Cuando nació mi primer hijo, mi vida se convirtió en un caos. Comía a deshora, me duchaba cuando podía, y la casa se convirtió en un escenario postapocalíptico. Pero es que fue nacer mi segundo hijo y ya sí que me perdí del todo.
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Hay quien dice que el cambio brusco se vive con el primero, que la vida te cambia de forma radical. Pero en mi caso, fue mi segundo bebé quien trajo el descontrol total a mi forma de vivir. Quizás porque para el primero estaba preparada mentalmente, quizás porque mi hijo pequeño no fue un bebé fácil. No lo sé.
Lo que sé es que dejé de ser yo: no me arreglaba, iba siempre en chándal y deportivos, me pasaba el día amargada, dejé de lado mis hobbies, todo lo que me gustaba, hasta dejé mi trabajo, para dedicarme en cuerpo y alma a mis hijos. Y eso fue un error.

Nos han repetido tantas veces que nuestros hijos son lo primero que muchas lo hemos interiorizado como una verdad absoluta. Y cuando te planteas si esa afirmación es correcta, te sientas mala madre, egoísta o casa peores.
Poner a tus hijos siempre por delante de ti no te convierte en mejor madre. A veces te convierte en una persona desgraciada.
Un día me descubrí sin ganas de jugar con mis hijos, gritándoles a la mínima, deseando que se durmieran solo para poder tener un rato de silencio. Y ahí, en ese momento incómodo en el que no te gusta cómo te estas comportando como madre, entendí que anímicamente no estaba bien.
No era solo cansancio. No era solo falta de sueño. Era algo más profundo. Me había abandonado, me había perdido a mí misma.
Entonces, decidí que era la hora de coger las riendas de mi vida. No quería mirarme al espejo en de diez años y pensar: “¿en qué momento dejé de importarme?”. Mis hijos forman parte de mi vida, son una parte enorme, importantísima, pero no pueden ser mi totalidad. Porque yo debo ser mi prioridad.
Cómo voy a ser una buena madre si estoy amargada, deprimida, decaída… Lo primero que hay que hacer es cuidarte a ti misma, y luego ya te encargarás de los demás.
Me apunté a un gimnasio, volví a la peluquería que hacía que no pisaba una desde que nació mi hijo pequeño, recuperé mi afición por la lectura, volví a salir con amigas, a maquillarme y a sentirme guapa. Empecé a mirarme en el espejo y a reconocerme.

Y gracias a que volví a sentirme bien conmigo misma, recuperé las ganas de ver a mis hijos, de disfrutar con ellos y de ser la madre que ellos se merecían.
Nos han vendido la idea de la madre sacrificada como un ideal. La que no duerme, la que no come tranquila, la que siempre está disponible, la que se deja para lo último. Y encima, la que lo hace con una sonrisa. Pero lo que no se cuenta es el precio de ese modelo: agotamiento, frustración, pérdida de identidad, rabia contenida… y, muchas veces, una sensación constante de vacío.
Porque cuando tú desapareces, tu esencia se diluye, ya no eres buena ni para ti, ni para nadie.
Cuidarse no es un lujo. No es un capricho. No es algo que haces “si te sobra tiempo”. Cuidarse es una necesidad. Es responsabilidad. Es salud mental. Es equilibrio. Es supervivencia.

Cuántas veces nos sentimos culpables por algo tan simple como ducharnos sin prisas, salir a tomar un café con una amiga o cerrar la puerta para tener un rato de silencio. Cuántas veces pensamos: “debería estar con ellos en vez de estar haciendo esto”. Ese “debería” constante es una carga invisible que pesa más de lo que parece.
Pero ¿qué ejemplo estamos dando si vivimos desde la renuncia continua?
Porque nuestros hijos no solo aprenden de lo que les decimos. Aprenden de lo que ven. Y yo no quiero que mis hijos vean una madre que siempre se deja para el final, que no se cuida, que no se escucha, que se olvida de sí misma.
Un día me di cuenta de que mi hijo mayor hablaba a gritos a su hermano, y eso era porque yo los hablaba a gritos a ambos. Ese día supe que tenía que cambiar. Otro día, me senté en el sofá con un libro entre las manos, y mis hijos me imitaron. Y entonces supe lo que tenía que hacer. Por mí y por ellos.