Cuando conocí a Marco, mi mundo se puso patas arriba. Me había divorciado un año atrás y desde entonces había rehuido cualquier contacto con el género masculino. Necesitaba desintoxicarme y tomarme un tiempo para mí misma.

A Marco me lo presentó una amiga. Según ella me hacía falta volver al mercado de una vez por todas antes de que me salieran telarañas. Conocía a Marco del gimnasio. Estuvo semanas pesadísima diciendo que tenía que quedar con él, y al final accedí a que nos pusiese en contacto.

Me enganché desde el día en que quedamos por primera vez. No me lo esperaba, la verdad. Pero esa mirada, esa piel morena y ese acento latino me dejaron anonadada. Por no hablar de que su cuerpo era el propio de una persona que suele ir al gimnasio. Ya me entendéis. Para colmo, a medida que nos conocíamos mejor, más me parecía una persona extraordinaria. Me contó que se había venido a España desde México ocho años atrás para encontrar trabajo, ya que allí la cosa estaba muy mala y las condiciones laborales eran peores, y al final se había quedado aquí. Era médico y trabajaba en un hospital privado. Sin embargo, lo que más me asombró de él no fue nada de eso. Me contó que cada verano cogía un mes de vacaciones entero para irse de misionero a algún lugar de África. Me contó muchísimas historias sobre las poblaciones de allí, las malas condiciones que habían encontrado en muchos lugares, cómo había ayudado a curar a cientos de personas, incluso enseñado a leer a niños y cuidado de personas mayores en el tiempo libre. Decía que había visto tanta pobreza donde él vivía que se sentía en la obligación de hacer algo por los más necesitados ahora que él estaba en una buena situación. Me parecía admirable. No podía creerme que hubiera dado con una persona tan maravillosa.

wow

Comenzamos a salir y nuestra relación iba bastante bien. Me sentía muy cómoda a su lado y me hacía reír muchísimo, algo que me parecía increíble después de haber tenido como marido al tipo más serio del mundo durante dos años. Le conté cómo fue mi relación anterior y el error que cometí casándome con él. Se indignaba con cada mal gesto que le relataba de mi ex y me repetía que no entendía cómo pudo dejar escapar a alguien tan maravilloso como yo mientras me llenaba de besos y caricias. Sabía qué decir y qué hacer en todo momento para hacerme sentir mejor.

El tiempo fue avanzando y ese mes de vacaciones de misionero llegó. Me dijo que se iría todo el mes de agosto con la misma organización con la que había ido los años anteriores. Me moría al pensar que tendría que estar todo un mes sin verle, me sentía enamorada como una adolescente, pero era por una buena causa y eso le honraba como persona. Me dijo que me llamaría todos los días y que en nada estaría de vuelta conmigo.

doctor

Se marchó el 1 de agosto. Le mandé mensajes, le intenté hacer videollamadas y le llamé en repetidas ocasiones, pero no conseguí hablar con él hasta cinco días después. Me respondía de manera aislada a los mensajes, excusándose por no contestar. Siempre había algún inconveniente: no tenía batería, no tenía cobertura, no tenía tiempo en ese momento, se había dejado el móvil en la caseta, estaba durmiendo, etc. Cuando por fin pudimos hablar le noté algo seco, casi susurraba más que hablaba, según decía porque sus compañero estaban descansando. La conversación no duró más de cinco minutos. Aquello me parecía de lo más extraño. Me tranquilicé pensando que allí las cosas serían mucho más difíciles y que estaría todo el día atareado, pero que ya solo quedaban más o menos tres semanas para que todo volviese a la normalidad.

wtf

Una mañana quedé para desayunar con la amiga que nos presentó. Fue ella quien me descubrió todo el pastel, sin saberlo. Me preguntó por Marco y le dije cómo estaban siendo las cosas desde que se fue a África. Ella me miró extrañada y me dijo que pensaba que estaba en México. Al parecer alguien le había etiquetado en una foto en Facebook en la que salía con la que parecía ser su madre y otras personas de su familia. Yo no tenía Facebook, las redes sociales no me gustan, y ni siquiera me había planteado que él pudiera tenerlo. Le dije que debía ser un error y que me enseñase la foto. Le hizo pantallazo y me la mandó al WhatsApp. Efectivamente, era Marco, acompañado de una mujer mayor que, sonriente, se agarraba a su brazo. Y al otro lado había otra mujer, además de tres chavalitos de distintas edades. El título decía «La familia por fin reunida». Entonces me fijé en algo: en la mano, Marco lucía un anillo que no le había visto nunca. Una alianza.

what

La confusión se agolpaba en mi cabeza. Aquello no me olía nada bien. Había intentado llamarle, pero como siempre, no contestó. Estaba tumbada en el sofá mirando la foto por enésima vez cuando me fijé en el nombre de la persona que la había subido. Era una mujer. Me levanté rápidamente y cogí mi portátil. A los diez minutos tenía cuenta en Facebook y la agregué como amiga. Tenía perfil privado, así que debería esperar para saber más. Unas horas después, aceptó mi solicitud. Entré en su perfil y encontré que la última foto que había subido era la que yo tenía en mi móvil, dos días atrás. Decidí no perder el tiempo y le escribí. Le dije quién era, que estaba saliendo con Marco y me inventé que quería conocer mejor a su familia, de la que tanto me había hablado. Disimulé preguntando si ella era su hermana o su prima. Me contestó de malas formas que de qué estaba hablando, que ella era su esposa, que llevaban casados doce años y que tenían tres hijos juntos. La mujer me insultó, me dijo que era una mentirosa y me bloqueó. Pero yo ya tenía las respuestas que estaba buscando.

opra

Ni le volví a llamar ni él se puso en contacto conmigo hasta que llegó septiembre. El mismo día 2, me llamó para verme. Acepté, siempre que fuera en alguna cafetería para poder irme en cuanto quisiera. Llegué a la hora acordada y allí estaba él. Intentó abrazarme, pero me eché hacia atrás. Tras ese momento incómodo, nos sentamos.

Me dijo que sabía que yo lo había descubierto todo. Su mujer le había contado nuestra conversación y le había interrogado. Supongo que a ella la convenció de que todo era mentira, porque me fijé en que seguía llevando la alianza que le vi en la foto. Me pidió perdón y me dijo que ya no la quería, pero que cada año viajaba allí para ver a sus hijos y a su madre, y que a todo el mundo le contaba lo de irse de misionero para no dar explicaciones. Que se vino a España para mandarles dinero desde aquí gracias a su buen sueldo, porque allí no les llegaba. Y, (agarraos fuerte), que quería seguir conmigo. Eso último si que no me lo esperaba. ¿Cómo podía tener la cara tan dura? Le miré ojiplática dos segundos y me dispuse a hablar.

wtf

Fui breve. Le dije que me daba igual si la quería o no, que eso no le hacía ni menos infiel ni menos mentiroso. Le deseé suerte y le pedí que no volviese a contactar conmigo, porque lo nuestro se había acabado y no quería saber nada más de él. Acto seguido, me levanté y me marché de allí sin mirar atrás, manteniendo la dignidad intacta, sí, pero al fin y al cabo, con el corazón roto una vez más.

Escrito por Carol M., basado en una historia real anónima.