El año pasado a estas alturas nuestras vidas estaban a punto de dar un vuelco, pero no lo sabíamos.
Recuerdo bien cómo me sentía por aquel entonces: Aburrida y asqueada.
Me amargaba el ambiente de mierda que había en mi oficina, apenas tenía vida social y encima acababa de enterarme de que mi ex — ese tío que me había dejado tirada porque mi idea de formar una familia no encajaba con sus planes de fiesta y libertad — se iba a casar en primavera.
Yo guardándole luto a lo nuestro, y él a punto de casarse con una chica que conocía de unos meses. Tócate.
Me había negado en mil ocasiones, pero el día que mi amiga más pro-Tinder me envió un audio de catorce minutos y treinta y ocho segundos poniéndome al corriente del futuro evento y cagándose en los muertos del que había sido mi novio durante casi una década, decidí que había llegado el momento.

Quería tener sexo a la mayor brevedad posible, necesitaba encontrar a alguien que me ayudase a quitarme las telarañas de la entrepierna.
De modo que me descargué la aplicación esa misma noche.
Aunque tardé días en ponerme a ver qué chicos había por ahí.
Y varios días más en animarme a hablar con alguno…
Él dio el primer paso.
Al principio fue un poco de conversación de ascensor, un jijí, un jajá… un ‘¿me das tu número y hablamos por whatsapp..?’
Yo estaba esperando verle las intenciones y, honestamente, una parte de mí esperaba que propusiera quedar con la única intención de echar un polvo.

Sin embargo, de entre todos los tipos de chicos que pululan por Tinder, yo había hecho match con uno de los que van despacio y a la vieja usanza.
Estuve a punto de bloquearlo cuando me di cuenta de que llevábamos dos semanas hablando y no habíamos hecho ni el más mínimo amago de quedar para vernos en persona.
Pero es que era tan mono, dulce, educado y enigmático…
En lugar de bloquearlo y pasar a otra cosa, opté por proponerle quedar para cenar.
Me dijo que sí y yo me vine abajo de repente, porque una cosa es tontear a través de un chat, y otra muy distinta quedar con alguien que apenas conoces con el único propósito de chuscar.
Su llamada una hora antes de la que iba a ser nuestra primera cita presencial para informarme que debido a una emergencia familiar no iba a poder acudir, fue más un alivio que una decepción. Lástima que no hubiera avisado esa mañana, me habría ahorrado una dolorosa sesión de depilación a la cera.

Recibí varios mensajes de disculpa esa noche e incluso en la madrugada.
Y a la mañana siguiente volvió a llamar: quería invitarme a comer.
Ajá — pensé — este lo que quiere es quedar de día para que sea menos violento echarse atrás si no le apetece pasar a mayores conmigo.
Pues vale, en realidad eso valía para mí también, así que acepté y me planté en la entrada que convinimos de un centro comercial.
Qué romántico ¿verdad?
Allí estaba yo, de punta en blanco y temblando como un junco, esperando identificar al chico de las fotos entre los transeúntes. Me pareció verlo un montón de veces en hombres que, una vez más cerca, resultaron no parecerse nada a él. Tuve mucho tiempo para equivocarme, es lo que tiene llegar al punto de encuentro con quince minutos de antelación.
Sentí que alguien se paraba frente a mí la enésima vez que saqué el teléfono del bolso para comprobar la hora.
—Hola. — Saludó mi cita. — ‘La madre que me parió’, pensé yo cuando vi delante de mis narices al chico de las fotos. Sólo que en vivo y en directo era más alto de lo que había imaginado, más sonriente, más guapo, más buenorro y… más acompañado. Caray, el tipo venía con sorpresa. Creo que pestañeé incrédula cuando vi que al final de su mano izquierda había un niño de unos cuatro años que me observaba con timidez. Eso sí que no me lo esperaba. — Eres tú ¿no?

Pobre, no le había dicho ni hola, tal era mi conmoción. Conseguí confirmarle que, efectivamente, era yo, nos dimos dos besos extraños y me agaché para presentarme al enano.
—Este es mi terremoto, ahora parece cortadito, pero ya verás como se le pasa pronto.
Y así fue como comenzó nuestra primera cita, comiendo pizza en un restaurante que contaba con un enorme parque de bolas que hizo las delicias de nuestra pequeña carabina.
No era aquello lo que había esperado, ni él tampoco. Pero cuando su exmujer le llamó de pronto para pedirle que le cambiara esa semana por la siguiente (custodia compartida) porque le había surgido un viaje de trabajo, obvio que se hizo cargo de su hijo. Aunque eso supusiese anular una cita con una chica que había conocido en Tinder.
Una a la que tenía tantas ganas de ver, que no había podido esperar a disponer de una noche libre.

Tuvimos tres citas más, a solas, antes del estado de alarma.
Hablamos a diario durante los meses posteriores y nos atrevimos a quedar de nuevo en persona en verano.
Hoy puedo decir con total seguridad que me enamoré en un parque de bolas de centro comercial.
Y el padre de ese niño también me hizo tilín (jiji)
Tanto que estamos viendo pisos para mudarnos juntos.