¿Qué es lo primero que voy a decir? Efectivamente, terapia. Pero obviando lo evidente (y muy recomendable, un abrazo a mi psicóloga desde aquí), cuando tengo una crisis, ¿qué hacer? Porque la ansiedad se me presenta en cualquier momento y sin avisar, sin motivo aparente. Puedo estar tomando un té, leyendo, escribiendo o mirando la tele, que de pronto el pecho se me encoge, el corazón se acelera y mi mundo se convierte en una cueva gris y temblorosa de la que no puedo salir. ¿Cómo convivo con ello?

Canto. Canto a pleno pulmón. En serio, muchas personas, terapeutas inclusive, os recomendarán que sintáis vuestro cuerpo, los pies en el suelo… pero cuando me estoy volviendo loca de ansiedad lo último que siento son mis extremidades. De modo que, si estoy en casa (o en mi academia), escojo la canción que me haga potenciar a la voz más a lo bestia y me desgarro por dentro, sacándolo todo. Como dice mi querida profesora: «Llevas algo dentro que quiere gritar, hazlo». De modo que me convierto por unos momentos en pastora e invoco a todas las cabras y ovejas del mundo con mis berridos. Lo siento, vecinos.

Lloro (si lo necesito). Estamos con lo de sacar las cosas fuera, de modo que me permito llorar si me hace falta, estar mal si me hace falta, temblar y ver las cosas oscuras si es como las estoy percibiendo en ese momento. La ansiedad pasará. No sé cuándo, pero lo hará.

Camino. Es difícil en plena crisis ponerse a pasear como si nada, pero si hace falta me recorro la ciudad de punta a punta, con el viento dándome en la cara. Os aseguro que caminar hasta estar cansada me ha sacado de muchos pozos autoimpuestos.

Doy a conocer mi estado. Si tengo a alguien cerca (mi marido, mis padres), les hago saber que no estoy bien, que tengo ansiedad. Con pocas palabras, con las que mi cuerpo y mi mente me dejen. De este modo, salgo del bucle de culpa de «estoy mal, ellos estarán mal, ergo les hago daño». No, nada de eso. Todos podemos esperar a que el proceso termine. Y yo la primera que debe hacerlo.

Escribo. Es cierto que en este punto los escritores parece que tengamos ventaja, pero en temas emocionales no es así. No necesitas ser Isabel Allende para desahogar tu corazón. Ni siquiera requieres ordenador. Con un papel y un boli basta, y puedes tachar, escribir palabras inconexas, lo que quieras. ¡Mas vale fuera que dentro! El sentido se lo encuentra tu interior, no hace falta que tu consciente haga un poema. Pon por escrito cada pensamiento que cruce tu mente, solo con eso lo sacarás fuera, donde debe estar.

Por último, cuando la crisis termine, siéntete orgullosa de haber pasado una más y seguir adelante, permítete estar bien, mal, relajada o todavía nerviosa. Nada de ello importa mientras sepas que tu salud mental es tan importante que la física, y que en ningún momento has sido menos por tener ansiedad. Un abrazo, amigas.

EGA