Todo empezó con una conversación casual sobre cafés en la máquina de la oficina. Solíamos tomarlo a la misma hora, diez y media de la mañana, así que coincidíamos bastante en la máquina, pero hasta entonces apenas habíamos intercambiado un simple saludo. Pero un día empezamos a hablar y al poco intercambiamos números de teléfono. Esa misma noche me habló por WhatsApp. Yo llevaba soltera bastante tiempo y él estaba divorciado. Me sorprendió, porque apenas tenía treinta y cinco años recién cumplidos, pero me dijo que se casaron jóvenes.

Vernos en la máquina de café se hizo una costumbre y ahora los diez minutos de descanso para tomarlo los pasábamos juntos. El tonteo era evidente y la tensión sexual palpable. Y cada noche, por WhatsApp, las conversaciones se iban haciendo más íntimas y juguetonas. Hasta que una noche me preguntó: “¿y tú qué harías si estuvieras aquí ahora mismo?” y a partir de ahí todo se volvió tan explícito que me sonrojaba al verle cada día en la oficina. Pero me encantaba su mirada provocadora, nuestra forma de hablarnos y de tontear sutilmente a ojos de todos sabiendo que detrás de la fachada nos poníamos a mil.

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Una noche decidimos que ya era hora de resolver el asunto. No aguantábamos más y tenía que pasar lo que tanto deseábamos. Ambos teníamos claro que no queríamos nada serio, así que decidimos ponerle día y hora al encuentro. A él le gustaba el riesgo y me propuso algo atrevido: al día siguiente saldríamos más tarde del trabajo y lo haríamos en su coche, en un solar que había cerca de allí, donde de jóvenes íbamos todos a darnos el lote. Me pareció súper excitante.

El café de esa mañana fue el más tenso de mi vida. Estaba deseando que llegase la hora de salir de allí, no aguantaba más, estaba a cien. Tanto que por primera vez me tomé un descafeinado. A la hora acordada, cogí mi coche y conduje hasta el solar. Aparqué mi coche junto al suyo, me desabroché un botón de la camisa y me retoqué los labios.

toque

Nada más abrir la puerta de su coche, ya noté la ansiedad contenida. Se ve que sólo con la idea de lo que íbamos a hacer ya estaba excitado, porque pude observar un contundente bulto en su pantalón. Eso me puso muchísimo y sin pensarlo dos veces me subí a horcajadas sobre él. El primer beso fue casi violento, nos teníamos tantas ganas que nos devoramos el uno al otro. Me apretaba con ansia los glúteos mientras yo me apartaba el tanga y le introducía en mí de golpe. Total, después de tanta espera, de lubricación iba sobrada, ya me entendéis.

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Estaba siendo increíble. Sabía justo dónde tocar, dónde morder, de dónde agarrar. Me hizo llegar al orgasmo en un par de minutos, pero yo quería más, mucho más. Estaba completamente entregada al placer y quería anclarme a esa sensación todo el tiempo posible. Entonces él empezó a gemir más fuerte y a respirar más rápido, estaba a punto de llegar. Aumenté la intensidad para hacerle sentir el mayor éxtasis posible.

Su cuerpo se tensó y supe que había llegado por el gemido ahogado y su respiración contenida. Muy contenida. De hecho empezó a parecerme extraño cómo dejaba caer la cabeza sobre mi pecho. Me eché hacia atrás y me di cuenta de que estaba inconsciente. Grité presa del pánico y me tiré de lado en el asiento del copiloto. Su cabeza cayó sobre el volante pesadamente. No me lo podía creer. ¿Estaba muerto? Dios mío, no podía estar pasándome eso. Comprobé su pulso. Estaba vivo y parecía que respiraba. Lloré del alivio. Pero seguía inconsciente. Busqué mi bolso como loca por los asientos de detrás, tenía que encontrar mi móvil para llamar a Urgencias.

terror

Justo cuando marcaba el número, empezó a moverse. Lo vi parpadear y se llevó una mano al pecho instantáneamente. Me vio a su lado, histérica, y pareció recordar de golpe lo que había pasado.

No… no llames. Estoy bien. Solo… dame un segundo.

Se echó hacia atrás, aún con la cara blanca de quien acaba de volver de la muerte, y me dijo que tenía que contarme algo. Al parecer, tenía un problema cardíaco que provocaba que, cuando se excitaba en exceso, su corazón colapsase. En resumidas cuentas, le daban microinfartos al correrse y en ocasiones perdía el conocimiento durante unos segundos.

Indignada, me bajé del coche a toda prisa en cuanto comprobé que no iba a quedarse tieso en el asiento. Le dije que eso no se hacía, que no podía ir por ahí manteniendo relaciones sexuales sin advertir de algo así, que casi me moría yo del susto. Me pidió disculpas, pero la verdad, no me pareció suficiente ni de lejos. Aún seguía aterrada, lo prometo.

Lo sucedido me enfrió por completo. Solo de recordar lo que había sucedido, se me quitaban las ganas hasta de verle en la máquina de cafés. Le acabé perdonando, pero ahora volvemos a ser simples compañeros de trabajo que compartieron una noche de pasión, un micro infarto post-coital y un susto espectacular. Al menos, por mi parte. Y desde entonces, procuro tomarme el café media hora antes.

Escrito por Carol M. basado en un testimonio real anónimo.