Desde que le conocí, supe que su trabajo era una de las partes más importantes de su vida. Era publicista, trabajaba en una empresa importante que llevaba campañas de marcas muy gordas, amaba cada desafío para sorprender con cada una de las campañas y su entusiasmo era contagioso. Me encantaba imaginarlo en la oficina, rodeado de papeles, diseños, reuniones internacionales, peleando con deadlines y celebrando los éxitos con los demás. Además, siempre traía anécdotas divertidas y sus compañeros eran geniales. Me gustaba recogerlo de la ofi algunos viernes y añadirme a tomar algo con ellos.

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oficina

Su horario laboral era algo complicado. A veces tenía que hacer horas extra si los plazos estaban muy cercanos o viajar los fines de semana, pero en general no ocurría tan a menudo como para que no pudiéramos tener una relación normal y aprovechar el tiempo juntos. Sin embargo, al año y pico de estar saliendo las cosas empezaron a cambiar.

Las horas que pasaba en la oficina eran más de las habituales. Muchas más. No vivíamos juntos del todo pero dormía en mi casa casi todas las noches. Habíamos hablado unos meses antes de que él dejase su alquiler y nos viniésemos a vivir al mío, ya que era más grande, pero por algún motivo él se fue echando atrás y no quise insistir. Al fin y al cabo yo valoraba mucho mi intimidad, aunque no me importase hacerle hueco en ella.

De repente, los viernes ya nunca salía a una hora normal ni se quedaban a tomar algo en el bar. Me decía que no fuese a recogerle porque iban a salir tardísimo. Llegaba a casa a las 2 de la madrugada y decía estar agotado, así que se dormía en seguida. Los sábados también tenía que ir a la oficina. Me dijo que el jefe nuevo era un ansias y que estaba abusando de los horarios, pero que no quería perder su trabajo y por eso aceptaba todo lo que le decían. Me daba pena por él y rabia por el tirano del jefe, pero le comprendía y lo fui aceptando todo. Me adapte a sus nuevos horarios, aunque supusiera pasar menos tiempo de calidad juntos.

Pero entonces empecé a notar que pasaba más noches que antes en su propio piso. Cuando se lo dije, me respondió que era para no despertarme las noches que salía demasiado tarde del trabajo, que suficiente con que uno de los dos tuviera el horario del sueño alterado. Pero a mí aquella excusa, que puede sonar tan bien intencionada, me resultó extraña. Él sabía que yo era una persona noctámbula y que no me importaba esperarle despierto. Así que, para mí, fue el inicio de las sospechas de que algo iba mal.

what

Poco a poco fui viendo cómo la distancia se hacía paso, lenta pero inexorablemente, entre nosotros. Preocupada, quise hablarlo con él en un par de ocasiones, pero acababa reaccionando mal, diciendo que por qué me empeñaba en encontrar algo que nos fuese mal cuando estábamos igual de bien que siempre. Llegué a pensar que estaba loca. Así que me dije a mí misma que no pasaba nada más allá de que sus horarios laborales amenazasen con absorberlo todo. Me convencí de ello.

Un viernes por la tarde-noche quedé con dos amigas para tomar algo. Les propuse ir al bar al que solía ir con mi novio y sus compañeros, frente a su oficina. Pensé en que así podría darle una sorpresa al verle salir. Seguro que eso lo animaba mucho. Así que nada, nos sentamos en la terraza y nos pedimos unas cervezas. Me senté mirando hacia la puerta de la empresa, para poder verle salir. Aunque teniendo en cuenta que últimamente salían a las tantas, a saber cuándo sería eso.

