Nos conocimos una tarde lluviosa de invierno. Serían las cinco de la tarde y la cafetería en la que trabajaba estaba abarrotada. Se colocó en la barra en una de las esquinas y esperó pacientemente a que estuviera la cosa algo más tranquila para pedir. Pidió un cortado y una magdalena, sacó su portátil y se dedicó a trabajar las siguientes dos horas. Pasado ese tiempo apenas quedaba gente en la cafetería, lo cual propició que entablásemos conversación. Tenía un par de años más que yo y trabajaba en la empresa familiar. Me preguntó si me importaba que se quedase trabajando allí hasta la hora del cierre y le dije que no había problema. El resto de la semana se repitió la misma escena, y el sábado me invitó a salir.
A partir de ese día todo fue bastante rápido, debo reconocer. Nos escribíamos a todas horas, nos mirábamos con ansia en la cafetería mientras él trabajaba en su portátil y yo atendía en la barra, y nos comíamos a besos tras el cierre en el asiento trasero de su coche, sin aguantar a llegar a casa de ninguno de los dos.

A medida que nos fuimos conociendo empecé a observar detalles que me hicieron sospechar que veníamos de mundos diferentes. Solía lucir relojes caros y cada vez llevaba uno diferente. Me llevó a un par de restaurantes en los que normalmente no podría permitirme pedir ni un simple café y la cuenta se la cargaron de forma automática, como si fuera un cliente habitual. Tenía un piso en propiedad en pleno centro de Madrid y un coche que costaba mucho más de lo que yo ganaba en un año entero.
Poco a poco, fue mostrándome su mundo y supe que mis sospechas eran ciertas. Venía de una familia rica y había ido amasando su propia fortuna invirtiendo ese dinero, aconsejado por sus padres. Y nada más terminar la carrera entró a trabajar en la empresa familiar, que era sumamente lucrativa.
Mientras tanto, yo había nacido en el seno de una familia desestructurada y bastante pobre, y llevaba trabajando a destajo desde los dieciocho años para lograr independizarme cuanto antes, cosa que conseguí a los veinte, ocho años atrás. Y estaba orgullosa de ello, no tenía nada de qué avergonzarme, pero como quería asegurarme de que él tampoco lo haría, le puse al día sobre mi vida. Y le dio exactamente igual. Me dijo que eso solo me hacía ver aún más valiosa a sus ojos, que él tenía lo que tenía porque se lo habían propiciado, pero que yo había luchado con uñas y dientes por mi futuro y eso sí era algo de lo que enorgullecerse.

Pasaron los meses, y llegó el momento de conocer a su familia. Su madre me dio dos besos, de esos que en realidad no son nada porque ni siquiera se rozan las mejillas. Su hermana, exactamente igual que su madre, pero sin molestarse en sonreír. No podría decir que hubiese hostilidad en sí, pero era evidente que tampoco había ganas de agradar. Fuimos a almorzar a un restaurante precioso y carísimo, y la hermana, que estaba sentada a mi lado, me dijo bajito con una sonrisita burlona: «Tranquila, que no vas a tener que pagar tú». Supe qué pretendía y decidí responderle, con mi mayor sonrisa, que no habría podido pagar esa cuenta ni aunque quisiera, que se me salía de presupuesto. Quería dejar claro que no me avergonzaba no tener su nivel económico, y cuanto antes lo hiciese, mejor.
Me sentí observada todo el tiempo, como si estuviera siendo sometida a examen. Vigilaron cómo comía, cómo usaba los cubiertos, mi uso de la servilleta, qué pedía y cuánto, cómo sujetaba la copa. Fue una suerte haber trabajado de camarera un par de años antes para un catering bastante prestigioso. Gracias a eso, sabía más o menos para qué era cada cubierto y cómo debía comportarme en una situación así. Sin embargo, no me dio la sensación de haber sacado una nota demasiado alta en el examen.

No volví a verlos hasta pasados tres meses. Tenían una casa en la playa, en la costa malagueña, y me invitaron a pasar el fin de semana con ellos. Ahí fue cuando se torcieron las cosas. El ambiente era igual que la primera vez, cortesía y educación, pero no había ningún tipo de calidez. Así que decidí centrarme en pasar tiempo de calidad con mi pareja en la playa. Y en ello estaba, caminando a mi habitación para ponerme el bikini, cuando las oí. Su madre y su hermana estaban hablando de mí. Me llamaban «la camarera», como si yo no mereciese que me llamasen por mi nombre. Su hermana opinaba que yo era mona, pero que no era para tanto, que no entendía qué veía su hermano en mi. Su madre le respondió que ella tampoco lo entendía, pero que sabía perfectamente lo que veía yo en él: tener la vida resuelta gracias a su dinero. La hermana le dio la razón y su madre concluyó que «ojalá se le pasase pronto la tontería» y me dejase.

Mi primer impulso fue huir. No me gusta estar donde no se quiere mi presencia, y era evidente que ellas no querían tenerme cerca. Cogí mi bolsa de playa y me fui a dar un paseo sin decir nada a nadie, y a indagar si podía pillarme un bus o cualquier otra cosa para salir de allí cuanto antes. Estaba sentada en la orilla cuando mi novio apareció, preocupado. No quería contárselo, pero ante su insistencia al final decidí hacerlo. Supuse que trataría de justificarlas, al fin y al cabo eran su familia. Pero no fue así, todo lo contrario. Me cogió de la mano y me dijo que nos íbamos de allí de inmediato. Volvimos a la casa, hicimos el equipaje y lo bajamos a la puerta para coger su coche. Su madre salió a preguntar qué estaba ocurriendo y él la miró y le dijo «Lo que ocurre aquí no es nada nuevo: vuestro clasismo lo arruina todo y no voy a dejar que arruine también mi felicidad. Pasadlo bien, nosotros nos marchamos». Nos montamos en el coche y la dejó allí plantada con cara de asombro.

Hoy por hoy, seguimos juntos. No volví a escuchar ningún reproche, ni directo ni indirecto, por parte de su familia, y de repente empezaron a mostrarse más agradables, sonrientes y hasta simpáticos. No sé si siguen pensando lo mismo sobre mí, supongo que sí. Pero me da igual. Al final, quienes acabamos el día abrazados somos nosotros dos, y la única opinión que me importa es la de él. Mientras tenga sus manos acariciándome, sus brazos estrechándome y su voz susurrándome cariñosamente al oído, nada más me va a importar.
Envía tus movidas a [email protected]