente y empecé a sentir vergüenza por mi cuerpo por primera vez en mi vida.

Mis amigas se preocuparon cuando mis ausencias se convirtieron en la norma. Me pasaba días enteros encerrada en casa. No quería ver a nadie, ni siquiera contestaba los mensajes. No me apetecía moverme, ni ducharme, ni enfrentarme al mundo exterior. Además, si salía, tenía que vestirme, y casi toda mi ropa me quedaba pequeña ahora, lo que me hundía más. Lloraba muchísimo, la mayoría de las veces por nada en concreto, y ni siquiera yo misma lograba entenderlo.

Mis padres estaban muy preocupados. Fue mi madre quien, haciendo gala de su cabezonería, me llevó al psicólogo casi a rastras. Al principio, la terapia no parecía estar dando ningún resultado. Pero la situación dio un vuelco cuando mis amigas, a las que ya ignoraba deliberadamente, llamaron a mi madre para interesarse. Al enterarse de mi estado real, algo cambió en ellas. Dejaron de presionar y empezaron a estar presentes, sobre todo en mi casa. Venían a verme con la excusa de traerme apuntes de las clases o de que simplemente pasaban por alli. A veces conseguían animarme y sacarme a la calle, siempre sin forzarme. Y si no, se sentaban allí conmigo, sin presionar, simplemente hablando. Y eso me distraía, y una parte de mí se volvía a sentir como si fuera yo misma de nuevo.

Poco a poco, la luz empezó a colarse de nuevo. Entre el trabajo en terapia y el hecho de volver a sentirme apoyada, fui recuperando las riendas de mi vida. Ahora, cuando miro hacia atrás, me parece increíble haberme perdido por completo en esa espiral de rabia, miedo y tristeza. Me asusta pensar en cómo me dejé ir hasta casi desaparecer. No reconozco a la persona en la que me convertí y confieso que siento miedo de volver a experimentar tal grado de desesperanza. Pero intento pensarlo lo menos posible. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, seguimos siendo las mismas cinco amigas, e independientemente de la situación sentimental que atraviese cada una, todas hemos aprendido a reservar una pequeña parcela única y exclusivamente para nosotras.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.