Todo iba bien hasta que una de mis amigas entró al local para ir al baño. Al salir vino hacia mí muy seria y me dijo: «Tía, tu novio está dentro». Al principio no la entendí. Miré el reloj, las 21:40. Imposible. Se suponía que estaba saliendo como mínimo a las doce de la noche todos los viernes, cuando no a la una, dos o tres de la madrugada. Me levanté de inmediato y fui a entrar al bar, pero mi amiga me retuvo. «No entres, no está solo». Vi la tristeza y la ansiedad en sus ojos y supe que no estaba precisamente con sus compañeros. Pero sí lo estaba, concretamente con una compañera.

kiss

Salí corriendo hacia dentro y le sorprendí en una mesa apartada bastante íntima, comiéndole la boca a una rubia. Una rubia que me sonaba mucho. Fui hacia la mesa y di un golpe sobre el tablero con la palma de la mano. «¿Qué coño pasa aquí?», grité. Separaron los morros de golpe y supe de qué me sonaba aquella chica. Era su ex. Habían salido juntos un tiempo, justo antes de conocerme a mí. Me había hablado mucho de ella, porque según él fue quien le destrozó el corazón. Por eso me sonaba, de las fotos que me había enseñado.

Él estaba tan en shock que solo boqueaba como un pez ahogándose fuera del agua, y ella cogió su bolso y se marchó corriendo. Y yo, hecha un mar de lágrimas, hice lo mismo. Mis amigas me esperaban fuera con mis cosas cuando salí del bar a toda carrera. Nos montamos en el coche y me acompañaron a casa. Y allí estábamos las tres cuando el canalla abrió la puerta, pues aún tenía la copia que le había hecho un año atrás.

Ellas reaccionaron inmediatamente y le dijeron que se largase. Pero yo quería zanjar aquello esa misma noche. Les pedí que nos dejaran a solas pero que no se fuesen, que me esperasen en la cocina. Sentirlas allí conmigo me infundía valor.

amigas

Pues nada, él, hecho un mar de lágrimas y mocos, procedió a explicarme que su ex había empezado a trabajar en su empresa siete meses antes. Que al principio se mantuvo alejado, pero que al poco tiempo la metieron en su equipo y ella no paró hasta que le sedujo. Que todo era culpa de ella, igual que cuando le hizo tanto daño años atrás, pero que él había caído en sus redes como un tonto. Me suplicaba que le perdonase. Llevaba meses engañándome con ella y encima pretendía librarse de la culpa y que yo hiciese como que no había pasado nada, que podíamos volver a estar bien, como antes, decía.

Le dije que no entendía qué pretendía. Le conocía lo suficiente como para saber que de tonto no tenía ni un pelo, y le hice saber que para mí el principal responsable de lo ocurrido era él, que debería haberme respetado o haberme dejado antes de serme infiel. Y que encima me había tildado de loca cuando le preguntaba qué estaba pasando, haciéndome luz de gas. Le adelanté que podía ahorrarse las súplicas porque para mí aquello había llegado a su fin.

Le di media hora. En ese tiempo debía recoger todo lo que quisiera llevarse de las cosas que tenía en mi piso. Y mientras tanto, yo me fui a la cocina con mis dos amigas, las cuales evitaron que él entrase a seguir insistiéndome, preso de un ataque de nervios, como un niño con una rabieta.

man

Me gustaría decir que todo acabó ahí, pero no. Intentó contactar conmigo por activa y por pasiva. Tanto que al final tuve que bloquearle por todas partes. Me esperó en el portal de casa tres veces, hasta que cambié de piso y me fui a donde no pudiera encontrarme, la ciudad era lo suficientemente grande. Por suerte, al trabajo nunca vino a buscarme. Igual se cansó antes. Y menos mal, porque había conseguido asustarme y me estaba planteando consultar con un abogado sobre las órdenes de alejamiento.

Hoy tengo otra pareja. Me ha costado confiar en él más que en nadie, porque aquella experiencia me ha dejado muchos fantasmas e inseguridades. Pero me ha ganado a pulso y, a sabiendas de lo mucho que había sufrido, se ha entregado con cada fibra de su ser para mostrarme que él jamás me haría algo así.

Escrito por Carol M., basado en una experiencia real anónima.