Corría el año 2015 y a mí me concedieron una beca SENECA, que básicamente es como irte de Erasmus pero dentro de España. Yo tenía claro que quería hacer un curso fuera de mi ciudad, pero me negaba a renunciar al jamón serrano, la tortilla de patata y la Estrella Galicia. Total, que mi destino ideal fue Granada 

Tardé más bien poquito en asentarme en tierras andaluzas, pero quién de verdad se adaptó bien al clima sureño fue mi chochet, porque andaluz que veía, andaluz del que me encoñaba. Cosas de la vida, que tengo la parrusa enamoradiza. Entre todos los granadinos que me encontré por el camino, hubo uno que me hizo más gracia.  

Era pálido, alto y con cuerpo de cantante de grupo indie, es decir, que una pierna mía ocupaba lo mismo que dos suyas. Yo me sentía como si acabase de comerme a Kate Moss y estuviese saliendo con Pete Doherty, pero estaba encantada de la vida porque el chaval era majete 

La cuestión es que el chiquillo tenía un aire así muy místico, muy de hacerse el interesante, y aunque empezamos a tontear nada más conocernos, tardamos en darnos el lote dos meses. Lo gracioso es que mientras tanto, me decía cosas como «cuando te lo haga, vas a estar sin andar dos días», y era en plan «PUES HAZMELO Y HAZ QUE ME SIENTA COMO EL PROTAGONISTA DE INTOCABLE», pero nada nenas, que no había manera.  

Con el tiempo y la experiencia aprendí que lo fantasma que es un tío es directamente proporcional a lo mal que se le da el follisqueo, pero como por aquel entonces era joven e ingenua me dejé llevar y le seguí el rollo, hasta que un día me harté de tantas indirectas directas y le «planté cara». Básicamente le pregunté si tenía horchata en las venas del rabo, porque no era normal tanto calenteo estilo microondas sin llegar a nada más. Yo creo que el chaval se acojono un poquino y en vez de explicarme sus ocultos motivos por los que no quería follar, decidió tirar palante y darme lo mío y lo de mi prima.  

¿Hipótesis por las que tardó dos meses en «echarme un polvo»? Pues barajé muchas a lo largo de estos años. Que tenía novia y se pensaba que el tonteo jarto no eran cuernos al uso, que era como un muñeco Ken y no tenía picha, que era gay y le daba palo reconocerlo o que se le daba fatal follar. Spoiler: la hipótesis ganadora fue esta última. 

El experimento que me ayudó a confirmarlo fue el sexo de aquella fatídica noche. Llevé al amigo a mi casa y cuando me estaba comiendo el coño, de repente me dio un mordisco. AY COLEGAS, QUÉ DOLOR. Le pido a la virgen que no os muerdan jamás el clítoris, porque yo creo que morí, subí al cielo, mis familiares muertos me juzgaron, bajé y empecé a gritar. Encendí la luz de la mesilla como pude y cuando miré la cara del granadino, tenía toda la boca manchada de sangre. Total, que me mira el coño, ve la sangre, me mira la cara de sufrimiento, dolor y lágrimas y suelta: «joder, pues sí que te duele a ti la regla».  

Como pude le expliqué que me acaba de morder el coño y cuando se dio cuenta de que no era sangre de regla sino sangre de herida, se mareó. Yo estaba flipando por lo surrealista de la situación. Sólo podía pensar en mi dolor chochil, mi polvo frustrado y que no paraba de sangrarme el clítoris. 

Como yo no sabía si tenía un desgarro o una heridita porque mis dotes de contorsionista no daban para mucho, le pedí que sacase una foto con mi móvil para ver el percal ahí abajo. Total, que como no era un corte mortal y ya no sangraba, el muchacho se marchó pa’ su casa, no volvimos a hablar y yo me pasé tres semanas sin poder masturbarme.  

Moraleja: coño que te da de comer no has de morder. 

Anónimo

 

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