Sé que en los tiempos que corren el poliamor es una idea cada vez más conocida y practicada, pero yo descubrí que no era para mí por las malas. Quizás es que no debería haberme implicado en una relación poliamorosa con dos personas con las que compartía una amistad previa; quizás es que, para que el poliamor salga bien, es necesario partir de cero y no con lazos importantes previos. O quizás es que, simplemente, salió mal porque no era para nosotros.

Éramos amigos desde los diecisiete años. Nos presentó un amigo en común y todos acabamos formando una pandilla. En total éramos nueve. Como es habitual a estas edades, a lo largo de los años fueron surgiendo amores, líos y parejitas entre algunos del grupo. Y entre ellos, perduró una pareja, Marta y Carlos.

Seguimos juntos a lo largo de los años, como una piña, aunque fuimos perdiendo algunos miembros de la pandilla por el camino, al irse a estudiar o vivir a otros lugares. A los veintiséis, cinco de nosotros seguíamos siendo igual de amigos, y aunque hubiera miembros nuevos en el grupo, éramos los que quedábamos de la pandilla original. Y entre esos cinco, allí seguían Marta y Carlos, que llevaban ya seis años saliendo.

Para todos nosotros eran ya un pack, no había Carlos sin Marta ni Marta sin Carlos, sobre todo desde que vivían juntos. Por eso, cuando Carlos le pidió a Marta abrir la relación, todos nos quedamos a cuadros. Y Marta, con tal de no perderle, aceptó. Al parecer las cosas no iban tan bien como parecía desde hacía algún tiempo. Se querían, sí, pero la relación entre ellos era cada vez más una amistad que un amor. Por eso, en un último intento de reavivar el fuego, a Carlos se le ocurrió esta idea.

Sin embargo, esta estrategia fue más perjudicial que beneficiosa. Establecieron unas reglas para no hacerse daño, pero al final sufrían igual. A ninguno le gustaba ver al otro marcharse con otra persona, y cuando ligaba más uno que otro tenían problemas de celos. Se supone que debían contárselo todo, no excluirse, pero acabaron ocultando secretos para evitar dañarse. Los demás acudíamos como testigos y confidentes al descalabro de una relación que creíamos que iba a ser eterna. Esperábamos que se casasen los primeros y ahí estaban ahora, intentado sobrevivir a una herida de muerte que cada vez se infectaba más.

Con intención de calmar las aguas, decidí invitarlos a todos a casa una noche. Compré vino y tequila, ya que siempre nos había gustado arreglar el mundo tomando un copazo. Pero al final unos y otros se fueron rajando y solo quedamos Carlos, Marta y yo.

Llegaron juntos y parecían de buen humor aquella noche. Pedimos comida china y abrimos vino mientras esperábamos. Entre copa y copa, la conversación se volvió más íntima. Hablamos de todo y de nada: de lo que habíamos sido en el pasado, de lo que estaría por venir, de ex novios y ex novias mías, de los tiempos antes de que ellos estuvieran saliendo, etc. Marta se reía con ganas y eso me hacía sentir bien, porque hacía tiempo que no la veía reír de verdad. Y Carlos se veía relajado y nos miraba a ambas, riendo juntas, brindando, abrazándonos. La energía entre los tres era… distinta. Hacía mucho que no me sentía tan cómoda y feliz. Entonces, de repente, Marta me cogió la cara y me besó en los labios. No le di importancia y simplemente se lo devolví riendo. Al fin y al cabo, estábamos todos con unas copas de mas. Carlos dijo que aquello estaba gustándole más de la cuenta y los tres nos reímos. Pero entonces, Marta dijo: «Oye, si os apetece, podríamos probar a… dejarnos llevar», mientras nos miraba sonriendo con picardía. Me quedé en silencio un segundo y luego me partí de risa. Pensé que estaba de broma, pero entonces vi cómo se miraban entre ellos y cómo me miraron a mi después y supe que no lo era. Y pensé, «¿Por qué no?».

Me sorprendió lo natural que me salió decir que sí. Siempre me habían parecido atractivos. Los dos. Y, en el fondo, hacía tiempo que tenía esa fantasía rondándome, hacer un trío, y ellos me ofrecían esa posibilidad. Sentía una mezcla de deseo y curiosidad. Me acerqué a Marta y volví a besarla, ahora lentamente, mientras le desabrochaba la blusa. Carlos se sentó al otro lado y comenzó a besarme en el cuello. Y así empezó todo.

Aquella noche fue intensa, confusa y extrañamente hermosa. No había celos ni presiones, sino sonrisas y miradas de complicidad. Solo piel, caricias, vino y placer. Nos quedamos dormidos los tres juntos, abrazados, como si el mundo fuera algo más sencillo después de aquello.

Durante las semanas siguientes, repetimos la experiencia en varias ocasiones. Es cierto que el hecho de ser amigos previamente hacía que no fuera solo sexo. El sexo era la consecuencia después de estar juntos con la excusa de otros planes. Y, casi sin darme cuenta, acabé formando parte de su relación. Y parecía que todo estaba bien. Yo era feliz y ellos también. Pero no duró demasiado.

Empecé a notar que Carlos me buscaba a solas. Al principio fueron comentarios o pequeños roces cuando Marta no miraba, pero pronto se convirtieron en invitaciones explícitas a vernos sin ella, a mantener relaciones sin ella. Y yo siempre le decía que no, pero él me contestaba que yo le despertaba algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Me resistí todo lo que pude pero una parte de mí se sentía especial, halagada, escogida y muy deseada. Y entonces comencé a ceder. Eso precipitó nuestra caída.

Marta, evidentemente, se dio cuenta, y una noche nos plantó cara. Dijo que estaba harta, que quería acabar con todo aquello, que ya no se sentía bien haciendo como si lo que teníamos fuera normal o lógico. Que ella seguía queriendo a Carlos y que había disfrutado estando los tres juntos hasta que la habíamos empezado a excluir, que había llegado a tener la esperanza de que aquello iba a funcionar, pero que se había dado cuenta de que no era más que otra forma de obligarse a sí misma a compartir a Carlos para no perderle. Se acabó todo allí mismo.

Carlos intentó defenderse, pero no supo qué decir. Porque realmente Marta llevaba razón. Yo misma lo pensaba. Ella era feliz al lado de Carlos y era a él a quien ya no le bastaba con Marta. Solo pude quedarme callada mientras veía cómo todo se derrumbaba a mi alrededor.

Perdimos no solo la posibilidad de tener una relación juntos los tres, sino que también nuestro vínculo se fue al traste. Perdimos años de amistad. Para nosotros no hubo vuelta atrás. Habíamos jugado con fuego y nos habíamos quemado. Y ya no había vuelta atrás.

Marta siguió saliendo con el grupo como siempre, pero Carlos y yo decidimos tomar distancia, cada uno por su lado. Marta ya había sufrido suficiente y no había ninguna forma, al menos por el momento, de que volviéramos a sentirnos cómodos todos juntos. Y desde entonces no he vuelto a verles ni a saber nada de ellos.

El poliamor es un tipo de relación como otro cualquiera, pero creo que no sirve para todos, es la conclusión a la que yo he llegado. Tenemos mucha información al respecto, libros, referentes, podcast, etc. Pero nadie me habló de lo que pasa cuando lo intentas desde la amistad y el poliamor fracasa. Y ahora solo puedo decir que ojalá lo hubiera sabido antes.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.