Cada vez más mujeres tienen claro cómo quieren que sea su parto. Y no solo en su cabeza, sino que lo ponen por escrito y lo llaman PLAN DE PARTO.

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¿Qué es eso del plan de parto? Pues básicamente es un documento que puedes presentar en el hospital indicando cómo deseas que sea el nacimiento de tu hijo: si quieres epidural o prefieres un parto natural, si deseas hacer piel con piel nada más salir el bebé, si sueñas con parir en el agua porque tu hospital tiene bañeras habilitadas para ello. Algunos hospitales cuentan también con su propio plan de parto y lo único que tienes que hacer es decir que estás de acuerdo con él o añadir lo que creas conveniente.

Puedes especificar si no quieres episiotomía, si te niegas a una cesárea salvo que sea estrictamente necesaria, si quieres luces tenues, silencio, música, aromaterapia, tu matrona de confianza y tu playlist de Enya de fondo.

Puedes escribir todo lo que deseas, todo lo que crees que te ayudará a vivir esa experiencia lo mejor posible. Que luego en el hospital te hagan caso o no, ya es otro tema. Pero, oye, por pedir que no quede.

Tengo amigas que se lo curraron muchísimo. Una se llevó unas cartulinas con afirmaciones positivas escritas a mano y las fue colgando por la sala de dilatación. Otra pidió una pelota de pilates para hacer ejercicios, dar saltitos y ayudar al bebé a colocarse. También conozco a una que llevó su altavoz Bluetooth con una lista de reproducción especial para el expulsivo y se la pusieron en el paritorio. Y a otra que quiso parir delante de un espejo para ver todo en directo. Incluso cortar ella misma el cordón umbilical, porque eso también lo puedes pedir.

Y, sinceramente, me parece maravilloso. De verdad. Que haya mujeres que se sientan tan empoderadas, tan conectadas con su cuerpo y con su experiencia de dar a luz, me parece admirable.

Pero tengo que ser honesta: mi plan de parto era no morir. Así de simple. No morir yo. Que no muriera mi bebé. Y todo lo demás, sinceramente, me daba igual.

Puede sonar dramático, pero, aunque la medicina moderna ha dado pasos de gigante, el parto es un proceso que puede tener complicaciones muy serias. Por supuesto que me habría encantado una experiencia preciosa, íntima y para recordar como el día más bonito de mi vida. Pero si tenía que elegir entre que me pusieran oxitocina sintética, epidural, hacerme una episiotomía, cesárea o morir, pues a mí que me hagan lo que me tengan que hacer.

Tendemos a romantizamos mucho el parto, y es normal, porque traer una vida al mundo y lo que es capaz de hacer una mujer con su cuerpo es precioso. Pero hay otra parte que da miedo, que es dura, que duele mucho. Y esa parte también hay que nombrarla y estar preparada para todo lo que pueda pasar.

En mi caso, no escribí nada. No llevé documentos, no plastifiqué deseos, no pensé en músicas relajantes. Me ingresaron en el hospital para hacerme una inducción y lo único que sabía es que iba a ser muy largo. Sólo tenía una petición: salir de allí con mi hijo sano y yo entera. Y ni eso era garantía.

Durante el embarazo, leí sobre partos respetados, sobre violencia obstétrica, sobre cómo muchas mujeres salen traumatizadas por no sentirse escuchadas. Es muy importante sentir que te tienen en cuenta, que no te tratan como una incubadora, que tu cuerpo y tus decisiones valen.

Pero también entendí que a veces, simplemente, el cuerpo no sigue el plan. Que hay emergencias. Que hay bebés que sufren en el canal de parto. Que hay úteros que no dilatan. Que hay desgarros, hemorragias, cordones que se enroscan, cesáreas que salvan vidas.

Mi caso, por ejemplo, mi bebé decidió que no quería salir y los médicos me recomendaron una inducción. Que te puedes negar y esperar a ponerte de parto solita, pero yo no soy tan valiente, soy más de hacer caso a los profesionales.

Así que allí estaba yo, metida en una sala con mi pareja esperando a que me pusieran todo tipo de medicinas para que aquello comenzara. Y treinta y seis horas después, mi hijo nació por cesárea porque mi cuello del útero decidió no abrirse.

Muchas mujeres se sienten culpables por no haber tenido el parto que imaginaron. Algunas lloran porque no pudieron hacer piel con piel. Otras se sienten frustradas por haber acabado en una cesárea. O porque les pusieron la epidural cuando no querían. O porque les rompieron la bolsa sin preguntar. A veces por decisión médica, otras por violencia obstétrica. Tema delicado del que podríamos hablar largo y tendido.

Yo misma me sentí culpable por no haber podido dar a luz de forma natural. Pero lo de la culpabilidad forma parte muy estrecha de la maternidad. Con el paso de los años me he dado cuenta. Cuando eres madre te sientes culpable por todo, y la sociedad juzgándote no ayuda.

Al final lo importante es que tú y tu bebé salís vivos y, si es posible, sin demasiadas secuelas físicas o emocionales.

Ojalá todas las mujeres pudieran tener la experiencia de parto que desean. Ojalá todos los hospitales respetaran cada punto de cada plan. Pero salir con vida también es una victoria.

Mi plan de parto era no morir. Y funcionó porque aquí estoy.