Querido diario

La obsesión por lograr embarazo, una de las mayores locuras de mi vida

Hemos hablado mucho y muy variado sobre embarazo. Hemos tratado el tema del sexo estando embarazada, lo importante que es un parto respetado, lo silenciado que está el posparto en esta sociedad… Pero pienso que se nos ha quedado un poco en el tintero hablar sobre todo ese proceso que es lograr el embarazo.

Voy a ser sincera desde el principio, en mi caso personal no llevé esta etapa todo lo bien que debería haberlo hecho. Lo digo ahora consciente de que todo aquel que lea este post hasta el final puede terminarlo con ganas de decirme cuatro cosas sobre que las prisas jamás son buenas. No será necesario, de veras, he aprendido la lección.

Llamémoslo biología, momento vital o como queramos, pero en nuestro caso tras tres años de matrimonio ambos nos vimos preparados para crear una familia. Lo hablamos tranquilamente una noche delante de una botella de vino y con sonrisas cómplices decidimos comenzar el placentero viaje de engendrar una criatura.

En ese momento en mi círculo cercano de familia y amigos parecía que todas las mujeres se habían propuesto quedarse embarazadas, así que como una de las mejores casualidades, cada pocos días recibía un mensaje de alguna chica informándome de que iba a ser mamá. Inicialmente esto me alegraba muchísimo, pero con el paso de los meses mi añoranza iba a más y esa felicidad se fue transformando en tristeza por ese sueño que no lográbamos conseguir.

Pronto pude ver una luz al final del túnel en forma de foro de ‘futuras madres‘. Creo haberos hablado de esto en otras ocasiones. Más chicas, deseando ver un positivo en un test de embarazo, apoyándose unas a otras y compartiendo consejos e información de lo más variopinta. Allí localicé a las que en su día fueron uno de los pilares imprescindibles de esa etapa de mi vida, pero también una presión añadida que yo misma me estaba imponiendo.

Mes a mes esas mujeres conseguían quedarse embarazadas, pasaban de situarse en el grupo de las ‘buscadoras‘ al de las ‘preñis‘. Y por lo tanto parecían subir un peldaño más dentro del equipo. Viéndolo ahora desde el exterior una se da cuenta del poder que tenemos para transformarlo todo en una competición, aunque lo hagamos sin querer. ‘¡Lo he conseguido!‘, gritaban a los cuatro vientos. ¿Y el resto, qué? Continuábamos luchando porque no había llegado nuestro momento.

En medio de toda esa presión con la que estaba cargando la vida seguía, y no fui consciente de que tras algunas semanas mi único objetivo fue exclusivamente el quedarme embarazada. Comencé a obsesionarme y, lo que fue peor, a autodiagnosticarme.

Cada mañana puntual y sin apenas moverme de la cama tomaba mi temperatura basal vaginal y la apuntaba en mi propio gráfico. Tras levantarme exploraba el tipo de flujo que tenía en ese momento del ciclo y también tomaba nota de ello. Medía mi presión sanguínea casi todos los días, e incluso averigüé la altura de mi cérvix para asegurar mi fertilidad.

Una de mis múltiples gráficas, no le falta detalle.

Lo peor quizás llegó cuando me vi en la necesidad de comenzar a utilizar test de ovulación para así señalar mis días más fértiles. Compré una cantidad ingente a través de una web y siempre que lo veía necesario los utilizaba. No contenta con ello los colocaba uno tras otro fotografiándolos para comparar los resultados, siempre ansiosa porque llegara el esperado día de la ovulación.

Tras cinco ciclos repletos de datos de mi misma que jamás hubiera podido imaginar, decidí llegar a la conclusión de que mi cuerpo no generaba la progesterona necesaria para afianzar un embarazo. ¿Por qué? Comparaba gráficas, revisaba temperaturas… y observé que mi fase lútea (esa que comienza tras la ovulación) no llegaba a ser mayor de once días.

En seguida me empecé a informar más a fondo sobre este tema. Muchas chicas en el foro creían tener este mismo problema, y a casi todas se les recomendaba lo mismo: una crema con progesterona cero peligrosa. No me lo pensé dos veces y me hice con un bote en pocos días.

¡Qué locura! Cada palabra que escribo soy más y más consciente de la cantidad de barbaridades absurdas que pude llegar a hacer. Y del dinero que tiré por el retrete por culpa de mi obsesión por ser madre.

No contenta con empezar a usar un medicamento sin prescripción médica, también me generé la necesidad de conseguir un lubricante vaginal que fuese ‘esperma-friendly‘. Vamos, uno para esos días en los que no estás todo lo húmeda que te gustaría pero que respetara la vida de los soldaditos de tu pareja. Puede que esta fuera de las pocas opciones con un mínimo de sensatez, pero si las sumas todas es un sinsentido.

La crema de Biovea que utilicé durante algunos meses, y el famoso pre-seed.

El armario de mi baño dejó de ser mínimamente normal para convertirse en una pequeña farmacia de la concepción. Test de ovulación, test de embarazo, lubricantes, cremas, termómetros… Mi marido apenas sabía la mitad de todo lo que yo misma estaba llevando a cabo, y claramente eso era ya un síntoma de que en mi interior sabía que aquello no podía ser bueno.

En mis visitas al ginecólogo únicamente fui capaz de comentar que había optado por utilizar test para localizar mi ovulación, y su respuesta clara y concisa fue ‘tienes los ciclos muy regulares, no te comas el coco con esas cosas‘. ¡Ay si él hubiera sabido cómo estaba mi cabeza en aquel momento!

¿Y cómo terminó todo? Os preguntaréis. Tras más de dos años llegamos a la conclusión de que necesitábamos ayuda profesional. Efectivamente, y a pesar de los numerosos intentos, fue necesaria intervención médica (y no autodiagnósticos) que solucionara pequeños problemas que nuestros cuerpos presentaban. Fue entonces cuando tuve que sincerarme y poner sobre la mesa las mil y una andanzas que había llevado a cabo por mi cuenta, y fue así como me gané uno de los tirones de orejas más descomunales de mi vida.

Me lo merecí. Fui enfermizamente obstinada con el verme embarazada y convertí una de las etapas más dulces en una carrera contrarreloj totalmente insalubre. Mi único consejo ahora mismo, no hagáis caso a nadie más que a expertos ginecólogos y de la salud. En esto del embarazo no existe la magia. Si tiene que ser, llega y punto. No se puede obligar a un cuerpo a hacer algo para lo que no está preparado, por mucho que lo deseemos.

Mi Instagram: @albadelimon

Fotografía de portada

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