Tengo treinta años y pasé gran parte de mi veintena, exactamente desde los veinticinco a los veintinueve, atrapada voluntariamente en una mentira. Fui «la otra» en una relación todo ese tiempo. Al principio, cuando le conocí, yo no tenía ni la más remota idea de que estaba comprometido. Aún no se había casado, pero llevaba muchísimo tiempo en una relación con otra mujer y estaba a unos meses de pasar por el altar. Llevábamos ya un mes y pico viéndonos cuando me lo contó. A mí me extrañaba muchísimo que siempre tuviera unos horarios tan limitados para vernos y que estuviese siempre tan tenso en público. De hecho, evitaba que quedásemos en sitios concurridos, diciendo que le gustaba más la calma y tenerme para él solo. Yo le preguntaba y le insistía sobre el asunto, pero él siempre me respondía que trabajaba mucho y que cuando estaba conmigo solo quería tranquilidad para disfrutarme. Hasta que me cansé; le dije que no quería seguir viéndole porque creía que me ocultaba algo, y fue entonces cuando acabó confesando la verdad.
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Al saberlo, estuve a punto de cortar por lo sano, pero para entonces ya me había enganchado a él. Tras pensarlo por unos días, tomé la decisión de seguir viéndole. Llevábamos juntos muy poco tiempo, por lo que me conformé con ser «la otra», lo que había entre nosotros podría no llegar a ningún lado a la larga y no me sentía con derecho a decirle que rompiera su relación y su compromiso con su novia por mí. Seguimos adelante, el tiempo fue pasando y me enamoré perdidamente de él. Estaba segura de que era recíproco, o eso creía. Lo parecía, desde luego. Pero al final del día, la cruda realidad era que con quien él vivía y dormía a diario era con su futura mujer.
Casi sin darme cuenta del paso del tiempo, de pronto quedaba solamente un mes para la boda. Nosotros ya llevábamos viéndonos siete meses a escondidas. Pero él no daba el paso definitivo de dejar a su novia. Me decía que tenía que esperar al momento adecuado y que no lo había encontrado aún. Pero es que, al paso que iba, tendría que dejarla literalmente en el altar. A dos días antes de la boda le di el ultimátum final y le dije que tenía que dejarla ya. Él me respondió que no podía hacerlo. Que no sabía cómo dejar a alguien a dos días de la boda, por mucho que no quisiera casarse con ella. Fue todo un drama. Discutimos, le dije que hasta ahí llegábamos, que no podía pretender que yo siguiera adelante con nuestra historia si se casaba con otra. Me dijo que me entendía y nos despedimos.

Lloré a mares. No podía creerme que todo hubiera acabado así. De verdad había confiado en que la dejaría por mí. Me había dicho infinidad de veces que lo que había entre él y su novia ya estaba muerto, que no la quería ni la deseaba. Me costó mucho superar la situación, recomponerme y seguir con mi vida a pesar de seguir queriéndole. Por eso, cuando tres meses después recibí un simple «hola» por WhatsApp de él, se me encogió el estómago, pero fui débil y no pude evitar contestarle.
Volvimos a las andadas. Estábamos juntos de nuevo en la sombra y bajo la promesa de que su separación era cuestión de tiempo. Mientras tanto, yo era «la otra» otra vez. Fue pasando el tiempo y de algún modo me acostumbré a ser la segunda. A veces le sacaba el tema y él hasta se enfadaba, porque decía que se sentía presionado. Eso hizo que yo acabase dejando de preguntar, al menos demasiado a menudo. «La dejará, ya llegará el día», me decía a mí misma.

Pero el día no llegaba. Llevábamos años con la misma dinámica: robábamos ratos para vernos y él corría de vuelta a casa para que ella no se diese cuenta. Algunas veces, él se inventaba que tenía que viajar por trabajo y nos veíamos todo un fin de semana. Y esos días juntos eran increíbles, estábamos genial y disfrutábamos muchísimo, nos veíamos sin escondernos, caminábamos de la mano y nos besábamos y abrazábamos en público. Y el día que volvíamos a nuestra ciudad, yo lloraba en silencio porque se acababa la felicidad y volvía al anonimato.
Cuatro años. Es el tiempo que tardó todo en reventar. Su mujer se quedó embarazada. Iban a ser padres. El hombre que amaba iba a ser padre con otra mujer. Aunque claro, esa otra mujer era »la oficial», su esposa. Así que me dijo que no podíamos seguir viéndonos. Cuando lo escuché, me quedé sin respiración. Dijo que tenía que ser un buen padre y para eso no podía seguir llevando una doble vida. Llegué a decirle, desesperada, que no me importaba criar al niño como si fuera mi propio hijo, que si dejaba a su mujer y compartían la custodia del niño, yo estaría dispuesta a colaborar. Pero me dijo que no quería eso. Que lo nuestro se acababa ahí.

No pude ver las cosas con claridad meridiana hasta que logré reponerme un poco del golpe. Aprendí que él jamás tuvo intención de dejar a su mujer, ni antes ni después de la boda. También fui consciente de que no me amaba, porque quien te ama no te esconde, y que tampoco amaba a su mujer, porque si amas a alguien, esa persona por sí sola te es suficiente, no te hace falta tener una amante. Y, por último, aprendí por las malas que yo tampoco había sabido valorarme. Él era culpable de la situación que había vivido, pero yo misma le permití hacer todo lo que quiso sin saber valorarme a mí misma como me merecía. Y si algo tengo claro, es que jamás volveré a verme envuelta en una situación igual.
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