Amor & Polvos

A la mañana siguiente

Eventualmente, despertarás.

La almohada manchada de rimmel. La copa de vino a medio beber. Tu cuerpo caliente, pegajoso, y un tipo sin ropa durmiendo a tu lado, abrazándote. 

No no no no no no no no no no no no no no no no no. 

No respiras. No hablas. No nada. ¿Roncaste? ¿Pateaste? Peor aún, ¿hablaste? Todos tus ex te han dicho que roncas, pateas y te mandas unos discursos eternos mientras duermes: en resumen, que eres un asco de compañera en las pijamadas. Cosas que te puedes permitir con la gente que inevitablemente te quiere, o al menos, te tolera. Pero a él apenas lo conoces. Tu y él follando de pie contra la puerta. Sigue dormido, y te abraza cogiéndote de la tripa.

La tripa. Ugh. Recorres mentalmente todo tu cuerpo. Tus brazos fofos. Las estrías de tu peso yo-yo. La barriga de tu padre, las caderas de tu madre. Medio kilo de lengua ajena en tu boca. Y tú sin depilarte. No esperabas acostarte con él esta noche, pero bueno. Acostarte con alguien no es difícil. Desnudarte, tampoco. Desde que leíste en Cosmopolitan que durante el sexo los hombres son incapaces de percibir la celulitis, quitarte la ropa no te ha supuesto mayor reto. Y que te la quiten, su mano en tu hombro, apartando la tira del suje, tampoco.

¿Limpiaste el baño? ¿Cambiaste las sábanas? ¿El cuarto huele a limpio? Piensas que ya es muy tarde para causar una segunda primera impresión. ¿De qué vais a hablar cuando despierte? ¿De los trending topics de vuestras citas —música indie, escritores newyorkinos, lugares molones para comer en Madrid— o de por qué él se empeñó en conocer tu casa y en que le sirvas una copa? Házmelo. El trago de vino en mitad del polvo. No pares, no pares por—por favor. Eres un poco insoportable por las mañanas, pero nunca hay nadie ahí para verlo ni para que te preocupes por ello.

Te dice Hola al oído. Su voz suena a tabaco. Te das la vuelta y te sonríe con la boca, con los ojos. Acostarte no es difícil, qué claro lo tienes. Lo difícil es despertarte a su lado. Que él se de cuenta —el horror, ¡el horror!— de que después del sexo eres, al fin y al cabo, humana. Humana, rara y vulnerable. Le dirás ronquísima besayúname, y es que harás lo posible porque tu humanidad se le olvide tras un polvo rápido por la mañana. Tu humanidad la tienes reservada para unas pocas personas. Con las que no te acuestas. Con quienes no te importa.

Eventualmente, se irá. 

Cuando se vaya le dirás con labios deshidratados adiós, tú. Y cuando cierres la puerta, y te apoyes contra ella, y sonrías como una reverenda imbécil, no sabrás si al despedirte le has deseado que le vaya bien en el día o que le vaya bien en la vida. 

Porque del sexo al amor (o a sus varios sucedáneos, y a desnudarte ya no el cuerpo, sino el alma) hay un montón de mierda en medio. 

Drunken monologues, confused because it’s not like I’m falling in love, I just want you to do me no good and you look like you could — Arctic Monkeys

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